Por Silvana Melo

(APe).- Mientras el Gobierno determina exenciones impositivas a los desarrolladores de transgénicos en la Argentina y abre las puertas a otra fiesta de glifosato y 2,4D (*), el 1 de setiembre está lejos de ser un prólogo de la primavera. Con la profundización del modelo extractivista que desde hace casi veinte años puso en juego la tierra, hace un mes que Santiago Maldonado no está. Desapareció el día de la ruda con grapa para la Pacha, aunque él estuviera defendiendo la Mapu. Su no estar es responsabilidad del Estado. Porque no lo busca o lo busca mal. Porque lo desapareció su monopolio de la violencia o sus conniventes empresariales u otras opciones que tejen justicia y política.

Santiago tuvo la desgracia de desaparecer en año de permanente campaña electoral. Cuando el oficialismo y sus redes infinitas de voceros suponen que todo kirchnerismo es un acto delictivo en sí mismo. Y el kirchnerismo asegura que todo macrismo es una versión moderna de la dictadura. Falacia que destina cualquier debate a la fosa común de la grieta. Donde va a languidecer todo intento de discusión sin vejámenes verbales ni condenas a la horca.

Santiago no es un dirigente. No es un mapuche. No tiene la piel oscura. Es un tipo más que de pronto se vuelve bandera. Inexplicablemente desaparece (como nadie puede esfumarse sin dejar rastro en una república de tamaña seriedad como la instituyen sus refundadores) y se vuelve pared, pancarta, volante en las calles, pregunta que persigue.

Pero ante su rostro el aparato oficial -con miles de difusores en los medios, en las redes y en la calle-, siembra el veneno de la duda, de la vileza y del nihilismo propio de sectores que nunca creen. No creen que los desaparecidos desaparecieron porque están en Europa. No creen que Yabrán se haya suicidado porque está en las Islas Vírgenes. No creen que las pibas violadas y asesinadas sufran femicidio, porque usan ropa ajustada y se la buscan. No creen que a Santiago lo haya esfumado el estado porque está escondido, drogado y panza arriba en una playa chilena. No creen que López haya sido chupado por la vigencia de un grupo de tareas porque era viejo, tenía Alzheimer, “fue guardiacárcel” y se cayó solito en una zanja. El argentino medio suele edificar sus teorías conspirativas demoliendo la verdad.

No sólo hay que construir un nuevo estado para pensar en una nueva vida.

Si su desaparición fue planificada para dejar en claro que puede ser cualquiera, la pregunta acerca de dónde está –viralizada de la cabeza a los pies del país- trae un rostro de genética europea, interesable por cercanía y similitud. Nadie se preguntó fuera de las fronteras de Chubut qué fue de Genaro y Cristian Calfullanca (padre e hijo), cuando desaparecieron en la Semana Santa de 2013, “mientras hacían un alambrado en el valle del río Tigre, al fondo del lago Cholila”. Sus pertenencias quedaron intactas. Habeas corpus, pedidos de calificación como desapariciones forzadas, sospechas sobre el poder político, todo está estancado en las fotos de rostros profundamente morenos y rasgados por rutas milenarias en las frentes y en los ojos.

El rostro frágil de Santiago, en un alarde de descaro e hipocresía institucional, ocupa las lunetas de muchas camionetas de la Gendarmería. Que pide que lo busquen otros porque la Gendarmería, no hay por qué no creerlo máxime si una es ministra de la seguridad de la gente, está para perder personas, extraviarlas, esconderlas en el olvido hasta que el miedo se haga carne en el resto. O bien para tomar fotos y datos personales de padres y alumnos de una escuela de Moreno. Que no se atrevían a ingresar a las aulas porque la entrada está derrumbada, el patio inundado, la instalación eléctrica empapada y etcétera. En lugar de llamar al Ministerio de Educación alguien llamó a la Gendarmería.

Estos son los recursos del estado que están a mano hoy.

Estos y el 0800 que puso en red el ámbito oficial educativo de la CABA cuando Ctera hizo imprimir cuadernillos para que los docentes aprendieran a hablar de Maldonado con los chicos. Ese intento generó la reacción del pensamiento unitario que irrumpió en la libertad de cátedra –donde cada docente puede discutir con sus alumnos cualquier tema histórico o de actualidad- y colocó otra vez a Santiago en el púlpito de la villanía K. Sin que él pueda defenderse. Porque Santiago no está.

No hubo reclamos paternales ni 0800 cuando a partir del Acuerdo Federal Minero el Gobierno Nacional decidió que las escuelas debían envolver a los niños con la falacia de que la megaminería no contamina.

Gracias a la ausencia de Santiago, gran parte del periodismo y, por ende, su clientela ciudadana, ha descubierto a los mapuches, al RAM (Resistencia Ancestral Mapuche), a sus intenciones separatistas, a su terrorismo patagónico, a sus adhesiones a la ETA, a al Qaeda (si todavía existe), al ISIS, a Boko Haram y a Hezbollah y a su revelada autoría de crímenes históricos, desde el envenenamiento de Mariano Moreno en adelante.

Que le ha servido a Patricia Bullrich para imaginar mapuches en confabulación con Inglaterra y para poner en duda la calidad demoníaca de los genocidas y guardarles una parcelita en el cielo.

Mientras tanto, cuando la vulgaridad de los pensamientos únicos construye una lógica binaria y arma en el escenario una farsa de conspiraciones, la verdad pasa por otro lado. Por debajo de los pies de los incautos, se escabulle en las espaldas de los distraídos, sobrevuela a los espectadores de la escena.

En el sur, la gendarmería tiene un destacamento en el casco de la estancia de Bennetton. Esa gendarmería no es una herramienta del estado argentino. Es el brazo armado de un poder que va mucho más allá de la lírica defensa de las fronteras y de la represión de trabajadores y del amedrentamiento de alumnos de escuelas destruidas.

Temas que aparecen sólo en algunos diarios y se callan violentamente en otros. Como algunos otros temas se callan en algunos diarios y aparecen estruendosamente en los otros. Es la realidad repartida entre dos canastas, desvirtuada, reducida a dos antítesis político partidarias que no incluye a los que miran por la vidriera tratando de decodificar la verdad. Que son muchos. Muchísimos.

La burda acusación de quienes no movieron un solo pie jamás por las víctimas de la violencia del estado, por los desaparecidos y los torturados, indica que los que piden por Santiago son la mafia K que antes se olvidó de López, Luciano, María Cash y Nisman (¿?). Depositando a todos en la misma bolsa ruin. A mucha de esa gente jamás le importaron las víctimas. Y que ahora las desentierra por propio interés.

Esa disputa bizarra, indecorosa, es otra distracción más para que la masividad no huela cuál es realmente el poder que desaparece, que destruye, que vuela los cerros, que envenena los ríos, que mata con múltiple arma, que arrasa los bosques, que desertifica y cementa los campos, que mutila la tierra para llevarle las vísceras, que extrae los recursos naturales, la dignidad, el agua, la identidad, la vida misma y la propia esperanza. Lo que desaparece a Santiago, destierra a los mapuches –y a los qom y a los diaguitas y a los comechingones y a los wichis-, fusila a los campesinos, aparenta accidentes contra los qom de Formosa, es el sistema extractivista que monocultiva soja y concentración de la riqueza.

Un modelo que agota la tierra de la patria grande, donde el progresismo no hizo más que sostener a sus gobiernos con el precio de los commodities y entregarlos a la derecha sin ninguna transformación.

Y donde Santiago, desde hace un mes, no está.

 (*) Fuente: Patricio Eleisegui

Edición: 3426

 

 

Libros de APE