Por Sergio Alvez

(APe).- Aunque pocos medios dentro de la provincia -y ninguno por fuera de ella- lo reflejen, Lidia, Antonia y Claudia, tres cocineras escolares, consiguieron esta semana una conquista laboral de ribetes históricos para su sector. Estas mujeres, desde hace años, cada día de su vida se despiertan al alba, encienden fogones –a leña o a gas según el caso- preparan el mate cocido –con leche o sin, según el caso- y sirven el pan a los niños y niñas de las escuelas más humildes de la tierra colorada. Después viene el almuerzo o la merienda. Limpiar todo. Dejar todo ordenado para el día siguiente.

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Por Bernardo Penoucos

(APe).- A los 5 años su mamá lo despidió en la calle, en una estación de Buenos Aires, no quería, no sabía o no podía cuidarlo. El recuerda la intensidad de ese último instante, recuerda perfecto la ropa de su madre y la ve, hoy a la distancia, pintándose los labios antes de la despedida. Desde allí el camino sería de escollos, piedras, puentes y calles suburbanas. En la calle creció y de la calle aprendió: lo bueno, lo doloroso y lo inolvidable.

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Por Carlos Del Frade

(APe).- El pueblo rosarino recibió como un buen gesto de Lionel Messi que se casara en un punto de la geografía de la cuna de la bandera. Por muchas razones, la fiesta de multimillonarios en el casino más grande de América del Sur, fue una caricia para las mayorías que pelean el día a día en la ex ciudad obrera. Durante muchas horas, en los bares de la terminal de colectivos o del centro y los barrios, la pregunta recurrente era si la persona saludada estaba invitada a la fiesta. Los grandes medios del país unitario y del exterior hicieron lo suyo. El muchacho de 30 años que nunca pisó una cancha vistiendo los colores de su querido Ñuls jugando en la primera, fue celebrado como una tardía postal de la curiosa y multiforme identidad rosarina.

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Por Alfredo Grande

Dedicado a Kiki Lezcano y Ezequiel Blanco.

(APe).- Ya hemos escrito que no se vota porque hay democracia, sino que hay democracia porque se vota. O sea: el ritual del voto permite alucinar con imágenes de la democracia, con la cual suponíamos que comíamos, curábamos y educábamos. Y delirar con tener representantes, funcionarios, gobiernos que se ocupan y preocupan por sostener y mejorar nuestra vida. Este “alucinatorio social” tiene un fundante que me interesa interpelar: el voto obligatorio.

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Por Facundo Barrionuevo

(APe).- Javito tiene 10, llega todos los días una hora antes del horario de apertura del Centro Juvenil. Nunca está bien abrigado, aunque el frío torture. “Tengo las zapas mojadas profe”, se escuda. “El día que hicimos el taller de observación de la luna con el telescopio, dijo que iba a ser astrónomo” cuenta Juan, el coordinador del Centro Juvenil. Siempre anda contento y habla con cariño de su escuela. Desde los 4 vive solo con la abuela.

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