Por Claudia Rafael

(APe).- Abajo del puente de la autopista 25 de Mayo una nena salta entre los yuyos y se esconde de su hermanito detrás de un neumático viejo. A 400 kilómetros, a metros del mar y las arenas del Atlántico, los equipos técnicos de los ministerios de Salud de los países que participarán de la cumbre del G20 en Buenos Aires dicen que piensan en ella. Discuten cómo incluir en la agenda del debate temas que ubican como prioritarios: la malnutrición, orientada a la obesidad y al sobrepeso; la famosa RAM (resistencia antimicrobiana) –por la que seguramente Patricia Bullrich estará más que nerviosa-; la cobertura universal de salud y la prevención de pandemias y desastres naturales.

Formulismos técnicos y discursos formales muestran preocupación por problemas que los mismos países que integran el G20 generan a diario con políticas neoliberales y un modelo extractivista culpables de provocar epidemias y hambre. El documento de los equipos técnicos sanitarios asegura, desde la hace demasiado tiempo no feliz ciudad balnearia, que los sistemas de salud en el mundo están cada vez más presionados por las complicaciones en el control de infecciones; por las enfermedades derivadas de la obesidad, provocada por la malnutrición y que una de las claves está en implementar coberturas universales de salud que garanticen equidad y prevención.

Hace ya 41 años que la Organización Mundial de la Salud proclamó al mundo que el año 2000 iba a ser sinónimo de “Salud para Todos”. Dieciocho años más tarde, la marginalidad, las epidemias, la desnutrición, el abandono y un modelo perverso de producción y destrucción no sólo no previene enfermedades y muertes evitables sino que las multiplica. El capitalismo es un productor infalible de nuevos males.

Un Mauricio Macri que jugará a ser presidente de la cumbre que sólo acarreará más peligros para el país, aseguró que quiere “aprovechar el gran potencial económico de Latinoamérica y el Caribe para avanzar hacia la erradicación de la pobreza”. Mientras en su territorio de poder se disparan la desocupación, el hambre y la miseria.

La condición humana sobrevive a duras penas entre contaminación, hambre, muerte temprana, enfermedades que se multiplican como hongos a la vez que se profundiza la destrucción voraz a través de la acumulación del capital.

El documento de los equipos técnicos de salud plantea que uno de los problemas de fondo está puesto en las dificultades para la creación de nuevos fármacos y la resistencia a los microbios cuando hay una realidad más que clara y certezas indubitables: las ganancias de las industrias farmacéuticas en el mundo superan las del mercado de armas y de las telecomunicaciones. Constituyen oligopolios con la capacidad de influir económica y políticamente en el mundo con poder para bajar gobiernos cuando lo conciben necesario.

Pero no existen fármacos capaces de suplir una sociabilidad en crisis. Los técnicos y los gobiernos centrales (las multinacionales farmacológicas están concentradas entre Unión Europea, Estados Unidos y Japón) proponen en el documento gestado en Mar del Plata “frenar las epidemias” y promover “una alimentación saludable” cuando cargan sobre sus espaldas con las mayores responsabilidades en la expansión de un modelo perverso.

Los monocultivos, los bosques arrasados, las pestes destinadas a multiplicar ganancias, los desarreglos biológicos van promoviendo una temperatura ambiental capaz de favorecer las grandes plagas que los técnicos del G20 dicen querer combatir. “No hay política sanitaria si no hay política social”, decía el sanitarista argentino Ramón Carrillo. El mismo que escribía que “frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”.

Más cerca de la nena que juega debajo del puente, el ministerio de Seguridad liderado por Patricia Bullrich firmó compras para el combate contra los cuerpos listos para el grito y el reclamo. Cinco tanquetas blindadas, con una torre para el lanzamiento de gases listas para desplazarse como peces en el agua por las zonas urbanas.

El gobierno nacional invirtió hasta ahora unos tres mil millones de pesos más la compra de 12 aeronaves Texas II por U$S 160,4 millones; cinco aviones de combate SuperEtendard, 12,5 millones de euros y cuatro lanchas artilladas de origen israelí por U$S 49 millones.

Ninguna de estas lanchas, tanquetas o aeronaves está destinada a combatir el RAM del que hablaron los equipos técnicos de los ministerios de salud reunidos en la ciudad balnearia. Sino a otras siglas, otros cuerpos, otros males hijas e hijos de la inequidad.

Casi el 64 % de los pobres indigentes (34,3%) y pobres no indigentes (29,6%) –según el Observatorio de la Deuda Social de la UCA- padece algún malestar psicológico: síntomas de ansiedad y depresión con un riesgo moderado. El 22,8 % de pobres y pobres indigentes siente “infelicidad”, ligada al espacio de supervivencia.

Al 40,2% de niños de 0 a 12 jamás le leyeron un libro; el 22 % comparte un colchón y el 17 % nunca festejó su cumpleaños.

Hay una criminalidad responsable de cada una de estas realidades. Que se profundiza con pasos de gigante cuando los crueles se juntan a mover sus perversas piezas de ajedrez. Proclaman nuevos modos de producción, con promoción de las economías locales mientras obscenamente hunden más integrantes a los ejércitos de los olvidados. Y juegan –como jugaron ayer- a hacer simulacros de combate a las crisis sanitarias en un país en el que se degradó al ministerio de Salud cuando lo que en verdad combaten es a las piezas del descarte, que no son otra cosa que las víctimas de una economía destinada a la infelicidad y a la vida en las sombras.

Edición: 3719

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