Por Claudia Rafael

(APe).- Casi medio millar de niñas y niños deambulan por las calles de Lanús y Lomas de Zamora y otros tantos en las panzas como lunas de sus madres. Allí crecen, juegan, tienen miedos, se ríen, se lavan y comen a la vista de todos. Porque sus casas tienen aleritos callejeros como techos y no saben de puertas, paredes o ventanas.

Así se desprende del “primer censo popular de personas en situación de calle” que se concretó en Lomas de Zamora y Lanús entre agosto y octubre pasado por un grupo de organizaciones sociales de la zona sur del conurbano. El registro arroja un total de 1024 personas de las cuales 547 son adultas y 477 son niñas y niños. A su vez, 289 personas respondieron que tienen niñas y niños bajo su cuidado. Aunque no necesariamente sean sus padres o madres. Pero había además 11 mujeres embarazadas, dato que –se lee en el informe- “nos permite intuir que, el número de niñes en situación de calle puede ser aún mayor”.

El 66 por ciento son varones. Y, del total, el número de adultos se duplicó en los últimos tres años. Hay 387 que transitan sus días y sus noches en ese territorio hostil y desabrigado –en el que el frío intenso y el calor desmesurado enferman y lastiman- desde hace por lo menos un año.

En el medio de la tarea de censar “en una zona alejada, con una compañera le preguntamos a un trapito (que trabaja para el único local de esa zona) si conocía a alguien que durmiera por ahí. Y otro hombre que justo estaba ahí charlando con él nos preguntó por qué, con algo de desconfianza. Le explicamos, charlamos un poco y nos terminó contando que estaba durmiendo ahí, adentro de un container, hacia 15 días nomás. Se había quedado sin trabajo por una enfermedad, no podía sostener su alquiler y la poca plata que hacía con changas se la mandaba a su ex y sus hijos. No tenía pensión aún y no sabía si se la darían, recién estaba por empezar los trámites. Quería trabajar pero no lo tomaban. Lo notamos muy cuidado e intentando mantenerse, no caerse anímicamente, pero tenía un nudo en el pecho”.

El hombre del container es uno de los 363 varones adultos que integran los resultados de la encuesta. De los cuales, el 71 por ciento tiene trabajo (entre las mujeres sólo el 43 por ciento lo tiene).

Entre quienes trabajan –indica el informe del censo- “el 84% se desarrolla en la economía popular (venta ambulante, changas, cartoneo, entre otros), el 9% de manera informal (para un patrón que no le realiza aportes ni le otorga cobertura médica), el 5% es cuentapropista (sin patrón, aportando al monotributo para jubilación y obra social) y solo el 2% de la población está inserto en la economía formal (para un patrón con aportes jubilatorios y obra social)”.

Del total de censados, hay un 56 por ciento que no cobra ningún tipo de pensión, asignación o subsidio. Y, a la hora de estar atravesados por algún problema puntual por el que necesitan ayuda, sólo 59 personas, el 11 por ciento del total, respondió recurrir a algún organismo del estado.

A la hora de hablar de adicciones, el 26 por ciento “manifiesta tener problemas de consumo. Pero en los varones el consumo se presenta en el 35% de quienes respondieron a esta pregunta, mientras que en las mujeres es sólo el 8%”.

El sufrimiento mental es indecible. Y no es mensurable en un censo en donde los propios padecientes son quienes relatan su dolor. Porque la calle es el lugar construido en las sociedades para transitar. Y la calle, el espacio urbano –al decir de Rossana Reguillo, “para unos será el espacio de ejercicio del poder y la dominación, mientras que para otros representa el instrumento de la opresión y la explotación”.

La calle es –para miles- el sitial del olvido, de la desmemoria, de la vida como una vidriera para la sociedad de los incluidos. El universo donde odios y amores se resumen en ese cuadrilátero que no tiene techos ni paredes. Que empuja a los pozos más oscuros e indecibles. Que arroja vidas a esquinas que no tienen retorno.

Como la vida de Prisila, que tenía 19 y que no se murió. Porque el sistema tiene la enorme y perversa capacidad de matar. A ella que, quién sabe cómo, terminó parando en una esquina de Lomas consumida por el paco. Y a quien organizaciones sociales del conurbano sur ayudaron hasta que pudo ser internada en un hospital durante seis meses pero los proveedores crueles de la muerte en cuotas se las arreglaron para sostenerle el goteo final. Y dentro del mismo hospital –se supo luego- un dealer le proveía de esas dosis que le seguían desmembrando el cuerpo y las ganas. Pero a nadie importó hasta que ese mismo dealer se metió con el bolsillo de algunos de los médicos y la cosa cambió. Aunque Prisila se murió –la mataron- el 29 de marzo del año pasado, tres semanas antes de cumplir años.

Hace demasiado tiempo que la calle es un territorio habitado por los sin techo. Los que deambulan en espacios en los que no hay baños, no hay puertas, no hay una heladera, no hay una luz que prender o apagar. Porque las luces son, cuando hay, las del alumbrado público. La heladera es la del frío del invierno. La calle es un territorio habitado por los nadies. Aquellos a los que no se debe mirar porque se los avergüenza, como decían los viejos en infancias en que la calle no era un lugar más que para el viejo de la bolsa, el viejo de los 7 trapos (como llamábamos a un hombre que deambulaba por mi barrio y del que se contaban historias excéntricas de una riqueza perdida). Aquellos a los que José Camilo Crotto, gobernador bonaerense de principios del siglo pasado les heredó el nombre cuando sancionó una ley que permitía a los peones rurales viajar gratis en los trenes.

Aquellos que –respondieron a los censistas- sienten que la calle dejará de ser su propia casa cuando “vuelva a vivir mi hija”, cuando tenga “una prótesis dental”, cuando se produzca un “milagro” o tal vez, nunca. En una cronicidad sin retorno. Entonces habrá que reescribir la historia. Para aprender a mirar la vida con otros ojos, con otras manos, con otros cuerpos. Porque, como decía Tejada, importan dos maneras de concebir el mundo. Una, salvarse solo, arrojar ciegamente a los demás de la balsa y la otra, un destino de salvarse con todos y de comprometer la vida hasta el último náufrago”.

Edición: 3912

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