Por Alfredo Grande
   (APe).- Cuando empiezo a pensar un nuevo texto, aunque pensar quizá no sea la palabra precisa, suele ocurrir que necesito fundamentar intuiciones con conceptos con fundamento. En ese momento la adicción a Wikipedia se torna imperiosa. De la enciclopedia digital extraigo:

“En el relato evangélico, Herodes I el Grande es «el arquetipo de todos los sanguinarios» que no dudan en sacrificar a los indefensos. De allí proviene el sobrenombre por antonomasia de «inocentes». Anselm Grün escribió que Herodes actuó por miedo: temía a Jesús niño a quien los magos de oriente designaron como el rey de los judíos recién nacido: «Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén» (Mateo 2, 3). El poderoso tenía miedo de que lo nuevo pudiera quitarle poder: «Herodes tenía poder sobre la tierra y sobre los hombres. Pero éste no era la expresión de su fuerza interior, sino que estaba acuñado por el miedo. Por él, asesina cruelmente a todos sus rivales [...] Por su temor hace matar a todos los niños de hasta dos años de edad. Herodes está atrapado en su miedo. Y su política, la que él ejerce, es una política de miedo. Y así difunde por doquier a su alrededor únicamente terror. Los hombres que se aferran a su poder por miedo abusan del poder. Y solo pueden mantener su reinado al infundir miedo»

Un analizador es todo aquello que nos permite pasar del nivel convencional al fundante. De la fachada al cimiento. De la apariencia a la esencia. Herodes es la marca registrada del genocidio. Asesinar niños por el solo hecho de ser niño. Conjurando el terror de la profecía de los Magos. La historia de la matanza de los inocentes debe ser uno de los primeros relatos de la historia. Ni el historiador Josefo la menciona. Por lo tanto, podría tratarse, en el folclore actual, una fake news. O sea: una falsedad. Y la falsedad no es verdad, pero tampoco es mentira.

El relato en política es falso porque une, con un claro objetivo de formatear subjetividades, un cóctel de verdad y mentira. Las falsedades quedan clavadas en la memoria porque son verosímiles. Freud nos hablaba de las “construcciones en psicoanálisis”. Si non é vero, é ben trovato. Toda falsedad, al igual que todo delirio, tiene un núcleo de verdad. Ese núcleo de verdad es el cimiento, la esencia, lo fundante.

El poderoso tenía miedo de que lo nuevo pudiera quitarle poder. El poder de lo nuevo, el poder del invento, ese poder debía ser aniquilado. Y ese maravilloso poder es propiedad de la niñez. Cuando el movimiento nacional Chicos del Pueblo acuña el concepto del niño como sujeto político, le está dando coherencia, consistencia y credibilidad al terror de Herodes. Sujeto político es sujeto de la novedad radical. No es sujeto de la repetición. Es sujeto del invento. Las niñas y niños inventan todo el tiempo. Y esos inventos los adultos convertidos en autómatas de la repetición lo llaman “juego”. No hay juegos políticamente correctos. No hay oportunismos de ocasión. No hay miserables cálculos macroeconómicos o intenciones de voto. Jugar es un invento que se despliega en matrices vinculares. Y Herodes, marca registrada de la cultura represora, tuvo su terror profético.

Es posible que pueda ser considerada una afirmación trivial. Pero pienso que la niñez es revolucionaria porque juega los juegos que inventa. Cuando los poderes hegemónicos prohíban jugar, o sólo autoricen los juegos con pautas electrónicas, cuando el hambre, el miedo, el frío, el calor, el abuso y el maltrato permanentes aplasten la capacidad de jugar, los Herodes de la actualidad estarán un poco más tranquilos.

Las niñas y niños son sujetos políticos, pero no de cualquier política. Solamente de aquella que aloje el invento, la novedad radical, lo no pensado.

Cuando la profecía de la mujer nueva y del hombre nuevo no sean futuro, sino presente, entonces los juegos revolucionarios tendrán su victoria. Y los aniquilados serán los Herodes.

Entonces inventaremos nuevos evangelios.

Edición: 4109

 

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