Por Alfredo Grande
(APe).- Una de las verdades peronistas es: “en la Argentina los únicos privilegiados son los niños”. Aunque su verificación es problemática, no deja de ser una loable inspiración. En un encuentro organizado por el Centro Ulloa en la ciudad de Mendoza, o sea, presencial, un panelista acotó que durante la pandemia él fue un privilegiado porque siguió recibiendo el sueldo. Los molinos de mis pensamientos empezaron a girar. La cultura represora ha ganado otra batalla. El significado de “privilegios y derechos” se ha fusionado. La racionalidad invertida que la cultura represora impone, o sea, propone con el taladro de la publicidad y de las diferentes formas de catequesis laica, es que si podés ejercer un derecho sos un privilegiado. Y cuando usufructuás privilegios, estás en tu derecho.

Detengamos los molinos.

Significados fusionados es sinónimo de cambalache. Sólo que en la actualidad de la cultura represora no hay sabiondos y hay demasiados suicidas, y faltan sabios pero sobran homicidas y femicidas.

Hoy las páginas se llenan con proclamas contra la guerra. La primera víctima es la verdad. La segunda víctima es otra verdad. Porque como escribió Antonio Porchia en su libro Voces: tenemos un mundo para cada uno pero no tenemos un mundo para todos. Y mucho menos una verdad para todos. Y todas.

Hace décadas escuchaba hasta el hartazgo que la guerra era algo muy malo, y que la paz era algo muy bueno. En la versión nacional, aunque no necesariamente popular, la dictadura cívico militar fue algo malísimo. Y la democracia algo muy bueno. Re bueno… ¿viste? El ser de la dictadura es malo. En total acuerdo. El ser de la democracia es bueno. En total desacuerdo. Hay una coartada: esto no es democracia. El marido cornudo que dice: no es infidelidad, es zapping vincular.

Más de la mitad de las niñas y niños nacidos post dictadura hoy son asesinados con un arma de destrucción masiva: las necesidad básicas muy pero muy, pero muy muy muy, insatisfechas. Aunque en rigor de alguna verdad que no se vista de cinismo, no es mera “insatisfacción”. Es la ausencia total de la satisfacción necesaria. Vital. Máxima.Fija.

La paz de la democracia debería haber asegurado, después de más de cuatro décadas, un máximo vital inmóvil para que las batallas perdidas para comer, educarse, alegrarse, jugar, crecer y madurar en creatividad alejen el horizonte de lo posible.

Los partidos políticos fracasan, y en ese fracaso llaman a los espectros de las noches de terror y niebla. Quizá me equivoque pero tantas veces me equivoqué y acá estoy, solo y escribiendo, que les permito a mis molinos unas vueltas más.

La paz fue un invento del imperio romano para impedir la rebeldía de los sometidos y esclavizados. Es la paz romana posterior a la invasión, a las masacres, a los asesinatos. Jesús de Nazareth y Espartaco plantearon estrategias diferentes para enfrentar esa paz falsa de toda falsedad. Hoy las víctimas de la paz claman por mucho más que repudiar el genocidio.

No hubo en estas tierras revolución permanente, ni tampoco revolución por etapas. Pero sigue habiendo genocidio permanente y genocidio por etapas.

Y entonces el “nunca más” tendrá el destino de un mantra tranquilizador. Pero que no tendrá ninguna verdad revolucionaria y redentora. Y soy también responsable de esta demoledora verdad.

Edición: 4084

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