Por Silvana Melo
   

(APe).- Las victorias suelen cimentarse sobre la tragedia. Y la verdad se oficializa en leyes y se legitima en las calles a partir de la muerte. Demasiadas veces fueron niñas y niños los que asumieron el sacrificio. Y parieron leyes con su nombre. La muerte de Justina y la marca a fuego de Brisa gestaron dos derechos incontestables. Pero ciertas hectáreas de la naturaleza humana suelen renegar de la empatía con el dolor.

El planteo militante de negarse a la donación de órganos como si la letra legal dispusiera una carnicería en cualquier esquina, impone la infamia más pura ante cualquier argumento científico o de rodaje medianamente sensible.

La resistencia a la reparación económica de los niños huérfanos del femicidio suele tener fundamentos que cuestionan la elección de las mujeres asesinadas. Y la supuesta financiación del resultado de parejas erróneas por parte del estado. Que asumen los mismos contribuyentes a los que se obliga, vivos, a inmolar sus órganos en la feria.

Brisa tenía dos años cuando su madre murió víctima del femicida que también era su padre. Brisa es brutalmente huérfana. Hija de aquel padre que primero asesinó a su madre y luego denunció que se había fugado con un amante. Hija de una madre martirizada y de un padre femicida. Brisa es uno de los 3300 niños huérfanos de los últimos nueve años. Mutilados de padre y madre. Con un porvenir marcado por la tragedia de la dominación, por el ejercicio de la apropiación hasta la misma sangre, por la imposibilidad de destejer el amor y el desamor. Y que aparezcan parte de la misma herida.

El rechazo a la ley que dispone que un cuerpo baldío y apagado puede distribuir sus órganos y volver a vivir en otros, convierte el sortilegio de un hecho científico en un patrón de la ruindad. En un flaco paradigma de la condición humana.

Justina tenía doce años y murió en la lista de espera del Incucai. Antes de que un corazón volara desde un cuerpo baldío hacia el suyo, vivo y en agonía desesperada. En el transcurso de su padecimiento murieron centenares. Miles. De accidentes, de enfermedades, de vejez, de juventud, de violencia, de injusticia. Pero ningún corazón voló hacia ella.

La ley que determina que todo aquel que no aclaró lo contrario en vida es donante en la muerte, fue escrita por el cuerpo de Justina. Una piba hermosa que les pidió a sus padres que lucharan por otros como ella. Para que hubiera corazones que volaran y, como pájaros, anidaran en otros pechos vacíos. Para que la muerte fuera menos muerte, para poder vencerla más, mucho más que ahora.

A pesar de los ejércitos que vomitan sentencias en las redes sociales y en las esquinas del mundo. Esos mismos que defienden vaya a saber qué vidas. Mientras los niños tienen que perseguir un futuro anémico para ser visibles. O morirse para ofrendar una ley con su nombre.

Edición: 3654

 

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