Por Bernardo Penoucos

(APe).- Son las 5 de la tarde y es invierno. La niebla húmeda baja lenta en la Unidad Penitenciaria N° 2 de Sierra Chica. La noche llega rápido en los días de invierno y a las 5 de la tarde el alba y la oscuridad negocian la tardecita y luego la noche, siempre la noche. Hace frío y los detenidos lo saben. Caminan a paso lento y envueltos en camperas y bufandas y gorros de lana. Hace frío, el cielo sigue encapotado y además hay hambre y hay historias que circulan y que laten en el encierro.

La cárcel de Sierra Chica es vieja, casi la más vieja del país, sus muros son de piedra y los pabellones despiden un fétido resoplido, esa mezcla de cuerpos encerrados, pisos inundados y tristeza que, todo a la vez, resultaría casi insoportable para cualquier mortal. Los detenidos cumplen condena, aunque en su gran porcentaje todavía sigan procesados y no sepan, realmente, si serán culpables o inocentes. El sistema, por si acaso, los esconde en el encierro en su lenta justicia que cual serpiente y como cita Galeano, sólo muerde a los descalzos.

Los jóvenes son quienes más habitan en ésta y en todas las cárceles de la provincia. Pibes de 18, 19 y 20 años que pasarán casi la misma cantidad de años vividos que encerrados, encapsulados, invisibilizados. Los jóvenes que en su mayoría sobreviven en el encierro son jóvenes del conurbano profundo, hijos de las barriadas, caminantes de las villas, conocedores de la pasta base y conocedores del destrato estructural que, en estos tiempos, corre como un río bravo que todo lo arrasa y destruye.

Javier, de 37 años, explica que él vive en un pabellón de población y que no todos los pabellones tienen la misma “política”. Javier dice que en los pabellones de población todavía existen algunos códigos, que si alguien no tiene a ese alguien se le da, y que comen todos o no come nadie, lo poco que haya o lo mucho que nunca hay. Javier tuvo que pagar su estadía en ese pabellón. Lo pagó peleando con un fierro puntiagudo y un poncho en el brazo que me muestra con sus muchas cicatrices, reproduciendo casi la misma escena que se reivindica en nuestro Martín Fierro. A poncho y puñal pagó su derecho a la vida y allí se quedó. Javier cursa 4 horas por día en el espacio educativo que existe en la cárcel. Luego de esas 4 horas llega hasta su pabellón para que, a las 18, se cierre la celda y se vuelva a abrir recién a las 8 de la mañana del otro día. Javier está acostumbrado a ese ritmo, prefiere vivir en un pabellón de máxima seguridad que ser un siervo de algún pabellón evangélico y colectivo.

“Todo lo que leo estudiando lo veo sobreviviendo acá. Los pibes no se lastiman por malos, se lastiman porque no conocen otra cosa y porque en estos pabellones así se gana el respeto, así se logra que a uno no lo quiebren. Una vez que pasaste eso, ya caminás tranquilo”, dice Javier mientras vuelve a rearmar el cigarrillo de tabaco que, en la charla, se había desarmado. Prende, chupa el papelillo y cuenta:

“Yo hace 10 años que me amigué con mi viejo y fue acá en el salón de visitas, me amigué acá en la cárcel. Yo nunca lo entendí, no entendía por qué fue siempre tan cerrado conmigo, tan poco demostrativo”, dice Javier mientras dibuja letras en el aire con sus manos: “Me acuerdo cuando era chico, mi casa era un misterio. Venían amigos de mi viejo y se iban al fondo de la casa a un cuartito donde guardaba las herramientas. Y ahí se quedaban y charlaban hasta la madrugada. Nunca entendí por que teniendo la casa entera se iban a ese sucucho y me dejaban afuera de toda conversación”. Javier tiene puestas unas zapatillas caras, un equipo deportivo y guarda celosamente en su billetera vacía la foto de su hija que acaba de cumplir un año. La muestra e infla el pecho: “Ella es mi razón, con ella renuevo todos los días la esperanza de vivir”

Acaba de sonar la alarma. La alarma es una suerte de chicharra que se escucha y retumba cada vez que hay una pelea en alguno de los patios que dividen a un pabellón de otro. La pelea puede ser por unas zapatillas, por una deuda pendiente en la calle, por un familiar insultado, por un mal humor o simplemente por hambre. Muchas de estas peleas terminan con muerte. “Los pibes no entienden y se lastiman, están en su mambo y en su ritmo. Yo me quedo en población porque más allá de las peleas sigue habiendo unión, solidaridad. Si tocan a uno nos tocan a todos. Eso me enseñó mi viejo y eso entendí mucho tiempo después. Mi viejo era militante y esas reuniones que hacían en el fondo de mi casa eran reuniones clandestinas en plena dictadura. A mi viejo le desaparecieron muchos amigos, muchos de sus compañeros de militancia. Eso me contó acá en una visita y ahí pude entender por qué le costó tanto abrirse conmigo cuando yo era más chico. Ahí pude entender muchas cosas, él me cuidaba”

Javier nombra a su papá, nombra a su mamá y me dice que siempre vivieron en La Matanza, que allí sus padres militaban y que, en más de una ocasión, su casa sirvió de refugio para muchos perseguidos por la última dictadura cívico-militar.

“Una vez discutía con mi viejo. Yo le decía que cómo él me iba a dar consejos sobre mi vida cuando él también fue un perseguido y un ilegal, cuando él también cometió delitos. Y me acuerdo que mi viejo me dijo que a él no le daba tanta bronca que yo fuese ladrón, sino que le daba más bien tristeza, porque ellos, me dijo mi viejo, fueron rebeldes con ideología, con política y con el sueño de otro país y que en cambio nosotros somos pibes chorros que buscamos sólo lo material, una zapatilla o un celular. Entonces yo ahí entendí muchas cosas y admiré muchas más de las que siempre había admirado en él y que no me había animado nunca a decirle”.

Javier se está yendo del espacio educativo, ha terminado la jornada y camina rumbo al pabellón. Allí se encontrará con quienes comparte su vida cotidiana hace más de 10 años. Se encontrará con pibes suspendidos por el efecto de una pastilla, con pibes cocinando y con pibes lavando ropa, encontrará compañeros afilando la punta de algún fierro y compañeros compartiendo un poco de yerba o azúcar.

“Ni bien llegue me pongo a hacer los resúmenes, porque cayeron todos los parciales juntos y con Marx vengo en picada. Me encanta, pero es un bondi entenderlo”.

Allí estará Javier resumiendo algún texto entre cumbia, gritos y charlas. Allí estará Javier, recuperando la ideología prohibida que tanto persiguió a su padre. Allí estará Javier, en la celda, con un poco de frío y con un poco de hambre, pero con un foco colgando iluminando las letras e iluminando la noche.

Pintura: Juan Carlos Boveri

Edición: 3648

 

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