(APe).- Gualberto Solano se fue yendo de a poco. De tristeza. De enfermedad que causa la impotencia. De esa soledad que genera la ausencia del hijo que no vuelve ni en carne y hueso ni con el manto de piedad de la justicia. Gualberto Solano, el papá de Daniel, el pibe del norte devorado por el Sur de los poderosos, ayunó, mostró la foto de su muchacho, peleó contra los molinos de viento y, finalmente, se fue al encuentro del hijo.

Como Daniel, don Gualberto tenía los ojos rasgados. Portaba el rostro arado por la vida dura. Llegó un día desde Misión Cherenta, en Tartagal, para remover cielo y tierra en Choele Choel, donde un noviembre viejo de hace siete años su niño ya hombre reclamó por el salario ante la empresa Agrocosecha, contratista de la Expofrut.

Y Gualberto llegó para quedarse. Para ser esa figura cansina, con el gorrito que le era hermano, con la pancarta de Daniel entre sus manos. Y hacerle frente a los dueños de todo como un nadie que sabe que no tiene nada que perder y la pelea hasta la muerte.

Pero la impunidad carcome los cuerpos y desvanece de a poco. La impunidad es una asesina a sueldo de los patrones de las tierras torturadas. Que permitió adulterar el pozo de El Jaguel, donde se cree que se deshicieron del cuerpo del muchachón guaraní de 27 años.

Esta viñeta del artista Chelo Candia logró vislumbrar, con años de anticipación, el momento del abrazo entre Gualberto y Daniel.

Quién sabe dónde.

En algún cielo, en un pedazo de arcoiris, en un territorio inexpugnable donde los hombres del poder ya no podrán hacerles daño.

 

 

Edición: 3584

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