Por Silvana Melo

(APe).- En los dedos el olor de la ruda. Y la grapa corriendo como una serpiente, picando el frío. Santiago es la Pacha. De ella vino, por ella vivió, por la Mapu, cosiéndose la barba con agujas de amanecer, rodeando en abrazo la tierra, la tierra saqueada, la tierra enajenada, la tierra que se llevan en los bolsillos y en las cuentas de los bancos y en los armas de los gendarmes. De ella vino y por ella vivió. El hombre libre ahogado por la mano del estado en el río más frío, encerrado en los calabozos de una tierra esclava, con los treinta kilos de ropa mojada que se lo llevaron al fondo, puesto a contracorriente por quién sabe qué embustes milagreros.

Un día así de hace un año, con los dedos oliendo a ruda, con la garganta ardiente de la grapa que le dio la Pacha para resistir agosto, Santiago dejó de aparecer. Libre y libertario, abrazando la tierra como con mil brazos, colgándole una trenza al destino y una pulsera roja a esa fatalidad que lo perseguía a tiros, a romper todo, a machete, a basta.

Santiago corrió y murió en un tiempo ajeno del que aún no sabemos nada, en una tierra enajenada en las manos de los propietarios de los huesos, los que escrituran la vida de los otros y determinan cuándo comienza y cuándo acaba. Hermanado en un pueblo negado, demonizado, preexistente a todos los leviatanes del sistema. Santiago murió y se encendió el fuego del odio menos pensado. Del odio inexplicable. Del odio que lo negó diez veces, que le arrancó los ojos de las paredes, que lo mintió armado, que lo confeccionó terrorista para que los lobos babearan pidiendo penas y muertes.

Santiago murió y no se sabe por qué ni cuándo ni cómo ni dónde. Y la justicia paria se arrastra por las periferias de esta vida, sin saber qué responder cuando los miles la siguen gritando.

Edición: 3670

 

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