Por Alfredo Grande

(APe).- He llegado a la conclusión, después de décadas de experiencias diversas, que las malas ideas ejercen una formidable atracción. Funcionan como un agujero negro mental, con un enorme poder de atracción que captura toda la energía de lo que habitualmente llamamos “juicio de realidad”. Tener una mala idea es garantía absoluta de que más tarde o más temprano, la llevaremos a la práctica.

En una red social reconocí a un compañero de la escuela primaria. Vagamente recordaba que no había terminado el sexto grado. En una escuela que en esos tiempos era sólo de varones, nadie pasaba desapercibido. Con sorpresa contestó mi mensaje en forma inmediata. La primer mala idea fue aceptar un encuentro de lo que ahora se denomina “presencial”.

Una flecha del tiempo que se dispara en el año 1961 y que impacta en el 2021, es altamente probable que no dé en el blanco.

Lo comprobé cuando luego de los saludos de la familiaridad forzada, el silencio fue el invitado que nadie esperaba. Seguramente había anécdotas para recordar. Pero no había voluntad de recordarlas. De pronto escuché quizá desde un aula perdida de una escuela pública, una frase apenas audible: “eso nadie lo dice”.

Con la intención de animar un poco el alicaído diálogo, pregunté. Y esa fue la segunda mala idea. - ¿A qué te referís? Me observó sin mirarme. –“Estamos hace 20 minutos. Contadme que pasó en estos 20 minutos”. Sin filtro contesté. –Nada. –Exacto! –exclamó con aire triunfal. –“No pasó nada. En el bar, todos con barbijos”. “-Todes, corregí con una sonrisa tímida. Me miró con el mismo desprecio que un rottweiler puede mirar a un Pomerania.

–Sentados distancia óptima. En la calle hay gente que camina sin inconvenientes. Una mujer policía está ayudando a cruzar a un disca. El tránsito perfectamente ordenado en carriles. Los semáforos sincronizados. Me miró inquisitivamente. -¿Miento? –Por supuesto que no, contesté con firmeza. Me miró de reojo. –Eso nadie lo dice. Creí no entender. Y tratar de entender fue otra mala idea.

–¿Qué cosa no dice? Mi compañero de la primaria respiró. Con cierto aire didáctico, al estilo libro gordo de Petete deteriorado, empezó a explicarme, mientras pedía otro café. –Hace 20 minutos que no pasa nada. Nada malo. Pero eso nadie lo dice. Un choque, una salidera, un policía zamarreando a un negrito chorro, calles cortadas por delincuentes del tránsito, eso es tema para toda la prensa carroñera. –Vos sabes todo lo que anda bien. Muy bien. Vamos a honrar la deuda. Tolerancia cero para las ocupaciones ilegales de tierras. Levantó un poco la voz. –La propiedad privada es sagrada. Y constitucional. Ya era tarde para levantarme, pero de a poco recordé con quien estaba en ese momento. Recordé escenas de peleas salvajes entre nosotros, supongo como una forma de aliviar la insoportable tensión sexual. El rottweiler peleaba muy sucio y luego salía a delatar con el maestro a los supuestos alborotadores.

–Un policía balea a un desaforado drogadicto con un facón en la mano. Y la culpa es del policía. ¿Sabés la cantidad de policías que nunca le pegaron a nadie? Eso nadie lo dice. Estamos en plena pandemia. Sin embargo, lo importante son las visitas a la quinta de Olivos. ¿Y todos los que nunca fueron no cuentan? Eso nadie lo dice. - Por primera vez lo miré a los ojos. –Y vos lo decís. –Siempre lo digo. Vos le Tenés miedo a unos pibes que te quieren vender pañuelos cuando los autos paran en un semáforo. Y algunos conductores le dan algunas monedas. Eso nadie lo dice. - Y agregó triunfal. –Hay muchos más chicos que comen que chicos que tienen hambre. Pero hablar del hambre te da chapa. Eso nadie lo dice. Tardé unos minutos en darme cuenta que le había clavado la cucharita en la mano.
La sorpresa pudo más que el dolor. El rottweiler apenas reaccionó. Mientras me levantaba murmuré: - ¿Sabés la cantidad de personas que no le clavaron una cucharita en la mano a un imbécil como vos? Eso tampoco nadie lo dice.

Edición: 4366

 

 

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