Por Silvana Melo
   (APe).- Rodolfo Franco es médico en Misión Chaqueña, una comunidad del Chaco Salteño que ha visto morir a los niños wichís de deshidratación y desnutrición desde hace años. A sus 69 años –y 43 de médico- sigue en pie en su trinchera de bosque desmontado y sequía, de mujeres y hombres desnudados por el agronegocio y la tala feroz de su cultura. Hoy aparece, con una máscara anticovid, en un video desde su lugar remoto en la Salta bonita y devastada. Denuncia la muerte de otro niño wichí de neumonía, recuerda los 19 que se murieron de hambre y de sed entre diciembre y marzo y predice una nueva epidemia de muerte desesperadamente evitable. Porque el genocidio wichí también es estacional. Los niños mueren todo el año. Pero en verano, con 50 grados, caen de a decenas. Invisibles para todos los balcones del estado.

“Me enteré ayer de la terrible noticia de la muerte de un niño wichí en Tartagal, proveniente de Mosconi. El niño aparentemente murió de una neumonía”, dice el médico en su video. “Acá está haciendo ya 40 ó 50 grados de temperatura, casi todos los días y no está lloviendo. Hace mucho que no llueve. Lo habitual es que entre marzo y diciembre no llueva casi nada. Padecemos una sequía crónica en esta zona que en la época de mucho calor empieza a afectar a los niño”. Y recuerda, con un sabor acre, que el verano pasado “murieron 19 niños entre diciembre y marzo”. Cuando llegó el frescor del otoño la muerte se exilió por un rato. Pero además “Hubo una intervención afortunada del ejército para hacer plantas potabilizadoras de agua: en Misión Chaqueña tenemos una”. Eso significa que “estamos mejor que antes pero igual falta muchísimo”. Entonces levanta la cabeza y dice: “el gobierno provincial es el responsable de las muertes de los niños wichí por desnutrición y deshidratación. Insto al gobernador Sáenz a tomar las medidas necesarias para que esto no ocurra, de lo contrario haremos una denuncia penal en su contra”.

El agua es un problema sanitario de vida o muerte para los wichís. No hay agua buena para tomar. No hay para el cultivo, no hay para la higiene. Mangueras larguísimas que explotan en el medio. Bidones que poco tiempo atrás transportaban glifosato ahora llegan cargados del agua para el uso cotidiano. “Hay comunidades enteras sin agua potable, están a 60 kilómetros de la ciudad de Tartagal y hay otras que toman agua de las represas o de las cañadas que están contaminadas con bidones de veneno que tiran los empresarios que fumigan los campos de soja y porotos. En vez de quemar ese veneno lo tiran en las cañadas de corredero de agua, eso pasa en las comunidades wichí de Guamache y Retiro”, decía el cacique Modesto Rojas en plena muerte estival. No hay pozos ni bombas. Y mientras el virus se veía sólo por tevé, en el feroz verano salteño, los niños se morían de hambre y de sed en su antiguo territorio rico, feraz, generoso. Y ahora desmontado, desguazado, sin medicamentos ni alimentos.

Ellos dependen de que les caven los pozos. Porque “en sus montes sabían dónde encontrar el agua, se movían constantemente detrás de las aguadas, estaban los ríos –dice Franco-; ahora los tienen instalados, encerrados, detrás de los alambrados, diez mil en 400 hectáreas de monte. No tienen posibilidades de nada”.

Despojados de su paraíso, invadidos por el agronegocio y la concentración de la riqueza criolla, sólo salen en los diarios cuando sus hijos se mueren. Como el bebé de dos años de Mosconi. Solos y descartados. Sin agua en la tierra. Ni cielos después de la vida.

 

Para ver el video completo de Rodolfo Franco: 

Edición: 4112

 

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