Por Silvana Melo

(APe).- Ofensores en trenes, les llaman. Un título casi religioso. El impulso del Ministerio de Seguridad etiquetó con este nombre casi eufemístico al sometimiento sistemático de exigirles documentos a los trabajadores, generalmente morenos, pobres, saqueados, portadores de rostro, carne de cámaras de reconocimiento facial con inexorables errores de sistema que siempre se equivoca con ellos. Arrinconados los trabajadores en el hacinamiento ferroviario que le regala cotidianamente el sistema, acosados ahora por el disciplinamiento securitario que busca re demostrar su rigor para los mismos siempre.

En 800 controles encontraron 42 documentados con antecedentes, dijo la ministra en un tweet exultante. ¿Y? ¿Qué hicieron con ellos? ¿Qué tuvieron para mostrar más que la entrada de las bandas federales de pechos inflados en los trenes para exigir a los trabajadores y a los pobres que se identifiquen? ¿Por qué no hay que exigir la identificación de otros restos de la sociedad tan dañinos para esos pobres a los que se exige el DNI? ¿Por qué a esos restos de la sociedad delincuencial que empobreció para siempre a los que pueblan los trenes y no les alcanza ni para la SUBE, por qué al que fuga diariamente divisas al exterior, no se les reclama el DNI a punta de cachiporra?

Les aumentan el boleto. Se lo multiplican. Les quitan el trabajo, la changa, el laburito. Les venden el pan a cien pesos. Los encierran en las villas, les descuelgan la calle y el número donde se domicilia la dignidad, les mandan la policía, la gendarmería y la prefectura. Les mandan a Pichetto.

Ellos –todos, policías, gendarmes, prefectos, Pichetto- los juzgarán sospechosos por color, ausencia dental, impulso de esfumarse, olor a brasero, cumbia en la oreja, mirada rara, gorra y esas cosas que se ponen los pobres aunque no haya sol ni frío, sólo para que se los identifique no más. Y ahí aparece la Resolución 845/2019 que tiene la firma de Patricia Bullrich. Que avala la exigencia para que algunos demuestren quiénes son. En los trenes y en los andenes que todos los días utiliza casi un millón y medio de sospechosos genéticos, por origen, geografía y destino. Que viajan desde la provincia a la capital.

Un par de días atrás el aspirante a vicepresidente había observado la foto publicada en Clarín. Dos colas en la villa 1-11-14, dijo. Una de cada nacionalidad, ninguna de argentinos. Horrorizado Miguel Angel Pichetto. En las dos vendían droga, decía. Espantado por los delitos que cometen los migrantes en la Argentina.

Hay que dinamitar todo, que vuele todo por el aire, dijo.

Las villas. Los trenes. Todo aquello que fastidia cotidianamente, que corta las avenidas y pretende la quimera de una vida mejor. Mientras los otros restos de la sociedad suscriben acuerdos internacionales, despiden a sus trabajadores, son funcionarios y le venden servicios al estado, fugan las divisas al exterior, multiplican la riqueza con el emprobrecimiento generalizado, compran dólares cuando les avisan que devaluarán. Pero nadie les pide el DNI.

Edición: 3959

 

 

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