Por Silvana Melo
(APe).- El individualismo a ultranza, la alimentación ultraproteica del gendarme que opera en cada sujeto social, la salvación personal a costa del naufragio del resto, el asomo de lo peor de todos, como asoman las hormigas cuando huelen la lluvia. Con esas maletas llegó el virus, una probable arma bacteriológica que el capitalismo utiliza para la limpieza de frágiles. A los niños los matan de hambre, de venenos, de gatillo fácil y de paco. A los viejos los dejan morir en el primer mundo sin atenderlos: el virus los arrasa y no vale la pena gastar. Es la clase dominante la que tiene la manija de la supervivencia. La que compra a rabiar, la que viaja, trae el virus y no se pone en cuarentena, total el problema es para los demás. El virus desnuda el capitalismo en su peor revés. En el dorso más cruel. En la nuca de un sistema que suele mostrar el rostro de emoji sonriente para conceder eso del capitalismo de rostro humano. Pero cuando se da vuelta está el leviatán. Y están los dueños del mundo colocando y sacando a gusto y placer para que los desgraciados sean más desgraciados y los propietarios del privilegio lo escrituren para siempre.

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Textos y fotos: Claudia Rafael
(APe).- El alimento gritó en la plaza más simbólica de la historia argentina por su propia libertad. Y viajó, soberanamente, de las manos ajadas de trabajadoras y trabajadores de la tierra a las manos, marcadas por otras historias, de mujeres y hombres que pudieron llevarlas a sus propias mesas. El color y la textura firmes de verduras frescas, recién cosechadas, limpias de venenos, salían de los cajones de madera de las manos productoras a las bolsas de quienes luego las llevarían a la boca. Lechugas regordetas, tan a contramano de aquellas otras que las verdulerías ofrecen a 150 pesos. Acelgas erguidas y berenjenas lustrosas. Ajenas todas a los largos recorridos geográficos de hortalizas y verduras envenenadas en un 60 por ciento por un amplio abanico de ecocidas, que se redistribuyen a través de mercados centrales. En el verdurazo de la UTT (Unión de Trabajadores de la Tierra) los zapallitos eran zapallitos y los tomates, tomates. No esos productos plastificados, faltos de sabor y de olor.

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Por Carlos Del Frade

(APe).- Mientras las jugadas de Vicentín y la fundación Messi abruman por sus millones de pesos y la delicada forma que son tratados sus casos en los grandes medios de comunicación regionales y nacionales, hay pibas y pibes que en las entrañas de las calles santafesinas ya no tienen posibilidad de recibir el abrazo de un plan social llamado “Nueva Oportunidad”. Chicas y chicos que, entonces, necesitan hacer otras cosas. Salir a soldadear, por ejemplo.

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Por Silvana Melo

(APe).- Los lobos están sueltos, soplan las casas de naipes casino, nos dejan desnudas a la buena de dios y a la mala de sus ministros. Hermanitas queridas, hijas, chiquitas, mujeres mínimas, pequeñas, semillas, no salgan. Los leviatanes están en la calle pero también están en casa y parecen nuestros y buenos y dicen que nos quieren y convidan con paseos y caramelos y hablan de amor y mienten vida en la boca cuando traen muerte en las manos para tu cuello, para tu mañana increíble de tanta hamaca todavía, de tanta libertad cosida con aguja que pincha, de tanta vida que lleva por delante y hay que sobrevivir aunque estén las manos del leviatán de repente que te jura amor y después la bolsa hermanita

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Por Alfredo Grande

(APe).- El fundante represor de la cultura no siempre aparece en la superficie. Pero tampoco está siempre oculto. Si recorremos esa superficie, como propone Gregorio Baremblitt, podremos observarla del derecho y del revés. Observarla, sentirla, olerla, padecerla, esquivarla, chocarla, y puedo asegurar que ni siquiera nos permitirá descansar en paz.

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