Fanazul: entre ajustes y resistencias

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Por Bernardo Penoucos

    (APe).- Cuando el domingo la calesita de la plaza del centro se abra libremente para los hijos y las hijas de los cesanteados de Fanazul, un engranaje de la condición humana empezará a reivindicarse. Porque desde los caballitos y los autitos que giran sobre sí en ese histórico tiovivo comenzará a sonar una música rebelde y movilizadora.

La ciudad de Azul se está despertando de una suerte de letargo. El cierre de la planta de fabricaciones militares deja a 250 trabajadores en la calle. No hubo telegramas de despidos, no hubo explicaciones desde el poder instituido, no hubo respuestas hasta el día de hoy.

Los trabajadores llegaron a la fábrica antes del fin de año y se encontraron con un lugar cerrado y custodiado por las fuerzas de seguridad. Así se enteraron de que el trabajo desapareció. Así se enteró la ciudad de Azul que la fábrica de 74 años dejaba de ser.

Los trabajadores no tuvieron festejos de año nuevo y en muchos hogares obreros los Reyes Magos esquivaron la parada. Mientras la mayoría de nosotros destapábamos la sidra y chocábamos las copas, los y las trabajadoras pintaban las primeras banderas, pensaban los primeros planes de lucha y compartían las primeras lágrimas.

La ciudad de Azul acompañó la movilización que se planteó desde la organización obrera. Casi 15.000 azuleños caminaron junto a los pasos firmes de los despedidos, abrazaron en esa angustia sus cuerpos y reclamaron rabiosos al mismo Gobierno. Se sabe que entre la multitud caminó una parte de la población que quiso creer en un cambio, que acompañó el discurso nuevo y prolijo de la actual dirigencia política empresarial nacional. Pero hubo algo que los sacudió. Hubo un límite, un aviso, un hartazgo generalizado. Los cientos de hechos de corrupción denunciados al gobierno anterior, las cámaras ocultas, los arrepentidos y las decenas de encarcelamientos a dirigentes del kirchnerismo, las tapas de los diarios hegemónicos y la cultura de la nueva política ya no alcanzaron, no sirvieron, no lograron llenar el convencimiento de miles de azuleños que dejaron la tele y salieron a la calle, que dejaron los diarios y salieron a la marcha de una demanda justa, común, inocultable: si 250 personas se quedan en la calle, son miles las familias afectadas.

En esos afectados y en esos expulsados hay un amigo, un hermano, un familiar o un vecino. Esto sucede en ciudades medias como la de Azul. La bofetada directa es, en este caso, al trabajador despedido de Fanazul, pero el dolor del golpe lo sienten todos los vecinos: lo siente el comerciante, lo siente el remisero, lo siente el almacén del barrio.

La movilización llegó hasta el Municipio. En esas escalinatas los obreros lloraron, compartieron su rabia y su vaciamiento, pudieron compartir ese dolor con sus vecinos y con sus familias en un acontecimiento que, para la ciudad, ya es histórico.
Luego redoblaron la apuesta y hace dos días cortaron tres rutas nacionales. Bebiéndose el sol imposible de enero quemaron gomas y cantaron su causa. En los cortes estaban los niños, las mujeres, los jóvenes. La fila de autos en la ruta era interminable. Había claros gestos de repudio del indiferente, pero también bocinazos que acompañaban el reclamo, que rechazaban ese desastre hacia el que este nuevo neoliberalismo pretende arrastrarnos.

Luego de casi dos semanas de lucha, de movilizaciones, petitorios, llamados, pedido de reuniones y cortes de ruta, la respuesta sigue siendo nula, silenciosa, soberbia. Ni el Estado Provincial ni el Estado Nacional toman nota del desastre, de lo que significa para una ciudad de 55.000 habitantes que 250 se queden sin trabajo, se queden sin herramientas ni proyecciones.

Comienzan a multiplicarse los clubes locales que en sus avisos publicitarios comunican que los hijos de los despedidos podrán ir gratis a las actividades, comienzan a multiplicarse los profesionales que comunican que atenderán gratis a los hijos y a los trabajadores despedidos, negocios que harán descuentos y, en el día de hoy, la humilde calesita de plaza que bordea al Municipio avisa que habrá vuelta gratis para todos los niños y niñas hijos e hijas de los despedidos.

Son los mundos posibles que la ciudad pretende presentar, son las humildes herramientas solidarias que brotan ante la sordera sistémica, son los pequeños espacios de la vida cotidiana a través de los cuales la soledad del despedido y la desesperación del expulsado puede ser acompañada y abrazada.

No abrirá la fábrica por estos gestos, no escuchará el poderoso, no se sensibilizará el sistema porque poco conoce acerca de los gestos propios de humanidad que todavía guardamos.

No alcanzará quizá para mucho, pero si sobrará para sabernos juntos en tiempos de aislamiento obligatorio, para sabernos juntos en tiempos de individualismo pragmático, para sabernos todavía enteros, de pie y vivos.

Eso me cuenta Alejandro, un despedido más de la fábrica, me cuenta que su hijo de 9 años lo ve triste y pregunta, lo ve llorar y pregunta y él le explica, le explica porqué hay que cortar la ruta, le explica porqué hay que reclamar la dignidad. Y Alejandro me cuenta que su hijo, como respuesta, lo abraza sin más, llenando ese silencio. Entonces él ya pudo entender todo, mientras en los hombros de su padre descubre los miles de rostros que caminan junto a ellos en la marcha, los miles de motivos que todavía tenemos, los miles de niños que, como él, abrazan a sus padres en tiempos tristes y ensombrecidos.

Entonces, pienso, hay miles de luchas que todavía nos faltan.

Y hay miles de paredes que escriben que aquí, todavía, no se rinde nadie.

Edición: 3534


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