Morir y nacer en la misma esquina
Publicado: Martes, 13 Noviembre 2018 12:30
Morir y nacer en la misma esquina

Por Bernardo Penoucos (APe).- La mujer de 20 años embarazada de 7 meses limpia vidrios en una esquina de San Miguel. Mira el semáforo, si está en rojo baja a la calle con balde y detergente. Pregunta y limpia o pregunta y le suben el vidrio. La mujer sube y baja a la calle. Lleva la panza cargando vida y lleva su cuerpo cargando pobrezas. Estira la mano y las monedas se juntan, por ahí algún billete, por ahí alguna cara de desprecio, por ahí el silencio bravo de la indiferencia. Amucha las monedas en el hueco de su mano, las va contando y acto seguido tocará su panza, llena de vida, de otro latido, de otra respiración que respira por la de ella. La mujer tiene 20 años y 7 meses de embarazo. Podría estar de licencia por maternidad, si tuviese trabajo formal. Podría estar descansando sus pies y su espalda, si tuviese un trabajo formal. Pero no. La mujer le cambia el agua al balde, deja que la mugre licuada baje por la cuneta y se pierda en alguna alcantarilla. Sube y baja de la vereda. Pregunta, limpia o pregunta y es rechazada. Mira el semáforo y baja. Cambia el semáforo y sube. Se toca la panza, escucha latidos que no son propios pero que laten porque ella también late. Se toca el vientre, acaricia lo que cobija mientras ella sigue destapada en el medio de una esquina, esquivando autos y presentes tan pero tan injustos. Podría estar, la mujer, mirando vidrieras y eligiendo la ropa de su bebé. Podría estar en un pediatra escuchando a su médico, preparándose, descansando, pensando su derecho al embarazo respetado y al parto digno. Pero cambia el semáforo y vuelve a bajar a la calle, limpia y seca casi mecánicamente cualquier parabrisas que se deje: auto, camioneta, camión. Estira la mano y las monedas caen y se le juntan en el hueco de la mano que, para esta hora, ya es negra, sucia, fuerte. La mujer carga el balde, el cepillo y la panza. La mujer carga todos los olvidos de todos los modelos de Estado que nunca la vieron, que la vieron y la escondieron, que la vieron y la naturalizaron. Pero la mujer se muestra firme y pregunta si puede limpiar el vidrio. Es que tienen que comer. Ella, su panza, su otro latido y seguramente sus otros hijos e hijas. El tránsito es caótico, casi no hay reglas de tránsito. Ella se arriesga, se arriesga demasiado y entonces muere. Muere porque un acoplado la embiste. Vuela el balde, el detergente. Muere. Pero alguien avisa, gime, llora desesperaciones. El latido de la panza cobra identidad propia, se independiza del cuerpo que lo contenía, se independiza del latido que lo sostenía. La mamá limpiavidrios muere y su bebé de 7 meses nace. No hay romanticismo en esta imagen. No hay milagro ni lástima que valga. Hay destrato, profundo destrato estructural. Hablarán los medios del milagro de la vida, de la mano de Dios pudiéndolo todo. Hablaremos, otros y otras, de las miles de injusticias evitables, de la macabra repartición de riquezas, del olvido obligado al que son empujados los miles de otros que limpian vidrios, que abren puertas de taxis, que esquivan autos y muertes, que salen empujados por la lucha a la vida, a la sobrevivencia, al derecho de estar y permanecer. El agua entumecida se evapora. Nadie recogerá, por ahora, ese balde astillado y ese cepillo de flacos dientes. No hay romanticismo en esta imagen, no hay lástima ni mano de Dios que valga. Hay destrato, soberbia e impunidad por doquier. El semáforo está en rojo. Otra u otro preguntará balde en mano. Limpiará o no limpiará y dejará que las monedas sucias se vuelvan a juntar en el hueco sucio de una mano. En la putrefacta grieta del sistema. Edición: 3750

Tan de repente… la muerte que irrumpe
Publicado: Lunes, 12 Noviembre 2018 15:46
Tan de repente… la muerte que irrumpe

Por Facundo Barrionuevo (APe).- La noche del miércoles pasado cortó el hilo de vida que unía a Marcos Posse con sus amigos, su familia y con esta tierra maltratada. Mar del Plata cargaba el cielo de humedad y se presentía tormenta, pero la lluvia del fin de semana se adelantó en el corazón del barrio Las Heras. Una lluvia desplomada de incomprensión por el destino, pero con una clara conciencia sobre la desidia estatal que no deja de provocar “daños colaterales”. A Marcos lo aplastó un poste de la empresa telefónica en la puerta de su casa, mientras paraba en la vereda. Una empresa que no controla el estado de su tendido y un municipio que no inspecciona a sus concesionistas. Marquitos, tenía 18 años y jugaba en el Programa de Fútbol “Pasión de barrio”. Un proyecto de fútbol social y popular que promueve modos diversos de vincularse con el deporte, la competencia, las relaciones de género y poder, la toma de decisiones, el arbitraje, el diálogo y los consensos. A raíz de esa participación algunos amigos y amigas, de esos que militan la dignidad rebelde lo habían convencido de darse una segunda oportunidad con la escuela, en el Plan Fines. Mientras, no dejaba de ir a la Quema a rebuscarse el pan del día trabajando con los residuos. Y en eso se le iban los días a Marcos y los suyos. Nos enteramos desde Pelota de Trapo en el mismo momento que le daban la noticia a uno de sus mejores amigos. ¿Quién puede consolar una vida a la que le despojan la amistad cómplice de los 18 años? ¿Cómo se retoma el sentido después de un llanto que mana como las napas de agua subterránea? ¿A quién se le reclama por el abandono cuando ya está todo perdido? Esta ciudad de fachadas y alfajores, hace rato que dejó de mirar más allá de las manzanas que rodean el centro turístico. La inoperancia estatal y la imbecilidad de los que gobiernan desparraman la mala suerte para todos lados. Parece que en estos márgenes, lo que hay que tener es suerte para no ser aplastado por un poste, morir calcinado, electrocutado o víctima de una bala. Ser joven y pobre se convirtió, en algún momento de esta historia, en la condena de mirarse a diario con la muerte. No hay cierre esperanzador para esta crónica. No hay aliento para dejar otra sensación, que no sea la de sostenerse con la rabia en los ojos. Edición: 3739

En los confines del Chaco
Publicado: Viernes, 09 Noviembre 2018 14:52
En los confines del Chaco

Por Claudia Rafael (APe).- Rupercia tenía 13 años y tuvo un bebé de un kilo por una cesárea obligada. En términos estrictamente médicos, “cero” chance de sobrevida para cualquiera de los dos, cuando ella llegó después de un par de traslados al hospital donde la devoró la muerte. Rupercia –a quien muchos hoy conocen como Agustina (por su segundo nombre)- fue una niña indígena. Pero es también el símbolo de toda una tragedia-tabú construida concienzudamente por el imperialismo económico y –como escribió el médico y nutriólogo brasileño Josué de Castro- fiscalizada “por aquellas minorías obcecadas por la ambición del lucro” y dirigida “en el sentido de sus exclusivos intereses financieros y no como fenómenos del más alto interés social para el bienestar de la colectividad”. La niña vivía en un ranchito porque ya no hay monte. Porque el impenetrable es cada vez menos impenetrable y porque las motosierras, las topadoras, la avidez financiera de los pocos que concentran millones hacen del descarte poblacional su propia religión. Sus días transcurrían en las afueras del paraje El Sauzal, al borde del límite norte del Chaco con Formosa. A 560 kilómetros de Resistencia, la capital, donde primero murió el bebé, en la semana 29 de gestación y luego ella, niña wichi del Impenetrable. Su derrotero ya había transcurrido por el Hospital del Bicentenario General Guemes -“una iglesia en el desierto”, como lo definió el doctor Rolando Núñez del Centro Mandela en entrevista con APe- y, antes aún, por el Hospital de El Sauzalito. Allí donde se atiende la población de la localidad, unos 7000 habitantes, pero también los pobladores de los parajes: Sauzal (800 ó 1000 habitantes, más la población rural que suman unos 1200); Tartagal, de 350 habitantes y Tres Pozos, de otros 350. Y de la multiplicidad de diminutos parajes rurales de los alrededores. Apenas cuatro médicos, bajo nivel de complejidad de asistencia y la guardia que estalla a diario. Hacia el Norte, a unos 80 kilómetros de Sauzalito, funciona el hospital Comandancia Frías con un solo médico. “Abarca la población del Paraje Belgrano pero como hay un solo médico, todos van al de Sauzalito. Por lo tanto, la población que depende del hospital se duplica”. En Sauzal –contó Núñez- “hay un puesto sanitario con un enfermero. No hay médico. Hace unos dos meses pasamos por ahí y ya no había e hicimos el reclamo al ministerio de Salud pero dicen que no encuentran”. La crónica de vida y de muerte de Rupercia es mucho más que la historia de esa niña. Hacía tiempo que los vecinos la veían más y más delgada. “Seguramente la tuberculosis se fue comiendo la masa corporal. Cuando le hicieron la cesárea y sacaron al bebé era una bola de agua, un edema. Y eso significa que un virus perforó la placenta y era imposible pensar en una mínima posibilidad de sobrevivir para ninguna de las dos”. ****** El paisaje del Chaco profundo está herido de muerte. Los caminos ajados por las largas sequías de siete meses restallan por el peso insoportable de 30.000 kilos de cada camión abarrotado de troncos de algarrobo y de quebracho colorado. Que se llevan la riqueza de la tierra y transforman esa identidad forestal y humana de las comunidades indígenas. “Es un sistema al que, si se le corta un eslabón, se quiebra. Cruje el equilibrio. Y todo se va modificando. Llegan primero los productores forestales, a los que nosotros llamamos explotadores forestales, que son la infantería para que luego venga la producción agrícola. Primero irrumpe la motosierra y los guinches para cargar los troncos en los camiones. Cuando ya no hay nada con valor comercial, llegan las topadoras y luego las rastras agrícolas”, describe Rolando Núñez. Ese territorio que estallaba en colores y constituyó por siglos el universo de wichis, qom y mocovíes hoy está carcomido y la naturaleza y la condición humana son reemplazadas vilmente por grandes plantaciones de megaproductores agropecuarios de Córdoba, Santa Fe o Buenos Aires. Girasol, soja, maíz transgénico irrumpen y avanzan. Los pueblos del origen son empujados por la fuerza a las localidades. Se les arrebatan su identidad y su mundo cotidiano. “Ellos hacían su laboreo en el monte. Comían mistol, algarroba, muy ricos en proteínas, en nutrientes. Y les cambiamos el paladar para hacerlos farináceos. Con el agravante de que las harinas son, además, altamente adictivas. A esto le sumamos que no hay agua para consumo humano, que la toman de los charcos; en los mismos charcos de los que beben los animales. Crece la desnutrición, la parasitosis, la anemia que se suman a la tuberculosis y al Mal de Chagas que son endémicos. Los niños padecen diarrea estival”. Pero además, definió el médico del Centro Mandela, “hoy tampoco están pudiendo acceder a las harinas. Tomamos el precio en una zona equidistante, que es Misión Nueva Pompeya, uno de los primeros lugares en que se instalaron los jesuitas con lo que ellos llamaron reducciones. Y la bolsa de 50 kilos de harina de tercera marca es de 1750 pesos. Imposible adquirirla cada quincena”. Rupercia era una en medio de 60.000 indígenas dispersos en el impenetrable o sus alrededores. Una cifra que calcula el Centro Mandela en reemplazo de la que resultó del censo 2010 que ascendió a 43.000. “El último censo no reflejó la población real. Porque aquel día murió Néstor Kirchner y los efectores no entraron al monte o se volvieron. Muchos creían, además, que contabilizarlos era generador de discriminación. Como tampoco se registraron las enfermedades que padecen y el nivel de enfermedades prematuras entre los indígenas se diluye en la población general y las estadísticas no son reales”. Apenas 13 años tenía la niña. Y vivía en un ranchito desde los 11, cuando empezó a menstruar. Signo ineludible en su pueblo del paso cultural a la vida de mujer adulta. Rupercia estaba desnutrida como tantos entre las familias indígenas. Vivió su entera y corta vida entre los olvidos, las inequidades y las decisiones de otros, que tejieron planificada y concienzudamente su destino. Su muerte no respondió a la ausencia de escuela, de cuaderno, de palabra escrita, de pizarrón. Su muerte no fue el resultado de la falta de acceso a la Esi ni al derecho al aborto, que es imprescindible legislar pero no le hubiera salvado la vida. Su muerte no fue la resultante de que el ranchito fuera de barro o que tuviera roto el techo. La construcción de su muerte es mucho más extensa en el tiempo. Arrancó incluso mucho antes de su nacimiento. Rupercia fue la víctima de un sistema social, económico, sanitario deshumanizante y deshumanizado. Fue la hija dilecta, como tantos de los suyos, del reparto dolorosamente desigual. Ese que quitó a los pueblos de las comunidades originarias su hogar entre los montes, allí donde los alimentos estaban al alcance de la mano. Donde la medicina emergía de las plantas y los árboles. Donde el juego eran las sogas con las que mecerse, las hojas revueltas, los palos zumbadores o los sonajeros con semillas. Donde el nomadismo privilegiaba el cuidado y la reconstitución de la tierra para volver. Donde niñas y niños vagaban por las noches entre los árboles sin miedo. Y hoy lo hacen en los poblados que los catalogan como vagos y descuidados. “Son la población sobrante –analizó Rolando Núñez- y hay que sacarla, como sea, del monte. Les dan una vivienda, un plan y los tienen sentados todo el día en su casa. Se los modificó así estructuralmente en su funcionamiento. Porque el monte era su casa, su parque de juegos, su supermercado, su farmacia. Ahora, alrededor de la casa, no hay nada”. ****** Rupercia –como se llamaba la niña chaqueña de 13 años- fue la víctima de un sistema que elevó el hambre al altar de los dioses del capital. Hannah Arendt escribe en “Sobre la revolución humana” que la pobreza –y podríamos decir el hambre en su concepto más vasto- “es un estado de constante indigencia y miseria extrema cuya ignominia consiste en su poder deshumanizante”. Rupercia es el rostro invisible del hambre. Sin fotografía, sin color de ojos, sin pocitos a los costados de los labios, sin imagen que se grabe en las retinas porque demasiadas veces las fotos son un lujo. “El hambre oculta constituye hoy la forma más típica del hambre de fabricación humana”, escribió Josué de Castro hace unos 70 años. Es un hoy que sigue transcurriendo en tiempo presente. El breve cuerpo de Rupercia es la radiografía de las enfermedades evitables, del hambre evitable, del dolor evitable, del abandono evitable, de la inequidad evitable. Rupercia fue y ya no es por estricta decisión de la maquinaria social y política que está perfectamente aceitada para tributar vidas al sistema del capital y la muerte temprana. Después de todo, como decía Galeano “toda riqueza se nutre de la pobreza”. Edición: 3747

Maculada concepción
Publicado: Viernes, 09 Noviembre 2018 13:55
Maculada concepción

Por Alfredo Grande     (APe).- Hace décadas atrás, quizá en otra encarnación, terminaba siempre mis charlas con este aforismo: “mientras Julio Jorge López no aparezca y Romina Tejerina siga presa, no me hablen de derechos humanos”. Por esas cosas de la vida, preferibles a esas cosas de la muerte, Página 12 publicó un texto mío: “Sus Ojos se Cerraron” donde hice referencia a que más allá de la segunda desaparición de Julio López, el mundo sigue andando. Y pensando en la tragedia de Romina Tejerina escribí: “La maculada concepción de Romina”. Texto del cual se hizo una versión teatralizada. Como dijo Oscar Wilde, uno da buenos consejos cuando ya no puede dar malos ejemplos. Y mi consejo es intentar, al menos eso, que el hecho en sí no se agote en su propia circunstancia. En ese caso, apenas engrosa el anecdotario individual o grupal. Propongo el hecho para sí. O sea: que cada hecho, circunstancia, acaecer, noticia, sea tomada en su dimensión de analizador. O sea: aquello que permite penetrar el camuflaje de las noticias on line, o sea el nivel convencional encubridor, y poder encontrar el fundante represor de la cultura. Un hilo conductor siempre invisible, une hechos y circunstancias de diferentes lugares y tiempos. Invisible porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. Ni peor tonto que el que no quiere pensar. Un hilo conductor une la quema en la hoguera de mujeres ordenado por la Inquisición de la “Santa” Iglesia con los femicidios. No es lo mismo, pero es igual. No es lo mismo en el nivel convencional encubridor (la fachada, el simulacro, el carnaval) pero es igual en el nivel fundante (la represión política y sexual). Leo en Cosecha Roja: “Imelda tiene 20 años. Su padrastro la abusó desde los 12. Ella quedó embarazada, pero no lo sabía. Parió una beba en un baño y se desmayó. No recordaba qué había pasado. Cuando la llevaron al hospital, la acusaron de haber querido abortar. Está presa hace un año y siete meses. La acusan de homicidio agravado en grado de tentativa. Podrían condenarla a 20 años de cárcel. El hilo conductor nos guía de Romina a Imelda. No creo que Imelda haya conocido sobre la tragedia de Romina. La cultura represora tritura cuerpos y memorias. Eso lo enseñó Rodolfo Walsh, aunque lo dijo mejor de lo que yo lo escribo. La perversa cultura patriarcal, uno de los cimientos más sólidos de la cultura represora, solamente entiende del punitivismo al palo. De sembrar y cultivar culpa, para que cada sujeto legitime el castigo. No lapidarán a Imelda. Simplemente quieren enterrarla en una mazmorra que por pura coquetería, se hace llamar cárcel. La no legalización del aborto tiene importantes efectos secundarios. El delito de abortar se amplifica a cualquier interrupción del embarazo. No importa las circunstancias concretas, ni la edad, ni la sustitución del deseo de ser madre por el mandato violatorio de un hombre. Ninguna mujer se embaraza para abortar. Y tampoco puede denominarse aborto a todo aquello que implique interrupción del embarazo. Algo aprendimos del dolor de Romina. Obviamente, la derecha elegante y la derecha fascista también. El periodista y legislador Carlos del Frade escribe: “Vivía en una casita muy humilde del barrio “el Arenal”, en la zona del puerto de Reconquista junto a sus ocho hermanos y mamá. Hasta el día de hoy los integrantes del poder judicial hablan de un suicidio. Y si no hay crimen, no hay causa, sostienen con una lógica rayana al cinismo. Pero muchas vecinas y muchos vecinos de Reconquista siguen preguntando el motivo por el cual una nena de once años decide quitarse la vida. (“Jessica y el Diablo” publicado en APE). Pienso que en las situaciones límite (Romina, Imelda, Jessica) no hay decisiones. Apenas reflejos desesperados, como nadar estilo perro para llegar hasta alguna orilla salvadora. Pero el océano represor las devora. En la Argentina, no en ese espejismo encubridor de la ciudad de Buenos Aires, que supuestamente estamos haciendo entre todos y no supuestamente están lucrando algunos pocos, seguimos en el feudalismo racista, xenófobo, abusador, maltratador y asesino. Y no pongo a la reina del plata como excepción. Apenas que, como buena reina, tiene el mejor de los maquillajes posibles. Imelda presa y una ministra que sugiere la justicia por mano derecha propia, hace una apología del delito sin rendir cuentas a nadie. Y no es por una copa de más, sino por una dignidad de menos. La mácula de toda mujer sigue siendo el embarazo no sacramental. Los declaro marido y mujer, dice el juez que representa al Estado. O sea: cuando se casa, empieza a ser mujer. No esposa. O marida. Mujer. Si es soltera pareciera que no es mujer. Y como siempre sigo, la derecha siempre tiene razón, aunque es una razón represora. No es una mujer como la cultura represora manda. Implantada en un vínculo conyugal que consagra la simbiosis y el sometimiento. Romina, Imelda, Jessica son analizadores históricos de la vigencia actual de todas las formas de la cultura represora. No será fácil derrotarla. Pero menos fácil aun será no combatirla. Edición: 3746

Siempre por la espalda
Publicado: Martes, 06 Noviembre 2018 12:49
Siempre por la espalda

Por Claudia Rafael      (APe).- Carla Céspedes sólo espera que “todo termine” para “volver a cumplir mis funciones”. Era policía federal al momento de disparar a Ariel Santos, por la espalda. Hoy es policía porteña. Con método similar al de Luis Chocobar, policía local de Avellaneda, cuando baleó también por detrás a Juan Pablo Kukoc. Con formato parecido al del gendarme Arsenio Narvai cuando mató a quienes intentaron asaltarlo. O al del cabo primero de Prefectura Naval Argentina e integrante del grupo Albatros, Francisco Javier Pintos, cuando disparó y asesinó por la espalda al militante mapuche Rafael Nahuel. El viernes, Carla Céspedes fue absuelta. Tres días antes de la Navidad de 2016, asomó del supermercado del que escapaban dos hombres corriendo y disparó tres veces sobre la espalda de uno de ellos. Luego una cuarta vez cuando el hombre estaba sobre el asfalto y más tarde lanzó un quinto y último disparo con el que Ariel Santos –tal era su nombre- murió. A cada uno de los victimarios –que para ella son víctimas-, la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, recibió o recibirá. Con un elogio, un abrazo o una medalla. Todas variantes de un mismo posicionamiento ideológico en el que todo vale. En el que no hay límites para el brazo armado del Estado a la hora de actuar. Del mismo modo que antes visitó en el hospital a los gendarmes que irrumpieron en una villa y balearon a pibes de una murga durante una persecución anunció a través de un twit que, la semana próxima, abrirá las puertas de su despacho para Céspedes y para Narvai.En días en los que la misma ministra planteó a las claras: “el que quiera estar armado, que ande armado, el que no quiere que no ande armado. La Argentina es un país libre”. Un país de sherifs que patrullan su propia manzana, su propio barrio, su propia ciudad. El abrazo caluroso a los ejecutores estatales que terminan con las vidas por la espalda –o en la nuca, como en el caso del niño tucumano Facundo Ferreira- o el vía libre a los buenos vecinos que quieran andar por la vida con un arma de fuego sigue construyendo pacientemente un enemigo interno sobre el que disparar. Cada época va modelando su propio esquema securitario. Y hoy –del mismo modo en que ayer Ruckauf insistía con aquel famoso “meter bala a los delincuentes”- se va perfeccionando el sistema de más y más robocops en las calles. Hay zonas del conurbano bonaerense en las que se va pincelando un paisaje cada vez más uniformado. En el que se mezclan impunemente policías de los más variados colores: la Local, la Bonaerense, la Federal. Hombres y mujeres de brazos tatuados que caminan como si nada de civil y huelen a control securitario. Uniformados que detienen colectivos (hace apenas unos días, por caso, la línea 85 que ingresaba desde capital a Lanús por el Puente Alsina era detenida y varios de sus pasajeros obligados a descender en un control de dni) para intimidar y recolectar datos. Y la ministra que no sólo recibe y da muestras de aval a la típica película del far west que se va edificando en las calles sino que eleva sus índices de aprobación entre un público que aplaude la política de vigilar y castigar. Aunque mienta descaradamente, como en el caso Chocobar, diciendo que disparó mientras Pablo Kukoc atacaba a alguien cuando el pibe de La Boca estaba huyendo y el tiro mortal lo recibió por la espalda. Son tiempos en los que se abona cuidadosamente al enemigo interno que crece y se agiganta. Que la solidaridad no es ya el gesto de caricia compañera sino que la mirada de sospecha y de rechazo se desenvuelve junto a un individualismo cada vez más peligroso y más feroz. Edición:3743

Tradiciones
Publicado: Lunes, 12 Noviembre 2018 14:25
Tradiciones

Por Carlos Del Frade (APe).- “El gaucho está comprometido con su tierra, casado con sus problemas y divorciado de sus riquezas”, escribió Roberto Fontanarrosa como agregado al poema “Martín Fierro”, cuyo autor, José Hernández, nació el 10 de noviembre de 1834 y por esa razón, dijeron desde una dictadura de los años treinta del siglo veinte, es el día de la tradición. Una especie de continuidad de aquellos versos que, según Borges, eran “la mejor novela argentina” y tal vez por esa razón escribió un cuento para cerrarlo con el título de “El Final”, imaginando la revancha del hijo del Moreno contra Fierro. Después vino una película clandestina durante la dictadura, “Los Hijos de Fierro”, de Fernando Solanas en clave de izquierda nacional. Y muchas discusiones que llegan hasta el presente. Pero lo cierto es que desde los años treinta del siglo veinte hasta hoy, el 10 de noviembre es el día de la tradición. Y son varias las tradiciones que existen en la Argentina del tercer milenio. Una de ellas, aquella que imagina Fontanarrosa como apéndice al “Martín Fierro”, la concentración de riquezas en pocas manos que termina siendo la causa de la exclusión de miles y miles, mujeres y hombres, niñas y niños. Esa matriz está viva en 2018. El 8 de noviembre de 2018, el diario “El Tribuno” de Jujuy denunció que emitieron 45 autorizaciones laborales para adolescentes. Tienen entre 10 y 17 años y cumplen con las condiciones de la ley 26.390 de protección del trabajo adolescente. Un día antes se había realizado el llamado “Encuentro de comisiones para prevención y erradicación del trabajo infantil de la región del NOA”, sostiene la nota. La Constitución Nacional, libro casi de ficción en estos arrabales del mundo, dice que es un delito el trabajo infantil por debajo de los quince años. Y esa también es una tradición: poner en ridículo la letra de la todavía llamada pomposamente “carta magna”. Lo cierto que las chicas y los chicos son explotados en los tabacales o en los barrios de las ex ciudades obreras para las mafias vinculadas a los negocios del narcotráfico y la trata de personas. Pero en la tierra jujeña, donde las batallas por la independencia se libraron hasta 1826, la explotación infantil parece tener el encubrimiento legal. “En lo que va del año, en la provincia, 45 adolescentes de entre 10 y 17 años que asisten a la escuela también consiguieron un empleo. La mayoría en el campo, donde realizan trabajo de encañar y desencañar tabaco, desflores de tabaco, plantaciones, tareas de peón general, carga y descarga de estufas y hasta modelos de ropa infantil, entre otros”, sostiene el artículo firmado por Celeste Marconiz. Agrega que la Ley 26.390 que prohíbe el trabajo de los adolescentes menores de 16 años señala que sólo pueden brindar servicio bajo las siguientes condiciones: jornadas reducidas (no más de seis horas), que las tareas no impliquen riesgo alguno, que no sean en horario nocturno, que el salario sea igual al de un adulto que hace la misma tarea y la autorización de los padres ante la Dirección Provincial de Trabajo. “Respecto a las actas de infracción por trabajo de menores, se hicieron porque se han encontrado nueve adolescentes en situación de "trabajo infantil". En agosto y febrero del 2017, los relevamientos arrojaron dos casos de menores de 13 y 16 años y este año de seis casos de chicos de entre 16 y 17 años, trabajando en Monterrico, Perico y zonas de capital. En algunos casos se desempeñaron en la elaboración de ladrillos y descarga de tabaco”, afirma la denuncia. ¿Cómo será la vida de esas chicas y esos chicos jujeños?. ¿Qué presente enfrentarán?. ¿Podrán imaginar un futuro propio cercano a lo que alguna vez soñaron?. ¿O ni siquiera pudieron soñarlo?. En esas tierras jujeñas en las que Juana Azurduy, Belgrano y Güemes pensaron una revolución para que las chicas y los chicos menores de dieciocho años solamente estuvieran en las escuelas, se revive la tradición cantada por José Hernández y el Negro Fontanarrosa de las mayorías populares divorciadas de la riqueza de la tierra. Alberto Morlachetti solía decir que “el trabajo es una dimensión antropológica que se debe introducir en la vida del niño porque dignifica, porque humaniza, porque da educación, porque contribuye a humanizarnos, a homonizarnos”. Categoría que choca de plano con la de la explotación, que denigra y que esclaviza a niños y a adultos. El trabajo, como humanizador, necesariamente deviene en conciencia social. Y es lo que permite humanizar la vida y humanizar los sueños. Pero nunca bajo las garras de esas mafias que se apropian de un concepto para rendir tributo al capital. Edición: 3748      

Engranajes del sistema
Publicado: Jueves, 08 Noviembre 2018 13:52
Engranajes del sistema

Por Silvana Melo     (APe).- ¿Hay una pena sistémica impuesta para los niños? ¿Hay niños que se mueren de olvido, de calor y de asfixia en el huevito de un auto? ¿Qué vida, qué desesperaciones, qué desesperanzas, qué locura de supervivencia impulsa a un hombre a la ceguera de creer que dejó a su bebé en la guardería y en realidad no? ¿Qué piloto automático, qué botón programador activa el sistema desde el despertar para robotizar la vida y salir a buscar a la nena a la guardería y encontrarla en el auto ocho horas después, con la vida esfumada, como un vientito que se fue? ¿Qué colmillos sociales despiertan en la ciudadanía opinante para saltar a la yugular de un hombre cuya automatización acaba de descargarle una condena de por vida? ¿Tan perturbador es pensar que el sistema fabrica engranajes con un mínimo de conciencia y que todos formamos parte de esa maquinaria? ¿Tan perturbador es pensar que nos puede pasar? ¿Tanto que hay que salir a buscar ACVs, amnesias temporales y cualquier otra enfermedad que deje a los normales fuera de la eventualidad? ¿Es casual que sea Estados Unidos el mayor acumulador de muertes de niños olvidados en vehículos? ¿Es para los amnésicos que se fabrican autos con chips que avisan al conductor si se olvida al niño o al perro en el asiento de atrás? ¿O es para estructurar la locura que impone el sistema, con alguna reducción de daños? ¿Ocho horas dentro de un auto y nadie vio a la nena? ¿Nadie de la marea social que circula todos los días por esta vida la vio? ¿Nadie sospechó de esa soledad dentro de un auto? ¿Alguien de los que piden cárcel y castigo ejemplar piensa en que la Justicia sería como una cuchillada en un herido de muerte? Aunque no esté en el Código Penal la Justicia avala la pena natural (aquella que Hobbes llamaba pena divina). El dolor que produjo el supuesto delito en el acusado es tan atroz que supera cualquier condena judicial. La violencia mediática y la ola punitiva en las redes colgará a este padre como herramienta de auto-absolución. Mientras el sistema aceita sus engranajes para que todo siga caminando, sin pensar, ver ni oír, como está planificado. Edición: 3745  

Los chicos piraña
Publicado: Martes, 06 Noviembre 2018 15:42
Los chicos piraña

Por Silvana Melo   (APe).- Pirañas les llaman a los pibes de 11, 12, 13 años que salen de los fondos de la ciudad brillante para robarles a los que paran el auto en los semáforos. A los que llevan la ventanilla baja, a los que miran su celular, a los que transitan en la comodidad de su inclusión en un sistema confeccionado para un ramillete de gente. Y no más. Les dicen pirañas porque son chiquitos y muerden. Porque salen en banda. El que le abrió la puerta del taxi en 9 de Julio y Tucumán a la periodista Sandra Borghi era uno de ellos. El que le puso un puño en las costillas. E intentó robarle lo que fuera. “Tuve miedo por mi vida”, “Era más chico que mis hijos”, “Hay que cambiar las leyes”. Más o menos la síntesis de la descarga de Borghi en todos los medios. En los que aparece cotidianamente y en todos los demás. Para desencadenar una reacción popular en el mismo rumbo: el de la cárcel, la muerte, la condena, la aniquilación de los espacios que intentan ocupar de prepo cada día. Los que les hubieran correspondido en otro mundo más equitativo. Los que les quitaron ya a sus padres y a los padres de sus padres y mañana a sus hijos, si es que sobreviven para la paternidad. Los pibes de 11, 12, 13 años jamás tuvieron ni tendrán voz. Nunca habrá megáfono para su rabia, para un resentimiento clavado en el ADN, para la necesidad de vengar la condena a un presente rasante, que no tiene ayer ni mañana, donde la supervivencia es la comida que se consiga en las sobras de las pizzerías. O en la basura de los elegidos. Los pibes que brotaron de las plazoletas y de las cañerías de la ciudad cuando el taxista bajó con una cadena a buscarlos, son los brotes de los subsuelos de la sociedad. De los suburbios de un destino pespunteado para que no duren, para que vayan a parar a algún hospital público atravesados por la mal nutrición, las enfermedades de la pobreza que los otros no sufren, los pulmones y las neuronas cristalizadas por el consumo, la carne cruzada por las balas. Así se terminan los pibes que brotaron ayer a pedradas echando de ese espacio circunstancialmente conquistado a la periodista y al taxista. La desigualdad es el germen más eficaz de la violencia. Una fosa que separa, que crece exponencialmente, que siembra pirañas en su agua barrosa. Pirañas dicen que son los pibes. Peces pequeños y feroces que muerden a su altura y provocan desgarro y dolor. Que se criaron debajo de los puentes de las autopistas, ante las vidrieras de los bancos, que nacieron en inquilinatos donde fueron desalojados veinte veces hasta que el techo y el piso fue la calle y se acabó. No vieron otra cosa que padres en la calle. No saben de la justicia más que este presente brutal. Más que el olor a rabia, que es como el olor del humo, de la ropa gastada, de los pies y de los dientes. Es la desigualdad la que brota de los sótanos de este mundo cuando brotan los pibes, cuando salen con piedras y revanchas en las manos. Mientras elijan reforzar el privilegio y echar a patadas a los cesanteados de la vida, no habrá bala, ni aumento en la edad de imputabilidad ni cadenas mediáticas que resuelvan esta angustia. Hay un puente entre la vida y la muerte pero está roto. Hace años lo detonó la injusticia. Edición: 3744  

Jésica y el diablo
Publicado: Lunes, 05 Noviembre 2018 12:53
Jésica y el diablo

Por Carlos del Frade (*) (APe).- Hacía una semana que había terminado la Fiesta Nacional del Surubí y en los pocos bares abiertos de Reconquista, cabecera del departamento General Obligado, norte profundo santafesino, los carteles de la pesca compartían los escaparates con calabazas de plástico que invitaban al hallowen, la noche de brujas importada. Las mujeres que integran la organización “Infancias Robadas”, mientras tanto, siguen preguntándose por la muerte de Jésica Zanabria, una nena de once años que el día del niño y la niña de 2016, el domingo 14 de agosto, vino de las celebraciones y se ahorcó con el cinto del guardapolvos. Vivía en una casita muy humilde del barrio “el Arenal”, en la zona del puerto de Reconquista junto a sus ocho hermanos y mamá. Hasta el día de hoy los integrantes del poder judicial hablan de un suicidio. Y si no hay crimen, no hay causa, sostienen con una lógica rayana al cinismo. Pero muchas vecinas y muchos vecinos de Reconquista siguen preguntando el motivo por el cual una nena de once años decide quitarse la vida. Quizás la explicación de la muerte, como tantas veces se dijo en esta columna, está en las condiciones existenciales de Jésica. -Hay mucha droga, mucha prostitución y mucho abuso sexual – dice una señora que no quiere ser identificada. Testimonios de maestras que son comentados en las radios locales hablan de chiquitas que se desmayan los viernes porque los jueves son las llamadas “noches de peña”. Integrantes del poder judicial minimizan la situación. Y, en todo caso, cuando el cronista insiste en preguntar e indagar, responsabilizan a la otra jurisdicción. Federales y provinciales, sin embargo, conviven en ese territorio como lo hacen a lo largo y ancho de la enorme geografía santafesina, en particular, y argentina, en general. Desde los ministerios de Educación y Salud de la provincia de Santa Fe, en tanto, ya están reuniendo datos duros sobre la realidad de chicas y chicos menores de dieciocho que viven en la zona. Es imprescindible romper los códigos de silencio de las autoridades políticas locales y regionales. La ormetá, según dicen los italianos, esos códigos de silencio son los insumos básicos que fortalecen las diferentes mafias que crecen con los negocios ilegales. Decir nombres y apellidos para presionar y romper la inercia del servicio público de justicia. Para que las familias humildes sientan que pueden compartir su miedo con gente que pone la cara por ellas. Pero no existiendo acciones concretas, crecen los dichos. Las leyendas urbanas que se cuentan y escuchan en Reconquista hablan de casillas que ofician de alojamientos transitorios en algunos islotes cercanos ante la indiferencia de la Prefectura Naval y la indolencia de La Santafesina SA. El Colegio de Abogados de la ciudad citó a legisladoras y legisladores provinciales autores de un proyecto de creación de abogadas y abogados de niñas, niños y adolescentes. En el contexto de las denuncias por prostitución infantil, ese encuentro sirvió para que los medios de comunicación hablaran de la situación de las chicas y los chicos. Pero así como nadie sabe con exactitud por qué una nena con edad de sexto grado se quitó la vida con el cinto del guardapolvo, tampoco surgen informaciones precisas sobre responsables del negocio. -Acá hay muchos fantasmas escondidos…estamos peleando con el diablo nosotros solos – dice la valiente mujer que acerca nombres de potenciales vendedores de drogas y proveedores de otros servicios para consumidores de sustancias y cuerpos que no son del puerto. Allí en el “arenal” viven más de cincuenta familias y en la zona del puerto, distante unos doce kilómetros del centro de Reconquista, habrá unas dos mil personas. Entre ellas, muchas chiquitas como Jésica Zanabria que en la tarde del día del niño de 2016 decidió quitarse la vida con el cinto de su delantal blanco, aquel símbolo que alguna vez, en la Argentina del siglo pasado, era sinónimo de igualdad y esperanza. (*) Desde Reconquista, norte profundo santafesino Foto: Marcelo Kehler Edición: 3742  

Treinta pibas marcadas
Publicado: Jueves, 01 Noviembre 2018 13:55
Treinta pibas marcadas

Por Silvana Melo    (APe).- ¿Quién se mete con los hijos de quienes militan con mis hijos no te metas? En uno de los barrios más pobres de Jujuy hay una escuela secundaria con poco menos de 200 alumnos. La mitad son mujeres. Tres de cada diez están embarazadas. Tienen entre 12 y 19 años. Son morenitas, viven en los confines, no están en ninguna agenda, se convierten en un número áspero cuando las embaraza el abuso intrafamiliar y las violaciones, todos crímenes de poder. Que lejos de replegarse, ese poder apuesta a la militancia desde abajo hacia arriba. Y desde arriba hacia abajo. Para encontrarse en el medio y obturar cualquier información que se escurra, que se filtre, que traspase las murallas atávicas y recurrentes. La información que libere, que salve, que permita una decisión de extrema libertad: ser madre o no serlo. Si un cuerpo ha sido profanado, si ha sido sometido por el poder y por la tortura avalada durante siglos por una determinación ciega e impune, ese cuerpo inhabilita la fábrica de amor y vida que le han impuesto como designio central. Las treinta chicas embarazadas en Alto Comedero eran parte del 80 % que en una encuesta del Ministerio de Educación pidieron por favor información acerca de la sexualidad. ¿Quiénes se meten con los hijos de quienes no salen a militar con mis hijos no te metas? ¿Quiénes se metieron con los hijos de los padres de las chicas embarazadas? ¿Quiénes se metieron con su vida, desde el abuso y el ultraje? ¿Quiénes, desde dentro mismo de la intimidad cotidiana? ¿Quiénes, desde el aula, cuando irrumpen para detener cualquier esbozo de Educación Sexual Integral? Las treinta chicas embarazadas en Alto Comedero son tres de cada diez de las alumnas de su escuela. No conocen la ESI en épocas cada vez más duras, donde los neopentecostales, los católicos talibanes y el fascismo que rodea como un fantasma atroz las pequeñas primaveras del albedrío y la voluntad angostan la esperanza. No les está permitido el aborto no punible porque las hordas del bebito de cartón obligan a violar la ley. Y no les interesan las vidas de las pibas marcadas por la desgracia de origen, la crucifixión genética, las llamas por mujeres y por alguna semilla de rebeldía. La Ministra de Educación de Jujuy defendió la ESI pero por las dudas dijo que los maestros se están capacitando pero no en ideología de género. Mientras, van a crear salas maternales para los hijos de las chicas a las que no se les ofreció alternativa. Ni antes ni después de su embarazo. Entonces empieza a quedar claro quién se mete con los hijos de los otros. Quiénes. Y hasta dónde. La escuelita está a diez kilómetros al sur de San Salvador de Jujuy. Es uno de los barrios más pobres del país. Pero protagónico por la cesantía de la justicia. Por su cárcel pasó Milagro Sala. En su escuela las chicas son ultrajadas por un poder que lejos está de caerse. Y que se mete con ellas, a través de consignas falaces, para ponerles una triste cereza al postre de su condena. Que es el banquete de los más fuertes. Edición: 3740  

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Galería fotográfica

 

Reportajes

 

Alberto Morlachetti habla sobre pobreza con Reynaldo Sietecase. Era 2009

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Hechos en imágenes

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Migrantes

Salió de Honduras la caminata de miles de personas que quieren llegar a los Estados Unidos. Huyen del hambre y la violencia. Más de 7 mil cruzaron Guatemala a pie y están haciendo lo mismo en México. 


Pescador

Un adolescente de 16 años murió ahogado en un esteral de Misiones. Estaba tratando de pescar para dar de comer a sus 13 hermanos.


Policías

Dos policías bonaerenses golpearon brutalmente a un chico de 17 años durante un operativo en Bernal Oeste. Los desafectaron de la fuerza.


Campesinos

Los terratenientes desalojan a pequeños campesinos en Santiago del Estero. Fue violento y brutal contra Héctor Reyes, que murió por las heridas recibidas. 


Justina

A partir de la aprobación de la Ley Justina, todos seremos donantes de órganos, excepto para quienes dejen expresamente aclarada su negativa.


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