Por Alfredo Grande
  (APe).- En alguno de mis momentos de extravío mental, dije o escribí, lo que es peor, que el cáncer de Evita fue Perón. Lo mismo que te da la vida, te regala una muerte monstruosa. La palabra “cáncer” fue tabú mucho tiempo. “Penosa enfermedad”, “terminal padecimiento”. Como médico puedo dar testimonio de los eufemismos utilizados para no decir la palabra maldita. La palabra que evoca lo siniestro es tan horrorosa como lo siniestro.

Los sectores más reaccionarios en una alquimia malévola, glorificaron el cáncer que puso punto seguido a la abanderada de los humildes. “Cáncer” está asociado con lo irreparable, lo que no tiene vuelta atrás, lo que acelera cruelmente el desenlace de una obra que debería tener muchas más escenas.

“Cáncer y muerte” es una siniestra pareja que aun en estos tiempos, sigue mortificando la mente de los vivos. Mercedes Mechi Mendez con ternura y talento nos comparte cómo se enfrentan los adioses que no deberían estar.

“Aproximadamente dos meses de asistencia, seis años, hijo único, un tumor óseo que lo invadió sin piedad y en seis meses, primero se llevó uno de sus brazos y rápidamente todo lo demás”.

Me permito forzar una metáfora, por la sencilla razón de que la racionalidad sentida, que describiera el filósofo León Rozitchner, no pocas veces le gana la pulseada a la racionalidad sabida. “Convénceme sin palabras, las palabras no me convencen más” escribió Antonio Porchia en sus inolvidables “Voces”.

Escribir obliga a usar palabras, pero una colectora de las palabras es la metáfora. Donde cada palabra siempre alude a otra palabra, donde cada idea lleva a otra idea, donde cada concepto se prolonga a un infinito de significados.

Niños y niñas que son cruelmente empobrecidos hasta superar los porcentajes de la población general. Niños y niñas que quedarán varados en la isla desierta de la educación primaria y secundaria. Niñas y niños que son la carne de cañón de la cultura represora que venera el lucro y desprecia el trabajo.

Niñas y niños que padecen el cáncer político, económico, cultural de los des gobiernos palaciegos que siempre, siempre, siempre, matan con la derecha, aunque empiecen acariciando con la izquierda.

A las decenas de miles de niñas y niños que padecen, aunque no lo sepan, pero me martiriza pensar que, si lo saben, una forma de cáncer crónico que con cinismo algunos llaman pobreza estructural. Los y las que publicitan los cambios y mejoras que nunca llegarán, son el cáncer político que habrá que extirpar antes que los dioses del mercado los devoren. Porque los devoran desde afuera, pero hace décadas que los devoran también desde adentro. Y a diferencia del mito de Cronos que devoraba a sus hijos (otra metáfora necesaria) hoy la Madre Tierra ya no puede protegerlos.

Edición: 4154

 

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