Por Claudia Rafael

  (APe).- ¿Qué grita Laura en esta imagen? ¿Qué gritan sus ojos? ¿Cuál es el aullido de sus manos? ¿De las arrugas que le invadieron la piel cuando los crueles destrozaron a su Natalia y la dejaron sin su niña? ¿Qué dice su angustia? Laura Calampuca. Con apellido de los orígenes de la Pacha. Laura mamá sin hija. Laura shjol. Mujer de fuego, de ropajes negros porque es la oscuridad la que la puebla desde hace 17 años y cinco meses. Laura de cabellos renegridos y poncho gris oscuro. Laura Calampuca que se para como un tótem inamovible frente al uniforme policial. De policías como los que le desangraron a su niña. Que se la implosionaron. Que le estallaron de perversidades el cuerpo y los miedos. ¿Qué grita más allá de las palabras que diga estrictamente en ese instante en el que enfrenta a la hilera de robocops que el Estado sacó a la calle? ¿Para cuidar a quiénes?

¿Acaso les grita con otros nombres que la dejaron vacía que le arrancaron el alma? ¿Que se transformó en shjol como se dice en hebreo a las madres viudas de hijas porque se transforman en zombies que deambulan por la vida?

¿Cómo respira, cómo camina, cómo vive lo que no es vida después de que su nena de 15, Natalia Melmann, domiciliada en el sol y en la risa, fue arrebatada por los hacedores del mal? ¿Cómo es posible?

Laura Calampuca, mujer ardiente de dolores anclados para todas las eternidades posibles, se planta ante el ejército policial del Estado bonaerense. Ella, que podría ser la madre de muchos porque Natalia tendría hoy 32 años, los enfrenta solita.

Apenas minutos después de que los jueces unánimemente decidieron absolver al ex sargento Ricardo Panadero, todavía libre 17 años más tarde del estrago de la niña de Miramar.

Laura no tiene miedo. Ya perdió todo. Tiene el abrazo de otras madres que saben como ella lo que es desangrarse por dentro y seguirla peleando. Desde esa terriblemente luminosa oscuridad.

Foto: La Capital, de Mar del Plata

Edición: 3647

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