Por Alfredo Grande

(APe).- Los días de… lo que sea, siempre me han traído contradicciones. Mejor dicho: ha puesto en la superficie contradicciones insalvables. El día de lo que sea es un fetiche. Y un fetiche es la parte por el todo. El día de lo que sea es un manto de neblina que niega el resto de los días. Y garantiza una idealización que es lo contrario a sostener ideales.

El 25 de mayo ha quedado a mi criterio como un arcaísmo. Entiendo que, para las derechas, desde las eróticas hasta las pornográficas, la fecha permite reforzar toda subordinación ante lo que la patria demanda. Defender a la patria, aunque sabemos que hay patriadas y patriadas. Desde algunas patrias se masacra a otras patrias. Y no pocas veces, en realidad, muchas veces, desde la Patria se arrasa con las plurinacionalidades. Pero no hay nada peor que pegarle a una madre, según decían nuestros abuelos, no hay nada peor que traicionar a la patria. Julián Assange es un traidor y merece tortura y pena de muerte. La patria no cree en lágrimas. Los que traicionan a la patria hacen buches con la palabra soberanía. Aunque no dudo que son, al decir de Mario Benedetti, soberana porquería.

La patria de la niñez es el abrigo, la ternura, la comida, la salud, la alegría, el aprendizaje, el cuidado. Con hambre y con miedo no hay patria. Con enfermedad, con frío que hiela, con calor que abrasa, sin agua que calme, sin frazada que abrigue, no hay patria. Habrá pedazos de suelo y retazos de cielo. Pero no hay patria.

Y cada 25 de mayo el ritual del locro, de la juntada de amigos y amigas, de los homenajes a una revolución que terminó congelada, deviene burla y escarnio para la niñez de los naides. Otras niñeces disfrutarán de la play station 5 y de la alucinación de que la clase obrera llegue al paraíso. Pero el único paraíso en la tierra es el paraíso fiscal. El infierno es un basural donde niñas y niños comen lo que otros y otras escupen. Y aunque fuera que a esta hora exactamente hay un niño en la calle, sería un infierno.

El gran Armando Tejada Gómez lo marcó a fuego. Ahora la niñez encuentra en la calle algún refugio. Pero la calle no es la patria. La calle es la pasta base del boom inmobiliario. Sin casa no hay patria. Los despatriados ni siquiera tienen su día. Lo que tienen es una noche eterna donde no hay sueños y sólo hay pesadillas. A falta de patria, al menos tendrán un rap. En el mejor de los casos. Que los niños y niñas tengan patria nada tiene que ver con un privilegio. Y tampoco tiene que ver con un derecho. Tiene que ver con la profunda convicción de que la niñez no tiene patria hasta que la patria sea la niñez sin hambre. Hasta que la niñez tenga presente y tenga futuro. Hasta que la niñez tenga un pasado que no la condene.

Pintura: La gallina ciega, Antonio Berni

Edición: 4120

 

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