(APe).- El sábado decidió ser semilla para siempre. Y sembrarse para que en la historia germinen más luchadores como él, de ésos que son infantería en los derrumbes, de ésos que atajan los escombros para que no lastimen a los frágiles.

Luis Farinello fue cura pero mucho más que cura. Fue de ésos que colocan a Dios en su lugar. De ésos que recorren con Jesús las venas de las villas, de ésos que entran en la herida para cauterizarla desde el adentro. Y le prestan los bancos de la iglesia al que expulsa a sillazos a los mercaderes del templo.

Tenía 81 años y estaba estragado por un ACV que le había recortado potencialidades allá por 2012. En su casa de Quilmes –el barrio como casa, su parroquia, el dolor de su gente como casa- amó como sólo aman los cristianos que se construyen desde el pobrerío. No los de iglesia de elite, que condenan más que ternurar, que se tapan la nariz para pisar la calle de los pobres, que mandan al infierno a los vulnerables. Luis se paraba en las puertas del infierno para arrebatarle condenados. Esa era la diferencia. Por eso acompañó las luchas del Movimiento Nacional Chicos del Pueblo con Alberto Morlachetti. Por eso dio misas populares con Carlos Cajade.

Por eso bendijo los panes, para que se multiplicaran más que los hambrientos.

Ahora se lo va a extrañar. Pero todos saben que estará parado en las puertas de lo bueno, para que entren los que sufren.


Edición: 3627

 

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