Por Silvana Melo

(APe).- La vida se le fue de repente, con un balazo en el pecho. A las diez de la noche el hambre aprieta y el supermercado de Sáenz Peña estaba ahí, cerrado y solo. Eran cincuenta, cien. Nadie los contó. El brazo del estado, el que debería evitar que el hambre se instalara en esta fenomenal fábrica de alimentos de 3 mil kilómetros, no estaba. La policía, el brazo armado del estado, estaba ahí para evitar cualquier acceso a la comida. Las dos provocaron la muerte de Ismael Ramírez, de trece años. En medio de la arena del hambre.

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Por Carlos Del Frade

(APe).- Los asesinatos son en los barrios. En el centro las balaceras buscan enviar mensajes mafiosos a los poderes del estado. Desde octubre de 2013, cuando más de treinta proyectiles impactaron en la casa del entonces gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, en el mayor atentado político desde la recuperación de la democracia hasta el presente, las bandas narcopoliciales imponen la lógica clasista de una manera feroz y contundente.

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Por Alfredo Grande

(APe).- “La muerte en las calles” es una película argentina filmada en la década del 50. Transcurría durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807. Las invasiones posteriores se conformaron con el control del puerto de Buenos Aires y algunos empréstitos. En esa película se relataba la resistencia del pueblo de la ciudad de Buenos Aires contra los invasores. No podría decir si había conciencia de clase, pero al menos había conciencia de algo. Lo que era propio, aunque sea un virreinato, y lo ajeno, el invasor.

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Por Silvana Melo

(APe).- Estoy tomando todas las decisiones para cuidarlos, dijo. Dos minutos duró el discurso presidencial, una caricia, un mimo para esa abstracción fatal que son “los mercados”. Un fantasma incorpóreo que se devora las migas de esta ingenuidad. Y que deja desnuda a la masiva vulnerabilidad de millones que no llegan a comprender quién les tira de la camisa para provocar esa desnudez pública, esa indignidad de no tener nada, ese golpe que arroja a la calle.

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Texto y fotos: Claudia Rafael

(APe).- “¡Che!, ¡ya lo dijimos!. Los familiares son los que van adelante, no las organizaciones”. La que se plantó, micrófono en mano, sobre el camión-escenario estacionado al borde de la Plaza de Mayo era Mónica Alegre. Desbordada por las emociones que devenían de sentirlo a Luciano y a los miles de pibes asesinados por gatillo fácil junto a ellas. Mujeres paridas por sus hijos, como tantas a lo largo de una historia de país devorador. Esas que alguna vez cayeron por la angustia, que sintieron que se morían con sus pibes, que quizás se tiraron en una cama a llorar y dejarse ir pero que aprendieron a ponerse en pie. A constituirse luchadoras. A ponerse al frente de sus pares, como protagonistas de una lucha ardua que –saben bien- no les devolverá vidas, ni les dará justicia, ni les ofrecerá condenas que calmen la sed. Pero que les enseñó que si están ahí no están sólo por su Ezequiel, su Paly, su Sebastián, su Luciano, su Johana, su Iván, su Kiki, su Omar. La lista es larga como un sendero que nunca cesa.

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