Por Silvana Melo
 

 (APe).- En una tierra donde se construye sobre la muerte, centenares de escuelas están cerradas después de la explosión que disparó por el aire los cuerpos de dos docentes y desnudó brutalmente la indolencia del Estado. Aquellos edificios que deberían ser las cajas donde se rompen destinos, las paredes donde se transforma lo dispuesto, la estructura donde se altera la fatalidad, terminan siendo la inmediación de la tragedia. El domicilio de la muerte.

Durante años, durante décadas la infraestructura ha sido una de las parientas más pobres en la familia disfuncional del sistema educativo. Los gobiernos consecutivos en la provincia de Buenos Aires han sido homogéneos en su desprecio al contexto donde se desarrolla la educación pública, especialmente en los sectores populares.

Sea quien fuere el color que gobierne, el estado es el mismo. Es el que propició Cromañón, con doscientos muertos jóvenes sobre cuyos cuerpos luego se inspeccionó, se clausuró y se reformó compulsivamente. Cromañón pudo evitarse. No fue un accidente. El estado reaccionó como un elefante dormido ante el estiletazo.

Es el mismo que generó Once, con 51 muertos trabajadores del martirio cotidiano. El que habla de un accidente que no es. Porque podía y debía evitarse. El que después salió a comprar trenes a China. Y a responsabilizar al conductor de la locomotora porque siempre tendrá el Estado para la culpa un ramillete de últimos eslabones de la cadena. Cadena que encabeza justamente el Estado.

El mismo que ha visto desfilar gobernadores de la provincia más desigual del país, de la provincia más humeante, más injusta, más depredadora de sus millones de habitantes. El mismo de estas décadas que, cuando le estallaron las aulas en la cara, debió reaccionar como elefante dormido ante el estiletazo. Y cerrar 480 escuelas por gas que se escapa, cables en corto, techos a punto de derrumbarse, vidrios ausentes, pozos ciegos desbordados, estufas de las que cae el fuego –como en el aula de Moreno filmada por los propios docentes- y calamidades semejantes. Hasta ahora, con Duhalde, Solá, Scioli y Vidal, las escuelas caminaban arrastrando los pies, a duras penas. Pero el lunes las cerraron. Sobre los cuerpos disparados de la vicedirectora y el portero. Veinte minutos antes de que la entrada de 200 pibes transformara la tragedia en una catástrofe.

Le tocó a Vidal como le tocó Cromañón a Aníbal Ibarra y Once a CFK. Le tocó al mismo estado que se pinta los labios de progre o se calza el pañuelo celeste de la ortodoxia. Porque el abandono es el mismo. Y el día del estallido es aleatorio.

Según el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (IDESA), la Provincia concedió 143 millones de pesos a la educación en 2018. Apenas el 1% está destinado a infraestructura. La escuela es, desde hace demasiado tiempo, un espacio de inseguridad. No por los pibes de los barrios que salen con capucha y gorrita a atemorizar a los privilegiados. Sino por los techos que amenazan con caerse en sus cabezas cuando todavía creen que hay lugar para ellos en el aula. La escuela se ha vuelto un espacio donde se puede morir. Donde acechan enemigos que no roban ni paran por salarios.

Hoy hay 200.000 chicas y chicos sin clases. Y no por huelgas docentes. Lo que huelga es la sensatez de una parte importante de la dirigencia que pasa por las direcciones, secretarías y ministerios para construirse un perfil candidateable. Y para hacer algún negocio de paso. Pero para quienes cambiar la vida de los que atraviesan los patios de la escuela pública es un detalle menor. Cajoneado entre presupuestos y pedidos de informe.

Edición: 3678

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