Por Claudia Rafael

(APe).- Un mes. 720 horas. Santiago no está desde hace más de 2 millones y medio de segundos. Simplemente no está. No es. Y su desaparición, ese no lugar, esa ausencia que no se toca ni se huele, sustenta la violencia simbólica y real del poder que se va construyendo milimétricamente para lo que Weber llamaría la domesticación de los dominados. Santiago no está desde hace 43.200 minutos. Y al desnudo quedan las estructuras de una sociedad que acepta. Endulzada en sus oídos por las construcciones mediáticas que dibujan explicaciones y falsedades.

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Escribe Alfredo Grande


(APe).- Está donde hay que estar. En la lucha. Junto a los que sufren. No para sufrir con ellos, sino para sentir como ellos. Enfrentando la zona de confort de la denuncia banal, de la escritura fácil, tan fácil como puede ser el gatillo. Está poniendo el cuerpo, pero también está dejando el cuerpo para sostener otros cuerpos. Mirando al país que no miramos; padeciendo el país que no padecemos; luchando por el país que no luchamos. Está creando nuevas consignas, sin intentar repetir ninguna.

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Por Silvana Melo

(APe).- Mientras el Gobierno determina exenciones impositivas a los desarrolladores de transgénicos en la Argentina y abre las puertas a otra fiesta de glifosato y 2,4D (*), el 1 de setiembre está lejos de ser un prólogo de la primavera. Con la profundización del modelo extractivista que desde hace casi veinte años puso en juego la tierra, hace un mes que Santiago Maldonado no está. Desapareció el día de la ruda con grapa para la Pacha, aunque él estuviera defendiendo la Mapu. Su no estar es responsabilidad del Estado. Porque no lo busca o lo busca mal. Porque lo desapareció su monopolio de la violencia o sus conniventes empresariales u otras opciones que tejen justicia y política.

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Por Bernardo Penoucos

(APe).- Lo veo a Santiago Maldonado en el último video que ya circula por las redes sociales y lo veo a Darío Santillán ó a Maximiliano Kosteki o a tantos y tantas, veo en el mapa de su barba el mapa de la historia corrida y las manos de quienes quieren mostrar otra historia y otro mapa. En el caso de Darío, mostrando el mapa del profundo conurbano desechado y hambriento, en el caso de Santiago mostrando el mapa de quienes no creen en mapas, sino en tierras y en memorias ancestrales.

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Por Bernardo Penoucos

(APe).- El salón es espacioso y los 10 entramos cómodos. Desde allí, podemos ver el muro que se levanta y rodea toda la Unidad. Vemos la panadería del penal en la que los presos trabajan de sol a sol. También se distingue la carpintería abandonada, en la que tantos “microemprendedores” de afuera ingresaron a la cárcel con promesas de sueldos que nunca cumplieron. Y que, una vez realizada la producción por parte de los detenidos, se fueron con lo acumulado para no volver. También se observa, desde la puerta del aula, una cola de cuatro o cinco presos esperando su turno para hablar por teléfono.

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