Por Claudia Rafael

 (APe).- A dos metros cuarenta de alto llegarán los bloques de cemento. Benjamín y Gino, que ya deben rondar los 8 años, mirarán hacia arriba sin entender bien. Ese muro es por ellos, después de todo. Ya la pelota no se irá del otro lado. Ni tampoco entrarán las balas ahora. El muro los separa de ese mundo hostil que se cocina a diario en donde otros pibes como ellos, un poco más grandes, se juegan la vida por un pedazo de territorio a conquistar. Como escribió más de una vez Carlos del Frade para esta agencia, “con permanentes discursos que pontifican la muerte de la década del noventa, las noticias que hablan de la permanente sangría de chicos y chicas en los barrios de distintas provincias por quedarse con un puesto de soldadito en los lugares de venta de drogas, ratifican la vigencia de aquella perversión”.

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Por Silvana Melo

(APe).- Un año y medio atrás. Un solo niño sirio, arrojado por la marea en la arena de los naufragios, conmovía a la gente de buen almuerzo, que salaba su plato con una lágrima dispuesta. Después cada uno volvió a su vida. A las muertes pequeñas de cada día. Debajo de la autopista, en los bosques desmontados, con los pulmones rotos, con una bala en la nuca. El sábado 68 niños sirios murieron absurdamente. Dejaron de ser cuando un vehículo desquiciado explotó contra los colectivos donde la gente en condena huía de la guerra. Ciento veinte murieron. Sesenta y ocho eran niños.

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Por Carlos Del Frade

(APe).- Treinta años después del intento de golpe militar encabezado por el entonces teniente coronel Aldo Rico, es preciso preguntarse qué orden empezó a regir en la casa colectiva de los argentinos.

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Por Carlos Del Frade

(APe).- ¿Cómo habrá sido la última cena de los huelguistas fusilados de la Patagonia Rebelde?. ¿Qué pensó el Che y no pudo escribir en su diario de Bolivia antes de ser ejecutado? ¿Y la noche de Micaela García habrá tenido espacio para un cachito de esperanza en ese mundo mejor en el que creía? ¿Los últimos minutos de la madrugada del 26 de julio de 1952, le habrán dado un poco de tregua a Evita para emocionarse con la lucha de los descamisados?

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Por Alfredo Grande

Dedicado a Micaela García, mártir de la cultura represora


(APe).- Que el dolor no tape la furia, que la furia no oculte el dolor. No todas son Micaela, quizá muy pocas sean como Micaela. Quizá eso tenga importancia, quizá no. Una sola Micaela no sobra, pero basta. Es la marca, la señal, de que no siempre habrá pobres entre nosotros. Porque la pobreza verdadera, de la que no hay retorno, es considerarla como un orden natural, estructural, incluso como un privilegio del justo y del bueno. Todas y todos los que combaten contra todas las formas de pobreza tienen una riqueza que ni un Midas, ni un burócrata a sueldo, tendrá jamás. Porque pueden dormir con la inmensa satisfacción del placer cumplido.

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