Por Bernardo Penoucos

(APe).- Las simultaneidades aterran y alegran en el mismo movimiento, casi en el justo y exacto transcurrir del tiempo. La siniestra mirada de Etchecolatz dejará de mirar el encierro para volver a mirar la calle y la ciudad. Mirará tranquilo e impune el correr del día, la profundidad de la noche y la luz de la mañana. El, que tanta oscuridad desparramó, podrá acariciar la luz y se dará él mismo la razón ahora más que nunca, convencido de una guerra que existió sólo para él y sus camaradas y que la volvería a llevar adelante si la patria, los dioses y el poder económico se lo encomendasen.

En el otro lado del mundo, saliendo del fango y haciéndose lugar, se despereza la nieta número 127. Nieta que según tipos como Etchecolatz fueron salvadas de la genética subversiva para pasar a ser criadas en familias normales, morales, católicas y ordenadas. En el nacimiento de esta nieta, todas las respuestas. En la libertad de Etchecolatz, todas las preguntas.

Pienso en Julio López también y pienso en la sentencia que nunca pudo ver. Pienso que fue uno de los pocos humanos que desapareció dos veces y que, con esta decisión de genocida libre, estaría desapareciendo por tercera vez. Pienso que sufrió dos veces, que fue secuestrado dos veces, que su familia lo lloró dos veces. Pienso en la mirada de Etchecolatz en el juicio, pienso en sus manos y en lo que escribía en ese papel mientras todo su alrededor era, para él, la nada misma, un decorado, un afiche de rostros invisibles.

¿Cómo hace la flor para nacer en el fango? ¿Cómo es que se hace lugar y dice presente? ¿Cómo puede una misma patria vomitar casi en simultáneo el lodo, el dolor y la flor?

¿Cómo haremos, nosotros, para contar esta historia cuando los días lleguen y los niños crezcan? ¿Cómo explicar la tremenda contradicción, el gigantesco absurdo?

Etchecolatz disfrutará su prisión domiciliaria. La nieta numero 127 irá descubriendo su otro nacimiento y será su decisión si abrazar o no su identidad verdadera. Todo esto en el mismo país, en el mismo suelo, bajo el mismo cielo.

El tiempo, los días y las palabras terminarán por escribir como será contada esta historia.

Edición: 3522

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