Por Silvana Melo
    (APe).- Un mes atrás la final de la Copa Libertadores en casa era un fogoneo de emociones. Y una herramienta oportunísima para que el Gobierno pudiera desviar el desconsuelo y la desesperanza hacia otros carriles. Donde se transformarían en meme y en ejercicio preparatorio de humillar al otro para sentirse ganador en algo. Hacerle un sombrerito al trabajo que no aparece, una gambeta a las cuentas que no se pueden pagar, una rabona a la vida, cuando viene tan falsaria, con ese gesto de impostura.

El partido de mañana es mundial. Es el más importante en la historia del fútbol argentino desde 1986, dicen los que saben. Está llegando Gianni Infantino, presidente de la FIFA, para sentir en el cuerpo la vibración del Monumental. Y del universo mismo, cuando se mueve a pasitos del área. Varios millones de los siete mil que sobrepueblan el mundo estarán pendientes con ojos en esta patria rara, que se cae del mundo por el sur, que no sabe construir colectivos pero que por dos o tres individuos la conoce el globo.

Pero la gente de acá no podrá encender la tele, en la villa o en Recoleta, en el asentamiento o en Palermo Soho, y ver el golazo de Benedetto o el de Scocco que siempre entra cuando faltan diez minutos para que todo se acabe y hace saltar las bandas rojas en la inmensidad de la vía láctea. Habrá que pagar por lo menos mil pesos mensuales para tener Cablevisión peladito, sólo tele, sin internet ni una coca gratis en el chino. Han tenido la generosidad de no exigir el pack de fútbol de 450 pesos. Por lo tanto, con mil por mes de tele, peladita, se puede ver el partido por Fox Sport en el barrio. La TV Pública ni se entera. Porque está vaciada, devastada y no está hecha para perder plata haciendo llegar el mayor espectáculo deportivo de los últimos años, democráticamente, a todo el mundo. Pobres, ricos, indigentes, ex billonarios como el pobre Eduardo Constantini (Nordelta, Malba), complicados como el presidente de la Corte Suprema de Justicia a quien no le alcanzan los 300 mil pesos mensuales que gana para ser un buen juez, gente sin techo que toma terrenos en Matanza y la policía les dispara, jubilados para quienes no habrá siquiera un bono de 500 pesos, con el que pagarían la mitad del cable, peladito, sin internet ni teléfono.

Ni los pibes de los barrios lo podrán ver. Esos que brotan de las villas para poblar de picardía las inferiores de esos mismos clubes que después jugarán finales que los privilegiados protagonizarán y el resto no las podrá ver por la televisión de un estado que pone en marcha las peores herramientas del sistema para excluir soberana y concienzudamente. Porque si los pibes, los jubilados y los pobres no merecen estar, tampoco merecen ver ni disfutar. Y entonces el Boca – River de mañana será para los que sean. Para los que puedan. Para los que pertenezcan. A horas de que la capital se militarice y se blinde por la cumbre de los poderosos. Y todos se olviden, entre una cosa y otra, de que cualquier sueño ordinario se derrumba y hay que volver a construir desde la nada. Como siempre. Como cada capítulo de nuestra historia. Aunque festejen Angelici y Macri o D´Onofrio y las perdigonadas en la ética institucional que les dejó la dictadura.

Aunque la mitad sufra y la otra mitad asuma una alegría feroz que sea pedrada en los cristales del cielo. Una felicidad, cantaba John Lennon, que es un revólver caliente. Sin todos ni mañana.

Edición: 3758

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