Por Sergio Val / Fundación Che Pibe

(APe).- En Enero del 2017 un puñado de familias sin mucho más que su intemperie, lo puesto, algunas bolsas con ropas y unos muebles destartalados tuvieron la osadía de hacerse de un lugar en el mundo, para que crezcan los hijos. Un lugar donde vivir. No tuvieron mejor idea que la de encontrarse con un claro de tierra, detrás de la escuela que estaban construyendo cerquita de la estación de Villa Fiorito, unos baldíos del FFCC General Belgrano. Enseguida sonó la alarma y la gendarmería rodeó los precarios nidos. La solidaridad también se hizo presente y se armó la olla popular, la torta frita compartida, la chapa y el tirante, o lo que sea para estar mejor.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Estamos acostumbrados a recibir mensajes de texto y de voz que nos alertan de episodios diarios y múltiples de represión explícita. O sea: palo y a las bolsas policiales. Las medidas injustas se acompañan en forma sistemática de la coerción física, de los golpes, de los empujones, del infaltable gas pimienta, de las balas de goma y también de plomo, de insultos y de todo tipo de técnica para generar terror.

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Por María Stella Capecce (*)

(APe).- Estimada señora Elena: Para empezar, quiero agradecerle el roperito que me mandó para guardar la ropa de mis chicos. El Cristian se ocupó los dos estantes de abajo antes que las nenas empezaran a pelear por los cajones. Tengo mucha ropita estropeada por la humedad y por más que la lavo una y otra vez no se va el olor ése que usted dice. Pero, ¿sabe una cosa? Desde que me lo dijo empecé a sentirlo en todas partes. En la cama que comparto con Belén y el bebé, en los trapos que uso de cortinas, en los zapatos y hasta en la comida. Y le digo más, ése es el olor de mis hijos, el olor de mi piel, el olor de mi vida. Y me doy cuenta ahora que es olor a tierra, a villa, a rancho sin ventanas, a gente amontonada y húmeda, a kerosene y comida, a lágrimas con leche.

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Por Silvana Melo

(APe).- A los doce años tuvo su primera experiencia palpable, física, con la violencia institucional. El policía de la Ciudad Autónoma sucursal Palermo lo sostenía en el piso. Con su chaqueta borravino, el arma a la derecha y el bastón a la izquierda. La construcción del enemigo público es original. Como el pecado. Comienza desde el origen, con la primera puntada de la vida.

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Por Facundo Lo Duca (*)

(APe).- Esta vez, intenta llegar a la cima. Primero es una bolsa de consorcio reventada lo que pisa; después una de escombros, siguen restos de un árbol incendiado. No le falta nada, llega al esqueleto de un lavarropas, esquiva un neumático agrietado, sólo un poco más, pero la empinada sinuosa lo estanca, como si una pared se levantara. Igual ríe, animoso. El viento cálido de enero en su cara, la honda de madera enfundada, lista, a la cintura y esa posibilidad de verlo todo. Las amarillas y ruidosas máquinas excavadoras, frondosos camiones que entran, descargan y salen, amigos del barrio. Cinco de la tarde y Elian, con diez años, ropa rasgada, ojos hundidos y profundamente negros, se divierte sobre 20 metros de desperdicios. Está de vacaciones en el basural más grande de Mar del Plata.

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