Por Claudia Rafael

(APe).- Hay que advertirles. Hay que anunciarles que podrá pasar. Que podrán cruzarse a Judas por la calle. Hay que decirles, porque ellos no saben. No podrían saberlo. No conocen su nombre. No imaginan siquiera que si un día se cruzan con él -en un arrebato libertario con los que los niños de los márgenes suelen irrumpir en las calles de los incluidos- verán a Judas. Un hombre ya cano y no rubio, con el rostro arrugado pero con el dejo del deportista tostado e inalcanzable como los artistas de las películas. Y lo cruzarán, a lo sumo le mirarán los ojos, pero no sabrán ni su nombre, ni su historia, ni sus crueldades, ni tampoco ninguno de sus apodos.

La imaginación está plagada de conejos que asoman de los sombreros y los bolsillos, de barriletes montados por otros niños que viajan en ellos como si se tratara de alfombras voladoras, de caballos azules y fucsia que pasean por los carruseles de los sueños. Pero la imaginación no siempre alcanza. No basta para saber que hay un Judas, un Gustavo Niño, un Alfredo Astiz que besa mujeres en las mejillas para marcarlas y que otros humanos como él las arrebaten de sus bancos, de sus plazas, las lleven en bandada como si atraparan mariposas con redes indelebles pero tan potentes que imposibilitan huir a la vida. Y luego las escupan desde los aviones a los mares para que vuelvan, algún día, décadas después a las playas donde las arenas ya no podrán insuflarles respiro.

Los niños no saben. No podrían presentir que detrás de esos ojos claros, transparentes como aguas incontaminadas por los asesinos de la tierra, hay un Judas que fue marcando de a una en una. Que se vistió de frágil. Que se travistió de hermano. Que se cobijó entre los brazos de las mujeres que abrazan y protegen con sus cuerpos, con sus manos fuertes de amasar la pasta de los domingos y de acariciar los cabellos. Y luego las señaló para que se las arrojara al fuego en el que intentaron quemar los sueños e incendiar la utopía de un mundo en el que ya no haya niños que, como ellos, andan descalzos por la vida, entre el frío del invierno y las lluvias que enferman los pulmones.

Tal vez este invierno se lo crucen en alguna calle cuando estiren la mano para pedirle una moneda a él. Que hagan malabares o traten de limpiarle el vidrio del auto. A él, que figura entre los 1436 presos por los crímenes de lesa humanidad, que lastiman a la humanidad en su médula más honda, que el gobierno incluyó en una lista para que tengan libertad condicional o prisión domiciliaria.

Edición: 3578

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