Por Carlos Del Frade

(APe).- En días de cuarentenas, pandemia y aislamiento social, preventivo y obligatorio, el almanaque insiste en gritar la llegada del 24 de marzo y la necesidad de pensar qué cosas de aquel genocidio merecen estudiarse y debatirse en torno al presente tan particular que vive la Argentina y, en general, la cápsula espacial llamada planeta Tierra.

Uno de los hechos sobre los cuales todavía no hubo justicia ni verdad es con respecto al destino de las chicas y los chicos nacidos en cautiverio o secuestrados de sus familias.

Cuando la década del noventa daba su curva final, la entonces Directora de Asuntos Internos de la Policía de Santa Fe, la doctora Leyla Perazzo, quien estuvo a cargo de la policía de menores de Rosario durante los tiempos del terrorismo de estado, sostuvo que llegaron a alojar alrededor de 60 menores de edad como consecuencia de la desaparición de sus madres y padres.

Perazzo defendió a las celadoras de la policía de menores durante la dictadura porque “hicieron un trabajo como seres humanos más allá del oficial, asumieron roles...”.

“Yo estuve en la peor época... dos o tres años. En general las chicas (por las celadoras) salían a pedir ropa para los pibes. Los llevaban al médico. Hasta una persona como Feced (jefe de la policía rosarina durante la dictadura y trístemente célebre por su ferocidad y perversión), en una cuestión como la de los chicos, no se metió, dejó que los resolviera la justicia”, indicó.

La policía “recibía un chico del comando y lo anotaba. Ese era un aspecto. Después estaban los grupos de tareas”, diferenció la abogada.

“Llegamos a tener como sesenta, me acuerdo”, confesó la funcionaria.

La pregunta que nos hicimos en el año 2000 cuando publicamos el libro “El Rosario de Galtieri y de Feced”, todavía sigue sin respuesta: ¿quiénes eran esos sesenta chicos que ingresaron en la policía de menores de Rosario durante la dictadura?

Cuarenta y cuatro años atrás, aquellas pibas y pibes revolucionarios se convirtieron en madres y padres combativos.

Uno de los imprescindibles recuerdos para estos días quizás sea la historia de Marta y Alejandra.

Marta Bertolino ya sabía que su compañero Oscar Mansur había muerto en la tortura en el Servicio de Informaciones, en la esquina de Moreno y San Lorenzo, donde funcionaba la Jefatura de Policía de Rosario.

Era septiembre de 1976.

La noche carnívora, el estado terrorista ya tenía, oficialmente, seis meses de vigencia o iba camino a cumplirlos.

Marta fue llevada a parir al segundo piso de la Maternidad Martin, en Moreno y Rioja, cerca del Auschwitz rosarino.

La esposaron a la camilla y la vigilaban, desde afuera, hombres armados con fusiles y pistolas.

La historia de Marta es una gran gambeta del amor al odio, de la memoria al olvido, de la porfiada insistencia de la vida a la muerte impuesta por decreto.

Dijo Marta y es maravilloso que su testimonio haya quedado registrado para este año 44 después del golpe genocida en días de coronavirus.

Dijo Marta: “Yo estaba en una habitación de la Maternidad Martin, creo que en el segundo piso. Esposada a una cama, el único movimiento que podía hacer era mover la cabeza. A dos metros dormía en una cuna, arrimada contra la pared de enfrente, una beba recién nacida, dormía agotadísima, era mi hija...

“Yo no podía tocarla. Menos aún podía amamantarla. Tampoco me habían dejado darle un nombre. Recuerdo que habían cerrado la puerta de la habitación. Estaba celosamente custodiada por fuera por varios hombres armados. La única ventana había sido clausurada por un candado.

“De repente una oblicua luminosa viene y se instala ahí. Sólida, finita,increíble, delante de mis ojos... Recuerdo que me hizo reir la ocurrencia del sol, su desparpajo, su modo silencioso de colarse. El gesto fulgurante de ese instante ganado a las tinieblas. Eso es lo que retuve de esos momentos.

“Años después tematicé esto escrito con aspirinas a falta de tizas en un calabozo de Villa Devoto, sobre una de las paredes de ese encierro.

“Poca cosa había en el cuarto, apenas una cama, vos dormida y yo mirándote en silencio. Nadie ahí para contarle que existías y existías en un buitre acechándote furioso, en un aletear de pájaro, en una bata. Nadie para contárselo. De un domingo extrañamente ajeno transcurría la tarde y aquel rayo de luz abrió un atajo por donde se coló la risa”, contó Marta, psicóloga, docente, militante y poeta.

Su hija Alejandra estudió música, canta, sueña y pelea contra todas las formas de desprecio.

Estas historias, 44 años después del golpe, forman parte de otro tipo de consagración de la salud colectiva porque tienen como principales insumos la dignidad, la memoria, la alegría y el amor.

Fuente: Entrevistas del autor. “El Rosario de Galtieri y de Feced”, Rosario, año 2000, también del autor de esta nota.

Edición: 3964

 

 

 

 

 

 

 

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