Por Rafael Barrett


Hijo de una adinerada familia, Rafael Barrett nació en España en 1876 y murió en Francia a los 34 años, víctima de la tuberculosis. Una honestidad a prueba de sobornos y un pensamiento libertario sin doblez le costaron desde temprano persecuciones y exilios, que vivió con dignidad en la Argentina, Uruguay, Brasil y especialmente Paraguay, la tierra donde arraigó y donde alumbró sus mejores textos. De la abundante y dispersa obra de Rafael Barrett hemos elegido un artículo en el que critica la educación formal (y vacua) que se imparte en ciertas academias.

 

De niño me inculcaron con seriedad que se debe decir la casa y no el casa; yo como y no yo comes. Se obstinaron igualmente en asegurarme que tarde es un adverbio y sobre una preposición. Cuando había aprendido bien una regla me descubrían que no era tal regla, que había numerosas excepciones, las cuales a su vez tenían excepciones. Al fin me libraron del colegio y me di prisa en olvidar cuanto en él había sucedido. Con asombro noté que no me hacía falta saber gramática para hablar en castellano.

Asombroso me pareció también que personas que no conocen la anatomía ni la fisiología del estómago digieran durante largos años imperturbablemente. Cuando me hube habituado a estos hechos, sospeché que las reglas no tienen quizá la importancia que los académicos y los dómines quisieran. Leí verdaderos libros, y vi que el talento y el genio suelen fundar la gramática futura sin molestarse en saludar la presente. La policía aduanesca de mis profesores perdía su prestigio. De dictadores pasaban a copistas. Encargados de medir el idioma, creían engendrarlo.

 -Hombre se escribe con h -me corrigieron un día.

 -¿Por qué? -pregunté, tímido.

 -Porque viene del latín homo.

 -¿Por qué entonces no escribimos todo igual: homo?

 -¡Silencio!

 Observé en los ojos del maestro la misma furia del presbítero que nos dictaba doctrina cristiana. Una regla no se discute. No se discute el código ni el catecismo. Explicar una regla es profanarla.

 Escribir hombre sin h, ¡qué vergüenza! Y si en Italia se escribiera uomo con h, ¡qué vergüenza! Si una soltera pare, ¡qué vergüenza! Y si un hotentote encuentra virgen a su esposa, ¡qué vergüenza!

 No examinéis las reglas. Examinar es desnudar, y el pudor público no lo permite. Perteneced, si podéis, a la innumerable, a la invencible clase de los archiveros, guardianes y administradores de LA REGLA, y si no podéis, doblad el pescuezo. Pensar es exponerse a ser decapitado, porque es levantar la frente.

La regla es la mentira, porque es la inmovilidad; pero no lo digáis, no lo deis a entender; defended el pan de vuestros hijos.

 

 Publicado en "Los Sucesos", Asunción, 17 de diciembre de 1906.