Por Claudia Rafael

(APe).- Tienen 5 y 7 años. Sus días de miel y chocolate se tiñeron de rojo, en el instante mismo de la crueldad. Los dos estaban en el asiento trasero del auto cuando su papá acuchilló a su mamá y nadie puede hoy decirles si sobrevivirá y, de hacerlo, cómo lo hará. Todo ocurrió en el escueto espacio diminuto del Chevrolet Corsa, en San Miguel. En ese cuadrilátero perverso se les tatuó definitivamente en sus ojos esa película de gritos, cuchillos, sangre y horror que les hará compañía indisoluble.

Tienen 5 y 7 años y el sistema les selló en la frente su categoría de pertenencia: daños colaterales. Como los efectos indeseados de un modelo que cosifica. Que va arrojando las infancias a los márgenes del camino. A la intemperie. ¿Qué heridas quedan en la psiquis de la niñez cuando a los 5 y a los 7 se es testigo y víctima privilegiada de la crueldad extrema?

En lo que va de este año pandémico, a 231 niñas y niños les arrebataron a sus mamás y en un gran número sus papás están presos o, incluso, se suicidaron tras el femicidio. Una doble orfandad que los hará deambular el tiempo de la ausencia.

Ellos tienen 5 y 7 y se hermanan sin saber con miles y miles de chicas y chicos.

Las estadísticas –que no tienen nombre- desnudan que cada 26 horas una niña, un niño, irrumpen involuntaria y trágicamente en el universo del vacío eterno.

Tienen 5 y 7 años. No saben qué ocurrirá con su mamá que sigue internada en el hospital Larcade de San Miguel. El mismo que dos décadas atrás fue ocupado por la fuerza por Aldo Rico, cuando era intendente por diferencias políticas con quienes estaban al frente del centro de salud. El mismo hospital al que llevaron al atacante, que se autoinfligió cortes con la misma navaja con que desató el ataque en el auto.

Ante tantos silencios y complicidades, esta vez una joven pareja en moto decidió no voltear la vista. "Estábamos parados en el semáforo en rojo, venía con mi pareja y empezamos a escuchar gritos del auto de atrás. Nos dimos vuelta, nosotros teníamos los cascos puestos, y vimos cómo él le estaba pegando", contó uno de ellos. Cruzaron la moto delante del auto, cuando el agresor intentó continuar, se inició una persecución y unas cuadras más adelante lograron socorrer a la mujer y a sus niños. "Ellos estaban con sangre, pero era la sangre de la madre”, describió luego.

Es un intento de crimen de poder. Uno, dos, infinitos navajazos de quien se siente dueño de la vida y de los cuerpos. En un modelo patriarcal y capitalista estructurado en una pirámide de raiz extractivista. Quienes se sienten ubicados en la cima se arrogan propietarios de arrancar la vida de los cuerpos.

Alguna vez Alfredo Grande definió en esta agencia que “la siniestra organización Tradición, Familia y Propiedad surge como una cruzada redentora para impedir, triturar, exterminar, cualquier intento de recuperar los deseos en la matriz familiar”.

Habrá, en tanto, que recuperar equidades y nutrirse de una utopía que demuela desde los cimientos las bases de la estructura opresora que fluye con cíclicas y sistémicas oleadas de tsunamis sobre estos modos de sociabilidad humana.

Edición: 4116

 

 

 

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