Por Claudia Rafael

(APe).- Cuando en Trelew una nena de once años llegó a la escuela con golosinas y budines para compartir y se los rechazaron otras niñas y niños como ella por la sencilla razón de que sus padres son chinos, se mostraban los efectos de la inoculación de un virus mucho más peligroso y destructor que el corona virus. El origen migrante del sudeste asiático de los padres de la niña los transformaba en portadores y vehículo de contagio.

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Por Carlos del Frade

(APe).- Hace negocio aquella persona que alquila un arma.

Hace negocio aquella persona que vende un arma.

Hace negocio aquella persona que alquila una bala.

Hace negocio aquella persona que vende una bala.

La muerte desbocada es un fenomenal negocio desbocado.

De arriba hacia abajo.

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Por Ignacio Pizzo (*)

(APe).- Las 10 plagas, fenómenos esparcidos por fuerzas sobrenaturales, azotarían a Egipto. Anuncios hechos por Moisés y Aarón al Faraón. En el Antiguo Testamento y la Torá, se relata que Dios envió calamidades a los egipcios para que el monarca liberara a un pueblo oprimido. La narración aparece en el segundo libro del Pentateuco, el Éxodo. Al parecer el pecado del opresor se paga con pestes. En el comienzo de la segunda década del segundo milenio, la enfermedad se factura por medios de comunicación comerciales y se venden barbijos para cuidarnos de nuestros congéneres. Es Coronavirus en 2020, fue Gripe A H1N1 en 2009. La prensa invita a salvarnos.

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Por Alfredo Grande

(APe).- En 1989 se estrena “La Sociedad de los poetas muertos”. Cuando los alumnos esperan la presentación del nuevo profesor, John Keating, éste les pide que salgan del salón y en el pasillo les señala un poema que Walt Whitman le dedicó al presidente Abraham Lincoln: Oh capitán, mi capitán. De repente, les señala una orla de la primera generación de estudiantes del colegio y les dice que ellos no entendieron el concepto del carpe diem y que ahora, desde el más allá, piden a los nuevos estudiantes que no pierdan lo que no podrán volver a recuperar: el tiempo.

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Por Carlos Del Frade

(APe).- Tres mil años atrás, cuando la geografía de estas pampas y barrancas todavía no había sido ni siquiera albergue de sueños y pesadillas, cuando los soles no proyectaban sombra humana alguna, llegaron los descendientes de los guaraníes buscando la tierra sin mal, enamorados del mensaje que el agua marrón del Paraná parecía repetirles desde las entrañas verdes de la mismísima selva del Amazonas. Tres mil años después, en esos mismos parajes cósmicos donde hoy se levanta Rosario, el río, cada tanto, devuelve el cuerpo de un pibe joven que no debió morir tan antes de tiempo, prueba despiadada de una violencia que hace rato no se baja de la vida cotidiana de las grandes mayorías que pueblan estos sitios y que apuestan, tozudamente, a una realidad mejor donde sean más repetidos los sueños que las pesadillas.

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