Por Carlos Del Frade

(APe).- El pesebre todavía está presente en muchas casas de la Argentina. Animales perdidos que, por esos misterios insondables de los huecos en cada vivienda, reaparecen para el armado del arbolito que dura desde el 8 de diciembre al 6 de enero, la llegada de los supuestos reyes magos. Debajo del arbolito, el pesebre es, en realidad, un establo, un lugar para bestias, no apto para chicas y chicos.

El pesebre, más allá del cariñoso gesto del armado del arbolito, representa la ferocidad del sistema. El imperio que condena a un recién nacido a refugiarse entre animales, a vivir entre las bestias, a ser, en definitiva, un animal más, una bestia más.

Por eso es siempre bueno pensar en estos símbolos que nos ven pasar frente a ellos en forma paralela que nosotros avanzamos en el tiempo y la historia nos va atravesando.

El verdadero misterio de la Navidad está en la fenomenal rebeldía de lo humano que se levanta contra la ferocidad del sistema que quiere imponer una vida de animales, una vida de bestias a la mayoría de las pibas, a la mayoría de los pibes.

La celebración de la Navidad es, entonces, la celebración de la rebeldía del amor contra las distintas formas del odio, el olvido y el poder.
Celebrar Navidad es rebelarse contra las fuerzas del sistema que nos imponen la inhumanidad cotidiana.

Porque el presebre, en todo caso, es el lugar asignado para las bestias domesticadas, obedientes. La gran metáfora de la condena cotidiana: podemos sobrevivir si somos dóciles ante el poder.

De allí lo revolucionario del nacimiento no permitido.

El amor de los de abajo se rebela ante la ferocidad de los de arriba, ante la inhumanidad que debe imponerse para que el templo de la vida sea solamente propiedad de unos pocos.

Celebrar Navidad es, por sobre todas las cosas, celebrar la rebeldía de los que quieren vivir de acuerdo a sus sueños e ideales.

No ser una bestia más del pesebre, sino un ser humano libre, comprometido con su tiempo y su pueblo, capaz de amar y pelear contra los crucificadores cotidianos del sistema.

Por más tentaciones que aparezcan en el camino, aquel muchacho, hijo del amor rebelde de una pareja de los arrabales palestinos, seguirá su camino y decidirá hacerse clandestino antes que callarse y formar parte del poder imperial.

Condenado a nacer y morir entre bestias, condenado a crecer y obedecer, el bebé del pesebre no será domesticado.

Navidad, entonces, es rebeldía contra el poder de los pocos.

Edición: 3519

 

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