Por Alfredo Grande

(APe).- Una declaración que se pretende universal es funcional a la cultura represora. Primero porque declara. Y al declarar, otorga existencia. Una forma de dar la vida. “Os declaro marido y mujer”. Lo que resulta curioso, ya que no lo declara hombre y esposa. La declaración del matrimonio sacramental otorga estatuto de marido para el hombre y de mujer para la mujer. O sea: empieza a ser mujer cuando está casada y así es declarada. ¿Tiene algo para declarar? al regresar de un viaje a Chile para no perder la adicción al hiperconsumo y superar la abstinencia que generan los precios descuidados. La declaración establece un estado de cosas. Declara una pertenencia, una existencia, una tenencia. El saberse tenedor y poseedor de determinadas virtudes, habilidades, deseos y derechos, nos bautiza con el más letal de los mandatos: obediencia ciega, muda y sorda a quien garantiza esas tenencias y pertenencias.

Si el Señor da la vida, el Señor la quita. Si el Estado declara derechos, sólo el Estado los quita, declarando suspendidos esos derechos. Estado de sitio, estado de excepción. Bendito sea el nombre del Estado. Por lo tanto, de toda declaración que se pretenda universal y que sea declarada desde los cielos o desde las altas cumbres estatales, conviene desconfiar. Algún gato debe estar encerrado. Y como el camino del infierno está sembrado de las mejores intenciones, también el camino del genocidio está sembrado de las mejores declaraciones. El carácter de universal de cualquier declaración es una forma de imperialismo cultural. Porque los derechos universales pasan por el filtro invertido de la cultura represora y quedan transformados en absolutos. Y lo absoluto es otro de los nombres del Único. De lo único verdadero. Por lo tanto, para que pueda ser absoluto, único y verdadero, necesariamente será abstracto. Declarativo. Enunciado. Un relato sobre los derechos humanos. Con el agravante de que “todos los seres humanos” alude a una multiplicidad de seres. O sea: cada uno de los seres humanos nace con derechos. Por el solo hecho de nacer. Se construye otra paradoja, tan funcional a la cultura represora.

Si el nacimiento los asegura, estamos más cerca de la naturaleza que de la cultura. Los leones nacen con el derecho de comer carne y por eso son seres carnívoros. La declaración ratificaría en la cultura lo que la naturaleza establece en forma universal. Estamos en presencia de la paradoja del “derecho natural”. Nacer esclavo o nacer hombre libre. Nacer rico o nacer pobre.

La historia comienza con el nacimiento y se declara que esa historia es individual y universal, en forma simultánea. Y aunque todos y todas sepan que es exactamente lo contrario, o sea que el nacimiento no es garantía de vida, la declaración postula una dignidad intrínseca y derechos inalienables. Garantía total o le devolvemos su dinero.

Los derechos son absolutamente alienables y la dignidad apenas es garantizada por el consumo. La exaltada declaración de lo universal, opaca y esconde que el sujeto al que se alude es un individuo. Rebosante de derechos por el solo hecho de nacer. Y las naciones son también, lógicas individuales. Por eso existen fronteras, aduanas, muros, alambrados. Tratados de libre comercio, que son declaraciones encubiertas de explotación liberada. Pero las declaraciones formatean al sujeto. Una declaración amorosa formatea al amor. Una declaración financiera formatea un nivel de vida. Una declaración de guerra formatea el exterminio.

En su nivel fundante, y en el marco de la cultura represora, las declaraciones son formaciones reactivas. Lo reactivo es lo opuesto en forma exagerada. Ampulosa. Pomposa. Por eso la declaración de los derechos humanos en abstracto no es más que una formación reactiva a la declaración de los privilegios humanos en concreto. Violencia de género en una escala nacional, universal y estatal. Algo así como la suma del poder público. Las declaraciones de amor son paralelas al maltrato, la crueldad y el asesinato de mujeres. Dime cuánto declaras, y te diré cuánto me ocultas.

Como he señalado alguna vez, para muestra basta un botón. Si ese botón es un analizador. Y cada artículo de la Declaración son botones. O sea: analizadores de una cultura represora que necesita vestirse con las mejores pieles de cordero. El suicidio colectivo es tomar lo abstracto por concreto y las declaraciones como realidades.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos forma parte de lo que denomino el “alucinatorio social y político”. Una de las tantas razones por las cuales votamos a los verdugos y combatimos a los compañeros.

Artículo 20

1. Toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y de asociación pacíficas. Pacífico es todo aquello que no cuestione a las Autoridades.
2. Nadie podrá ser obligado a pertenecer a una asociación. Y se fomentará el deseo de no pertenecer a ninguna.

Artículo 21

1. Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos. La elección de los sponsor queda a su criterio y fortuna.
2. Toda persona tiene el derecho de acceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país. El peaje correspondiente se paga en las universidades privadas.
3. La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto. El voto es el sacramento de la democracia. Cada urna un santuario. Cada representante un semidiós.

(...)

Artículo 29

1. Toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad. Si su personalidad es ser explotado, humillado, ninguneado, basureado debe ser respetado en su personalidad.
2. En el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades, toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones establecidas por la ley con el único fin de asegurar el reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la moral, del orden público y del bienestar general en una sociedad democrática. La moral es justa, el orden es necesario y el bienestar general es una cosa y el área de confort es otra.
3. Estos derechos y libertades no podrán, en ningún caso, ser ejercidos en oposición a los propósitos y principios de las Naciones Unidas. Los pueblos no podrán oponerse a las Naciones que organizadas como Estados, cuidarán de su pueblo aunque ocasionalmente los pueblos nos estén de acuerdo.

Artículo 30


Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración. Por eso con la Declaración rogando y con el mazo dando.

El análisis de cada artículo en su contexto y texto concreto e histórico, enseña para que el esté dispuesto a aprender, que la política sigue siendo la continuación de la guerra por otros medios. Y que la guerra es de exterminio y las masacres cotidianas son cuidadosamente planificadas y protegidas. Desde mucho antes de esta Declaración, se nacía en cuna de oro o en un pesebre. La primer grieta quizá. Era menos encubridor, menos hipócrita, menos miserable. O la autoayuda y otras falsedades, transforman al sujeto individual, en arquitecto de su destino. O sea: lo culpabiliza por tanta desgracia. En toda la Declaración no hay una sola mención a la existencia de clases políticas y sociales, que además son irreconciliables. Formación reactiva exitosa que reduce la política clasista a declaraciones de amor de curso legal.

Escribí uno de los 14 prólogos de una nueva edición de: “El Estado y la Revolución” que Lenin escribiera hace 100 años. (Cuadernos de Octubre. Edición Centenario”) Y la Revolución no es una Declaración. Sigamos pensando, actuando, sintiendo, que toda revolución es praxis libertaria.

No cambiemos.

Edición: 3459

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