Por Carlos del Frade

(APe).- -Estoy buscando dato por dato para reconstruir la historia de vida de cada una de las 22 personas que se suicidaron en estos años…soy directora de escuela jubilada y quiero aportar desde ese lugar. De la reconstrucción de esas vidas que ya no están – dice la esbelta señora de ojos claros en la reunión del miércoles 4 de septiembre de 2019 en el salón del concejo municipal de San Jorge, una localidad de casi 22 mil personas en el centro oeste santafesino, a ochenta kilómetros de la ciudad cordobesa de San Francisco.

Desde ese salón, las y los concejales declararon la emergencia social por suicidios adolescentes en los últimos tres años.

Sin datos precisos de la justicia provincial o La Santafesina SA, las cifras fluctúan como si se tratara de una estimación de cosas más o menos necesarias. Sin embargo se tratan de vidas adolescentes entre quince y veintiún años que decidieron terminar con el universo atándose una soga al cuello.

La declaración del Concejo Municipal de San Jorge es un desesperado grito de ayuda.

Desde hace años y de distintos ámbitos como la educación, el periodismo y la política se sugiere no hablar de los suicidios por el potencial efecto multiplicador. Las y los concejales de San Jorge decidieron hablar porque sienten que las respuestas hay que encontrarlas por afuera de los límites de una ciudad directamente relacionada con el modelo extractivista sojero.

La mayoría de las chicas y los chicos vivían en dos barrios muy humildes, San Martín y Guadalupe y ya desde el año pasado se hablaba del tema en los medios de comunicación de la provincia de Santa Fe, el segundo estado de la Argentina.

Pero poco y nada cambió.

En el hospital hay dos psicólogos y un psiquiatra cada tanto, mientras la circulación de drogas es cada vez mayor ante la mirada cómplice de los siempre presentes nichos corruptos de las fuerzas de seguridad.

Algunos de los pibes que decidieron terminar con su aventura cósmica muy antes de tiempo buscaban trabajar, vender bizcochos o lo que sea mientras no consumían. Pero la lógica del negocio es otra, los consumidores, más temprano que tarde, se vuelven consumidos.

Ese alto grado de consumo de la que hablaban madres, maestras y funcionarios tanto del ejecutivo local como del concejo, solamente es posible por esas sociedades mafiosas que se dan en toda la geografía santafesina y argentina.

En agosto de 2016, la intendencia de San Jorge le envió una de las tantas notas al ministerio de Seguridad de la provincia, diciéndole que el gobierno “debe dictar una nueva política en materia de seguridad, que se coherente, eficaz y sustentable en el tiempo, principalmente lo último, porque vemos que cada vez que sucede un hecho, el tiempo inmediato a este se logra una “sutil tranquilidad” pero con el devenir todo vuelve a ser peor a lo anterior…”, sostiene el fragmento de aquella carta.

Es valiosa esa afirmación: “sutil tranquilidad”. Tan sutil que no resuelve nada, tan sutil como el difuso cálculo de cuántos son, en realidad, las chicas y los chicos que se suicidaron en los últimos tres años en San Jorge.

Y para colmo de males, para exhibir las profundas distancias con las pibas y los pibes, lo primero que aflora es la defensa de cada sector de lo que hizo cada uno, como si eso resolviera la situación de cara al presente de angustia que hoy, definitivamente, está agobiando a muchas chicas y muchos chicos de San Jorge. Esas miserias políticas de defender “la ropa” de lo actuado no tiene nada que ver con abrazar a las y los adolescentes.

En medio de las transiciones políticas, la espera de las elecciones de octubre y la especulación de las veinte empresas que se hacen llamar “los mercados”, las chicas y los chicos de San Jorge desesperan por un abrazo de eso que todavía se llama “el estado”.

Una maestra, desesperada, habla de cuarenta chicas y chicos que ella intenta atender como puede y una mamá se acerca diciendo que está preocupada porque tiene hijas adolescentes.

El riesgo San Jorge no depende del FMI, depende de la decisión humana de poner lo mejor de los gobiernos para que las chicas y los chicos dejen de estar brutalmente desamparados.

Edición: 3941

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