Por Alfredo Grande
      (APe).- En determinados torneos, los partidos de fútbol que terminan empatados en los 90 minutos de juego, tienen alargue. Si el empate se mantiene, se define por penales. Creo que son tres registros que pueden dar cuenta de los diferentes momentos de la vida, que no es lo mismo que los diferentes momentos de la lucha, pero que es igual. Hay un momento donde jugamos los 90 minutos. Con más o menos intensidad, con más o menos convicción, con más o menos coraje. Pero jugamos a ganar. Algunos sostienen el juego limpio y armonioso, otros el denominado resultadismo. O sea: lo que importa es ganar, aunque se juegue mal.

Siempre he pensado que cuando se juega bien, habitualmente se gana. Al menos, se gana haber jugado bien. El concepto de “ganar” también está atravesado por la lucha de clases. Para el capitalismo, ganar es apropiar plusvalía. O sea: aumentar la tasa de explotación del trabajador. Para les trabajadores, ganar es llegar a fin de mes sin hambre, con algunas cuentas pagadas, y en el amparo de una vivienda digna, aunque seguramente precaria.

Durante el partido, la cultura represora marca una línea divisoria entre “ganadores” y “perdedores”. Los que ríen y los que lloran. Los ricos y famosos y los feos, sucios y malos. Mientras el partido dure, se construye lo que denomino el “alucinatorio político social” del ascenso social. En una época que parece mítica, yo estaba convencido que el ahorro era la base de la fortuna. En nuestra actualidad, la(s) deuda(s) es la base de la bancarrota.

El partido se juega en diferentes canchas. Los top ten en circuitos de privilegio, hoteles 5 estrellas potenciados, aviones privados, all inclusive. Los últimos orejones del tarro, se resignan al mini turismo, algún hotel por obra social, transporte público deteriorado, y nothing inclusive. Hay clases, pero ya no luchan. La idea del consenso, del consentimiento informado, la doctrina del “que avisa no traiciona”, ha dejado los ásperos terrenos de la guerra en las planicies asfaltadas de la tregua.

Durante los partidos actuales, la denominada justicia le ha quebrado el brazo a la política. La judicialización de la vida, incluso la cotidiana, ha entronizado en lugar de la majestad de la justicia, la gracia divina de los jueces. Son los partidos de la posmodernidad tardía, donde los árbitros tienen más poder de decisión sobre los resultados que los jugadores o los técnicos. Una forma degradada de la justicia, es la dirigencia. Dirigencia en general y en particular.

En el vodevil futbolero que algunos llaman “copa libertadores de América”, toda la mediocre y cómplice dirigencia opinó y decidió. Menos los jugadores. Los verdaderos dueños del circo le ceden todo el poder a los bufones. Pero el partido es largo, a veces da lugar a la revancha, tiene mucho más que dos tiempos, y siempre es tras generacional. Hoy nos acosan y violan la cría del proceso. Pero también resisten y luchan las crías de los revolucionarios y revolucionarias de los 60 y 70. No estoy seguro que podamos decir, con absoluta convicción, que siempre llegaremos a la victoria. Pero tengo la absoluta convicción, de que mientras dure el partido, la victoria fundante es seguir luchando. Sin dejarse convencer y vencer por los espejitos de colores y dolores con los cuales la cultura represora doblega la voluntad de las víctimas.

Lo que se denomina “abuso de posición dominante” y “captación de voluntad” genera que las víctimas devengan aliadas de los victimarios. Algunos llaman a esto elecciones. Pero mientras haya vida y el partido continúe, hay alguna forma de esperanza. Entendiendo a la esperanza no como la espera pasiva sino como la búsqueda activa. No puedo decir a qué edad biológica, psicológica, política, consideramos que el partido terminó. En ese preciso momento, y justamente porque la revolución es un sueño y una construcción permanente, no nos resignamos al empate. Aunque tome las formas más sofisticadas, incluyendo a las diversas declaraciones de los derechos humanos, los tratados de garantías, y toda la parafernalia jurídica de nula incidencia en la vida real.

Decimos empate porque seguimos latiendo en cada combate, en cada enfrentamiento, en cada instante donde le ponemos el cuerpo a todas las balas de la cultura represora. Balas perdidas y balas encontradas. No es un empate al modo clásico. Porque en estas formas de empate, hay vencedores y vencidos. Pero los vencidos que la cultura represora mata, siguen gozando de buena salud combativa. Y están dispuestos al alargue. Dispuestos a definir el partido sin llegar a los penales. Yo creo que estoy viviendo los tiempos del alargue. No pude definir el partido, que me llevó 70 años. Sigo con ganas de luchar mientras dure el alargue, cuya duración no puedo anticipar. Creo que tampoco lo quiero anticipar. Esos cálculos suelen minar las fuerzas para el combate.

Sigo pensando que la fe es otro de los nombres del deseo. Y mientras hay deseo, hay esperanza. Porque el deseo tensa la conducta hacia metas justas y placenteras.

Lamentablemente, el mal puede durar mucho más que cien años, pero el bien apenas ostenta la duración de algunas décadas. Con el agregado de que las décadas perdidas no se recuperan y las décadas ganadas no eran tan ganadas como parecían. Al menos, no pudieron impedir la revancha neoliberal y fascista. Incluso creo que la propiciaron. Por eso en este alargue me gusta recordar las palabras que el genial dramaturgo Ibsen pone en el Dr. Stokman, el enemigo del pueblo: “el hombre más fuerte es el que está más solo”. Creo que el hombre más fuerte es el que se anima a quedarse solo. Aunque la soledad puede no solamente ser individual, sino también colectiva.

Quizá sabiendo y sintiendo que estamos solos empecemos a pensar en nuevas y mejores compañías. Buscando al “therapon”, que es aquel que ayuda en la batalla. En el alargue la batalla continúa. Yo quiero que se defina en tiempo de alargue. Y envidio al sargento Cabral que murió contento, porque creyó que había abatido al enemigo. No tendré ese contento. Pero tendré el contento de no habar abatido a ningún amigo. Aunque se avise, se puede traicionar. De eso me doy la absolución. Lo que me asusta es tener que llegar a definir por penales. Porque penal bien pateado siempre es gol. Y en una definición por penales, con suerte atajaremos algunos, pero finalmente no habrá arquero que valga.

Han definido por penales muchos amigos y muchas amigas. Los he visto sufrir en las áridas canchas de la terapia intensiva. En el mejor de los casos, intentando formas de despedida que no siempre se pueden entender.

Insisto: no quiero una definición por penales. Intentaré prolongar el alargue. Y con la dispensa de Ibsen, quizá pueda ser mas fuerte cuanto menos solo esté. Fortaleza y sabiduría que sólo se encuentran en los colectivos autogestionarios. Porque el alargue nos exige endurecernos, pero también que no perdamos nuestra ternura jamás.

Edición: 3786

 

Recién editado

Libros de APE