Por Bernardo Penoucos

(APe).- Hace rato que no importa el dato, la observación concreta de lo real, el movimiento claro de una cuestión social que se profundiza en su crisis y se manifiesta en su esencia. Los tiempos de la pos verdad son eso: no hay verdad posible desde ningún lado, no importan los argumentos y el proceso creativo del pensamiento sino que valen los artilugios, el lenguaje técnico inalcanzable, los 5 segundos de fama en el programa de moda, la puesta en escena de un pensamiento binario que nos encierra, nos comprime y nos deja sin oxigeno ante el intento de posicionarnos desde otro espacio posible que logre trascender lo instituido.

Hablemos de violencia, por ejemplo, palabra utilizada hasta el hartazgo en las últimas semanas, palabra marcada en los titulares, en las voces calmas de prolijos conductores de tv, en los analistas políticos y hasta en los nuevos especialistas mediáticos de fabricación de armas tumberas. El saldo es conocido, histórico, repetido: hay una peligrosa equiparación de la violencia estatal con la violencia de un 

manifestante, hay una clara justificación de la violencia institucional hegemonizada por la fuerza de seguridad como respuesta natural a las piedras arrojadas por 50 personas encapuchadas y que, misteriosamente, a veces arrojaban piedras y a veces arrojaban balas de goma con un chaleco policiaco.

La dictadura cívico-militar utilizaba herramientas argumentales por el estilo: el secuestro, la tortura, el robo de identidades y los cuerpos arrojados vivos al Rio de la Plata fue la respuesta a la violencia civil, a esos grupos armados que, para 1976, estaban en su mayoría desarticulados. Hay un peligro inminente en esto, hay un resultado triste: es el olor a represión que circula en el aire, es el miedo que nuevamente corroe el cuerpo y paraliza las ganas, es la confusión generalizada, esa cultura de la desconfianza que tanto dolor nos causo.

El orden y la paz social también se instalaron como mensaje navideño en este Diciembre encendido, al igual que la palabra democracia representativa y el normal funcionamiento de las instituciones y de la ley de las leyes: la Constitución.

Pero el aire es otro, no coincide con el relato en cuestión, en los barrios de siempre las madres suspiran cada vez más, preocupadas, por una historia harto conocida, los camiones de lácteos comienzan a pensar dos veces si pasar o no por una zona empobrecida, los viejos deben decidir si comer o curarse, los pibes de las barriadas cada vez que descubren un operativo en la puerta del barrio prefieren hacer dos cuadras más para no cruzarse con el hostigamiento, los institutos de menores siguen siendo tierra de nadie y dolor de todos, las cárceles provinciales crecieron en su población en más de un 30 % en los últimos dos años, las celdas que eran de a dos ahora son de a 4 o de a 6, la comida es la misma que antes en estos encierros: nula.

Entonces hay movimientos en la calle, huecos sonidos de ollas, publicaciones populares que denuncian el cansancio de que se corte siempre por lo más fino, hay cansancio en los viejos y hay cansancio en los niños que no deberían de estar cansados, hay discursos políticos hegemónicos que siguen escupiendo soberbia y nafta al fuego, hay cada vez más gente en la calle y cada vez más enojo en la gente que ocupa la calle.

Y mientras tanto, en algún lugar del lenguaje dominante, nos comunican la calma y la esperanza plastificada, el orden y el respeto a las instituciones.

Si parece que no ven y de más está decir que no sienten el latido de los bordes, el aullido de los barrios, la marcha constante de los desclasados.

Si parece que no ven, que este ruido despertando, nada tiene que ver y nada ha tenido que ver con el silencio pulcro de los cementerios, con el tiempo que nos piden, con el futuro que nos dicen que ya viene, que ya llega, que esperemos.

Pero el ruido no espera, el ruido va, se mueve, llega, se instala y dice.

Imagen: Michael Lierly

Edición: 3517

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