Por Claudia Rafael

(APe).- Es un símbolo. La imagen de la maestra de plástica de la escuela 28 de Florencio Varela con el rostro y la ropa ensangrentados constituyen una radiografía exacta de la desidia estatal. Del nomeimporta encumbrado a la pirámide de las prioridades. Un trozo de mampostería del techo del salón que ya formaba parte de denuncias sobre la infraestructura escolar le pegó de lleno en la cabeza, los hombros y los brazos. En el conurbano más profundo. Allí donde la pobreza abunda y los peligros acechan. Donde las políticas estructurales no contemplan a las niñeces que deberían encontrar en las escuelas un territorio de cuidados y abrigo. Escuelas en las que la historia viene demostrando con una terquedad que aterra que se puede salir malherido o morir, como Sandra Calamano y Rubén Rodríguez, en Moreno, cuando estalló una garrafa de gas y sólo por casualidad los muertos fueron dos y no 200.

Las escuelas sobreviven como se sobrevive en los márgenes. Las escuelas se bambolean en esos territorios del olvido como las casuchas de precariedades, como las panzas vacías, como los aprendizajes atados con parches porque simplemente se trata de terminar uno y otro ciclo para la estadística. Pero sin cortar círculos de fatalidades. Sin desbaratar rumbos preasignados.

Un trozo de techo se despedazó sobre la vida y sólo el azar y nada más que el azar no transformó la escena en muerte. Pero nadie sale ileso. No sale ilesa la maestra, ni los dos niños heridos, ni el resto de sus compañeritas y compañeritos. No sale ilesa la escuela. Ni la vida misma.

Un pedazo de mampostería se desplomó sobre una maestra. Y es, una vez más, la alegoría acabada de cómo las infraestructuras son, desde hace años, la excusa perfecta para negociados y corruptelas. Sin controles. Con parches y reclamos desoídos.

Un vaso de plástico rojo. Un dibujo infantil con montañas y árboles. La cartuchera con fibras de colores. Un sello verde y amarillo. Y los infinitos trozos de un techo poblaron el escritorio de una maestra del barrio Villa del Plata de Florencio Varela. Son la imagen de la indolencia como política dilecta para las escuelas populares. Que no están puestas en el territorio para demoler mandatos sino para dar continuidad a los destinos prefijados.

Edición: 3892

 

 

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