Por Bernardo Penoucos

(APe).- "Hay un lenguaje-danza de los pibes, hablan acompañados de cierto baile, las palabras no sólo se dicen sino que también se bailan". Lo dice y lo explica el poeta y cineasta Cesar González a quien pude descubrir varios años atrás cuando la documentalista Ana Cacopardo lo entrevistó y lo presentó en su programa Historias Debidas, días después de que César saliera del penal.

César González, de la villa Carlos Gardel, conoció los Institutos de Menores y conoció la cárcel, encerrado y castigado en los buzones de la prisión, que no son más que las mazmorras de este siglo 21 en donde la tortura es sistemática y se sigue actualizando, leyó golpeado a Rodolfo Walsh y a Eduardo Galeano y allí comenzó a atar cabos , a reflexionar y a reflexionarse, no porque antes no lo hiciera, sino porque desde aquel momento y en adelante contaría con más herramientas, por ejemplo la lectura :

"Encerrado comencé a escribir algunas poesías y me sentí persona por primera vez, se lo mostré a la psicóloga y me dijo que todo muy lindo pero que eso era un pasatiempo, que yo estaba encerrado por un secuestro y que tenía que cumplir la condena y trabajar": ¿qué pensarán, ahora, esas psicólogas y esas trabajadoras sociales que nunca supieron entender el lenguaje y el baile de César? ¿Qué pensarán de sus películas, de sus libros, de sus programas y de sus muchísimos textos?

Hay una comunicación que falla, hay lenguajes que no se encuentran todavía, hay un discurso estatal que pretende implementarse a priori en los barrios, en las villas, en los institutos y en las cárceles, ese discurso se cocina en fábricas que tienen, como materia prima, una moral ajena a los pibes y un lenguaje extraño a ellos. Entonces todas las acciones que como objetivos se plantean para re-socializar, re-insertar, re-adaptar, terminan cayendo en la construcción de un otro como peligroso o, en el mejor de los casos, como débil. El derecho como garantía se transforma en caridad, la justicia en beneficencia y la participación real de los pibes y pibas de las barriadas en participación simbólica y testimonial.

En una esquina del barrio, en un pabellón de población, en el patio de un Instituto, en la plaza de la villa, las manos y los brazos y todo el cuerpo de un pibe habla, gesticula, exagera, construye letras y frases en el aire, piensa y materializa un nuevo lenguaje, vuelve a traer a este presente el significado del lunfardo, la picardía de los berretines y la metáfora como estrategia compleja del lenguaje.

Los pibes inventan un lenguaje nuevo desde su cotidianeidad, desde lo inmediato, desde la sobrevivencia, pero no figuran esas nuevas formas de decir en los diseños y en las implementaciones de tantísimos programas sociales orientados hacia ellos , entonces la comunicación es nula, entonces la respuesta desde las altas esferas estigmatiza, entonces no hay reconocimiento del otro como sujeto posible, sino como objeto destinatario, sino como segmento a modificar, sino como sector al que reinsertar. Y la tensión se vuelve evidente y los programas que se piensan y se escriben en esferas ajenas a estas cotidianeidades no tienen mas salida que el fracaso seguro, que la repetición de prácticas burocráticas, que la no escucha de ese lenguaje que transita las veredas, cruza la calle y llega a las esquinas de las barriadas.

¿No estarán los pibes inventando un lenguaje que pueda inventar otro escenario?¿no estarán diciéndose desde otra gramática porque la gramática hegemónica hace rato que no los escribe? ¿Qué dibujan esos brazos en el aire, que textos escriben esos pies sobre la tierra que los camina? ¿No hay, en ese nuevo lunfardo, la construcción de una identidad que no pretende ser arrasada? ¿No hay en ese lenguaje una respuesta? ¿No hay palabras en esos cuerpos? ¿No hay historias? ¿No hay decires?

Los cuerpos danzan, hablan y gesticulan, los pibes hace rato que vienen nombrando la palabra inserción y la palabra posibilidad y la palabra poder y la palabra mañana, pero hay oídos que no escuchan, Estados que no comprenden y lapiceras que siguen sin escribirlos.

Edición: 3476

 

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