Por Silvana Melo

(APe).- Cuando la maestra vio las manitos de Giselle, le corrió un frío por la espalda. Que  es por donde atacan los enemigos más  arteros. A esas cáscaras rojas no las conocía. La nena, desde sus diez años de ángel bajado brutalmente a la tierra, la miró. Son de trabajar en el campo, le dijo. Como Ezequiel Ferreyra, que cuando apenas tenía cuatro, sintió encenderse el cáncer en su cuerpito después de juntar huevos entre el guano, la sangre y los agroquímicos en un criadero de pollos de  Pilar. A los seis murió. Giselle tiene las manos quemadas por los agrotóxicos. Porque no sólo la explotan sino que la envenenan. Como a Ezequiel. Hijos los dos de familias de extrema fragilidad, traídas desde Bolivia o desde Misiones bajo la trampa de la mejor vida. Suponiendo que no hay vidas peores que las vividas hasta entonces, suelen aceptar. Y terminan prisioneros de un sistema que necesita esclavos, enfermos y quebrados, que se construye con veneno y con muerte. Que se sostiene en el sojuzgamiento de los más débiles, de aquellos a quienes las otras patas del sistema les vedaron los recursos de defensa y de pelea.

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Por Carlos Del Frade

(APe).- Mientras los grandes medios de comunicación hablan de la liberación del ex jefe de la Policía de la Provincia de Santa Fe, Hugo Tognoli y la reedición de una disputa entre el kirchnerismo y el socialismo durante aquellos afiebrados meses de fines de 2012, en los barrios rosarinos, la militancia que todavía existe y goza de buena salud, da cuenta de la fuerza que tiene el narcotráfico para arrasar con la vida de las pibas y los pibes.

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Por Claudia Rafael

(APe).- “Murieron de hipotermia”, dicen los escribas del poder. No de pobreza extrema. Ni de calle olvidada. Menos aún de inequidad vieja. Murieron “de frío” Valentín Fernández y aquel otro hombre que dormía en la calle Perú frente a la plaza Mariano Moreno de la ciudad de San Salvador de Jujuy. Con nombre o sin nombre son la caballería desesperada del ejército de los nadies. Sujeto a palos en cruz, un hombre, quieto, sobre dos palos en cruz, con sogas entre los huesos. Y abajo el viento, escribía el poeta paraguayo Elvio Romero. Y encima el viento. Y enfrente el viento…

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Por Alfredo Grande

  (APe).- Hace varios años descubrí que el teclado de mi computadora no podía escribir: “democracia”. Aparecía una leyenda en rojo que decía: “no reconocemos esa palabra”. Al insistir, otra leyenda aclaraba: “no insista porque será desactivado”. Traté de incluirla en el diccionario pero fracasé. Obviamente supuse que el antivirus de mi computadora estaba programado para detectar todos los subterfugios de la cultura represora. No puedo asegurarlo. Por eso inventé al menos dos sustitutos: democratismo de estado y dictadura de la burguesía.

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Por Silvana Melo

(APe).- Chupar una naranja o masticar una zanahoria pueden encarnar una fatalidad sistémica: raíz o fruto, los alimentos de la naturaleza llegan envenenados a la mesa de los días. Cambiar en los tentempié de los niños snacks por tomates implica cambiar grasas saturadas por endosulfán. A diez días del Mundial de la Plaza Roja, los niños se calzan la diez de Messi en los potreros. Mueren por comer lo que Messi publicita. Pero jamás tendrían acceso a lo que Messi come: frutas y verduras sin pesticidas, aceite de oliva, semillas, frutos secos. Sí se llenan la panza de papas fritas baratas, gaseosas excedidas en sodio y azúcar, hidratos de carbono sin nutrientes y naranjas plagadas de insecticidas. Cambiar el tentempié de un niño de snacks a tomate sería reemplazar grasas hipersaturadas por endosulfán. Messi puede tener un nutricionista italiano que le marque un norte saludable. Los pibes que sueñan la gloria en los potreros del conurbano, de Santiago del Estero o del gran La Plata se enjugan las rodillas raspadas con algodón con glifosato. Y mastican zanahorias con clorpirifós. No saldrán Messis de los baldíos de Salta o de José León Suárez.

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