Por Claudia Rafael

(APe).- “Murieron de hipotermia”, dicen los escribas del poder. No de pobreza extrema. Ni de calle olvidada. Menos aún de inequidad vieja. Murieron “de frío” Valentín Fernández y aquel otro hombre que dormía en la calle Perú frente a la plaza Mariano Moreno de la ciudad de San Salvador de Jujuy. Con nombre o sin nombre son la caballería desesperada del ejército de los nadies. Sujeto a palos en cruz, un hombre, quieto, sobre dos palos en cruz, con sogas entre los huesos. Y abajo el viento, escribía el poeta paraguayo Elvio Romero. Y encima el viento. Y enfrente el viento…

Habrá, pues, que sentar al frío y a la calle en un banquillo judicial donde uno o tres jueces apunten los dardos de todos los códigos escritos y por escribir para sentenciarlos de muerte o de eterna prisión. Habrá que darse a la ardua tarea de conseguir testigos que cuenten que el frío es capaz de pergeñar los métodos más atroces para calar los huesos mientras la calle tortura de humedad y olvido. O bien conformar un jurado popular que concluya que el frío y la calle constituyen una asociación ilícita que habrá que condenar porque juntos destruyen a la condición humana.

No es la inequidad ni menos aún los portavoces ocasionales de un Estado que va determinando con paciente crueldad que habrá ejércitos de nadies que poblarán las calles y habitarán los puentes. Que formarán sus hogares efímeramente transitorios en la entrada de un banco, allí donde los que todavía están del otro lado de la frontera que divide incluidos/excluidos, suelen entrar para extraer algún billete de los cajeros.

Allí donde aún no haya irrumpido la arquitectura disuasoria. Ese moderno invento social que eleva barreras de cemento o de hierro para impedir que los que nacen, viven y mueren en “situación” de calle no puedan sentarse ni acostarse. Barreras que ahuyentan y espantan a los que hieden a indigentes para que no descansen ni se adormezcan ni siquiera por un rato porque la pobreza contagia o asusta. Y habrá que llenar de pinches de metal los rellanos de las vidrieras o partir al medio con divisiones absurdas los bancos de las plazas o los asientos de las paradas de colectivo para que nadie pueda recostarse y, quién sabe, armarse una cama provisoria para que las piernas no duelan tanto. Y a lo mejor soñar algún sueño de paraísos por algunos minutos.

Es el frío. Es la hipotermia la exquisita y pérfida culpable de ir matando de a poco. De elaborar el plan más perfecto para ir asesinando sin conmiseración. Enfermando los pulmones. Y perforando la piel y la conciencia.

Entonces los gobiernos de turno elaborarán megaoperativos contra el frío repartiendo como benefactores de este tiempo un plato de sopa y una frazada a quienes están –como gustan definir los estados y las sociedades- en “situación de calle”. Un eufemismo elegante para evitar lo que creen evitable. Que es definir las cosas por su nombre. Porque ni Valentín Fernández en Viedma ni el jujeño al que le arrebataron hasta la identidad murieron por una pasajera y efímera situación. Murieron amarrados al lado más tenebroso de la vida.

Ese en el que van cayendo como piezas descartables de un rompecabezas todos los que son atrapados por las garras de una estructura sistémica que premedita la muerte y decreta quiénes serán los nadies que terminarán sus respiros en el desamparo, entre las sobras de la caridad, la persecución de una u otra fuerza de seguridad y el desprecio cotidiano de los paseantes.

Bajo la estera oculta donde me afano y doblo, en la triste carlanca donde enfundo mi sangre, en mi agujero amargo, escribía Romero en Esos días extraños. Y abajo el viento. Y encima el viento. Y enfrente el viento.

Edición: 3630

 

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