Por Bernardo Penoucos

(APe).- 8 de mayo, 2 y media de la tarde: el cielo se cae y parece que el mundo está encapotado. Densidad gris, niebla que corrompe y violenta cualquier intento de sol o de algo más o menos parecido. Es 8 de mayo y es el Día Nacional contra la Violencia Institucional. Garúa finita y niebla que va naciendo con esa lentitud de los días nublados. En estos días -grises- la cárcel parece más triste que la tristeza, los muros- aunque sólidos e irrompibles- juegan con ese humo blanco que los pasa por arriba. Que son la envidia de todos los pibes que, del otro lado, ansiarían ser niebla más no sea por una vez en la vida, un instante, más no sea un minuto que rompa el encierro.

Es 8 de mayo y entro al penal. Estamos en la Unidad Penitenciaria de máxima seguridad N° 2 de Sierra Chica. Hoy rinden su último final Pato y el Peka, pibes que vienen remando el encierro y que, entre los dos, suman casi 50 años de condena. Están por recibirse de Trabajadores Sociales. Son, los dos, de La Matanza profunda, de las orillas del conurbano, del barro y el destrato. Están a minutos de lograr lo imposible, de torcer un destino de cartas marcadas, de terminar de abrir una ventana en un mundo que parecía clausurado para ellos, para tantos.

Cuando llego y entro al espacio que utilizamos como espacio educativo, Peka ya está rindiendo. Lo esperamos, sale, sonríe tímido.

-Un 8… aprobé, me recibí....

Se ruboriza y nosotros también; somos pura alegría, es una pequeña conquista enquistada en un mar de fieras derrotas; es una victoria pequeña en un tiempo derrotero y perverso. Lo miro a Pato, de reojo. Nos abrazamos antes de que entre para dar, él también, su último final oral. Lo miro de nuevo y ya está empañando los ojos, ojos vidriosos de saber que, en un rato, minutos, lo va a lograr.

Pato entra y a los 25 minutos sale. Ahora sí es todo llanto. Se permite llorar delante del resto, delante de otros detenidos que lo miran un poco confundidos y un poco orgullosos también. No le importa, sabe y siente en el cuerpo lo sinuoso del camino, como también lo sabe Peka que, a esta altura, también abraza a Pato y le hace dos o tres chistes seguidos para que la emoción afloje todavía un poco más.

Estamos en la Unidad 2 de Sierra Chica y dos pibes, dos pibes detenidos hace tiempo largo, están lagrimeando porque se recibieron, porque tienen un título de educación superior, porque sienten (saben) que ganaron. No muy lejos de nosotros -otro pibe- estará afilando metódicamente un fierro para recuperar un par de zapatillas, otro estará rogando a la pastilla salvadora que lo eleve de tremenda claustrofobia, otro estará llorando ausencias en un llanto silencioso y disimulado, alguien se estará autoflagelando para que lo dejen, por fin, enterrar a sus muertos, otro estará en la celda de aislamiento levantando los pies para que las ratas no lo rocen y la vida no se vaya. Así las cosas, todas juntas.

Pato y Peka ganaron esta vez. Saben que un pibe que piensa tiene más herramientas que un pibe que no, saben lo que cuesta y se lamentan al saber que otros, igual que ellos, estarán iniciando ahora la batalla por el derecho a la educación en una cárcel. Ellos saben de los traslados, los castigos, los miles de obstáculos y, claro está, los peligros de andar pensando así porque sí.

Los pibes mientras cursaron esta carrera de casi 5 años sufrieron el encierro, la tuberculosis, el hambre, la ausencia de pan y de abrazos, las recaídas en el consumo, la muerte de un hermano, los peligros, la falta de anteojos para leer, la falta de luz en una celda, las muchísimas clases suspendidas, las peleas en los patios, la música a todo ritmo: la cárcel.

Es 8 de mayo y es el día Nacional contra la Violencia Institucional. Pato y el Peka ganaron. Me vuelvo a ellos y nos damos como el quinto abrazo, sabemos que en ese abrazo también hay un camino largo, hay rostros que ya no están y tiempo que no vuelve. Los miro y, de apoco, se acercan más detenidos y también abrazan y felicitan y algunos aplauden y el aplauso retumba y se acopla a los muchos ruidos de la cárcel. La situación es hermosa y se hace lugar dentro de un espacio terrible como lo es el encierro.

Pero la situación es hermosa y, además, es real. Es un aliento, algo que pudo nacer y hacerse lugar en donde a veces parece que ya no hay nada más que la crueldad sistémica. Es, también, una bocanada más dentro de este mundo que se ha tornado irrespirable en casi todas sus esquinas.

Es 8 de mayo, la niebla sigue y empieza a llover lento pero constante y todo, al menos por un instante, se convierte en celebración.

Edición: 3611

Recién editado

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