Por Alfredo Grande

(APe).- Uno de los mejores amigos que tengo y, por esas cosas del destino tengo muchos, me dijo: “¡por favor, terminala con el ultrismo!”. Reflexionando el pedido, llegué a la conclusión preliminar de que estaba siendo clasificado como “ultra”. Y que el “ultrismo” es el padecer esperable de los “ultras”.

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Por Claudia Rafael

(APe).- Entre las bocas de fuego de la imagen hubo una mujer. Un ser humano. Y fue la vida misma apagándose entre las llamas en lo que fue su casa: tenía la escritura provisoria (hasta que los desalojadores compulsivos dijeran lo contrario) de un trozo de vereda con la autopista como techo. Alguien o algunos –la verdad nunca hace luz sobre los márgenes- la roció seguramente con algún líquido y la hizo arder. No hay identidad, no hay nombre y cuando lo hay nadie tiene la certeza de su verosimilitud. Después de todo, cuenta a APe Barby Alegre, de la organización Sopa de Letras, “hay quienes olvidan sus nombres después de hacerse de llamar de otra manera durante años. Y también hay quienes prefieren elegir el propio".

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Por Facundo Barrionuevo

(APe).- En Mar del Plata, empezaron los fríos húmedos, esos que calan los huesos. Eran las diez de la mañana del jueves 2 de julio. Uno de esos días que quedan entre los paréntesis climáticos que forman los temporales de lluvias finas. Los barrios de las afueras del ejido urbanizado crecen sin parar por fenómenos sociológicos diversos. Con calles difíciles de transitar, poquísimas luminarias, con bajas frecuencias de transporte público, microbasurales y con ausencia de instituciones educativas y de salud. “La causa quedó a cargo de la Fiscalía de Delitos culposos”, así concluyen los medios y portales marplatenses, en varias notas periodísticas en los últimos días. La referencia es sobre el incendio de una vivienda en el Barrio San Jorge, donde las llamas y el humo se llevaron la vida de un niño de 2 años.

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Por Carlos del Frade

(APe).- Todavía andan las moneditas de cincuenta centavos entre las manos argentinas. Del otro lado del número, la “casita” de Tucumán. Y hoy, 204 años más tarde, nos siguen rondando las mismas encrucijadas. Y la misma pelea de fondo por nuestros sueños para no terminar sufriendo las mismas pesadillas que otros –extranjeros o autóctonos- nos quieren imponer.

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Por Alfredo Grande

Dedicado a Alberto Santillán.

(APe).- Arthur Miller escribió Todos eran mis hijos después del fracaso de su primera obra de teatro. La obra se basa en una historia real, que la entonces suegra de Arthur Miller había reseñado en un periódico de New York, sobre una mujer que denunció a su padre por haber vendido piezas defectuosas al ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. La muerte nada accidental de varios soldados, descubiertas años después, precipita el suicidio del protagonista. La culpabilidad no pudo ser negada, reprimida, escondida, encubierta. La metáfora de la obra de Miller es potente. El que a hierro mata, a hierro muere.

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