Por Claudia Rafael

(APe).- La vida entre paréntesis pandémico tiene exactamente el mismo grado de selectividad social que la vida cuando no lo está.

La indignación mediática y social funciona de acuerdo a aquel principio histórico plasmado maravillosamente por Orwell en Rebelión en la granja: todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros. Esa indignación selectiva se pone en marcha según el tamiz por el que se cuele la propia realidad. Y entonces, con los vericuetos novedosos que regala la pandemia, la vida entre paréntesis ofrece, sin reacción, infinitos alertas aquí y allá, diseminados en los territorios. No asoma por ese tamiz la historia de un niño de apenas 13, detenido en Tigre por un “robo simple”. Ni el rostro bello de sonrisa amplia de Florencia Magalí Morales, una mujer de 39 años, que apareció ahorcada en una celda de San Luis horas después de que la encerraran cuando iba en bicicleta a buscar comida durante la pandemia. Tenía heridas en su cuerpo de autodefensa. Había pedido ayuda por horas a los gritos. Apenas instantes mediáticos se ocuparon de su historia. Quizás algunos segundos más tuvo la imagen de Luis Espinoza tras su crimen en Tucumán por parte de un grupo de policías que se deshicieron de su cuerpo en un acantilado de Catamarca.

La indignación se evidencia o no según los protagonistas de cada historia. Porque subyace en los sótanos sociales y mediáticos ante el grito de Eduardo Búfalo, el gerente operativo de Coto Lanús, cuando echó al funcionario municipal que osó decir que llegaba para clausurar el hipermercado por los, al menos, 10 casos de covid entre los trabajadores. “Acá terminamos mal, Tito. Hoy voy en cana. No van a cerrar la sucursal, Tito. No las vas a cerrar como que me llamo Búfalo”, prepeaba a un funcionario que convenientemente era pasible de ser prepeado. Los números, los billetes, las ventas no pueden ser mínimamente afectadas por una nimiedad: a los ojos de las gerencias, de los propietarios del mundo incluido, es una nimiedad que los trabajadores se enfermen y semejante atrevimiento merece ser desoído y ocultado.

El termómetro que mide los grados de indignación no funciona en las cárceles a cielo abierto ni en los territorios castigados de los pueblos originarios.

¿Cuánto tiempo real se extendió la viralización del allanamiento a una familia Qom entre torturas, abuso sexual, gritos y balazos? ¿Cuándo ve la luz la genuina reacción social desde las entrañas ante la sistémica vulneración de los olvidados? ¿Cuándo nace la ira visceral ante el cruel ejercicio del poder de los que se creen dueños de la vida?

La indignación presume de una selectividad propia del pacto social nacido en la modernidad que ubicó convenientemente a cada quien en su lugar. Y algunos somos más iguales que otros es seguramente el lema de Eduardo Búfalo y de tantos históricos portadores de más o menos cuotas de poder. Y su reacción (que provocó que apenas se clausuraran dos sectores de Coto) no indigna ni a los grandes medios ni a los comunes mortales que adoptan el bozal para esconder su desinterés, su falta de empatía, su indolencia, su ausencia de grito abonado a lo largo de las décadas por los poderes estatales y mediáticos.

No indigna tampoco el piberío gatillado en Villa Maciel, en la 1.11.14 o en Berazategui y la condición humana fermenta en su interior la podredumbre de las heridas abiertas por la crueldad. Por ninguno de ellos se marcha en hacinamiento viral y con invocaciones a la patria los sábados.

Después de todo y como escribía Galeano el poder no admite más raíces que las que necesita para proporcionar coartadas a sus crímenes; la impunidad exige la desmemoria.

Edición: 4030

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