Niña nadie. Niño urgente

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Por Claudia Rafael

(APe).- Como un velloncito magro de un kilo 600, emergió a la luz ocho semanas antes de tiempo. Y los médicos que lo recibieron en el Hospital San Roque de Gonnet lo llamaron Jerónimo, “lo sagrado”. Con esa sacralidad de la vida que no llega como panes porque no hay un mundo en derredor que ría desmedidamente por la felicidad de su arribo.

Como un diminuto pez asomó del cuerpo de esa niña de 14 años. No fue rayo circense de luz en el cielo ni por él sonaron los clarinetes de la gloria. Brotó del útero frágil como una diminuta montañita de agua, escurridiza, ligera, sutil. Simplemente salió, como desde un tobogán sin destino.

Los datos duros de la historia se armarán con el tiempo, amarrados a las moralinas de unos y otros. Habrá culpables. Responsables. Causantes. Ejecutores. Casi siempre, erróneamente los mismos. Pero la crónica de vida de Ella y de El irá por otros rumbos, tal vez, incluso por vías separadas. Ajena al relato de escribas sabedores de certezas.

Cuentan los diarios que él fue hallado entre los pastizales, “en ese triángulo de campos, invernaderos y quintas”, cercano al Parque Pereyra. Entre La Plata y Berazategui. Y llevado por policías al hospital. Cuentan los mismos diarios que ella llegó una hora después. Ya cerca de las 22 del lunes. Que está “custodiada”. Que los efectores del Estado ahora pusieron sus múltiples ojos sobre ambos. Que “se activaron todos los protocolos vigentes para estas situaciones”. Que hay un fiscal, un responsable “del área de Niñez y Adolescencia” y “del Servicio de Promoción y Protección de los Derechos del Niño de Berazategui” con sus engranajes a punto. Todo suele activarse y protocolarse con una celeridad baldía de abrazo y de ternura.

¿Habrá escuchado él –como decía el gran Federico- ese arroyo de leche tibia mientras aún estaba en el vientre de su niña continente? ¿Cómo habrá sido para ella ese descubrimiento atroz de su planicie ensanchada a fuerza de motivos no deseados? ¿Podrán uno y otro asirse a algún tren que tenga pasaporte a la esperanza? ¿Se reconocerán en la mirada en algún andén de los estíos de la Historia?

No hubo ritos de ilusión en la llegada a un mundo que les es tercamente hostil a ese par de niños con 14 años de diferencia. No puede haberlos. Ni para ella, que no fue reina en un jardín de colibríes y capullos, que no tuvo reflejos de deseo y dicha en el espejo de sus días. Ni para él, olvidado entre los pastizales de una noche conurbana. El encuentro fugaz entre los dos duró 32 semanas y no es posible saber cómo seguirá. Tal vez confluyan, quizás no lo hagan nunca más.

Pero hay una certeza: son dos niños más en las columnas del debe eterno dentro de los libros contables del Estado. Arrumbados allí. Provocadores, desde la noche del lunes, de una loca parafernalia que puso a activar todos los botones del pánico estatal que decide mover hilos para responder ahora y aquí a la emergente urgencia. En destinos que podría haber torcido mucho antes. En los tiempos en que la niña aún no era depositaria de una semilla de vida que la haría parir por prepotencia.

Cada cinco minutos, dicen las estadísticas, un bebé asoma al mundo del vientre de una niña mujer. Cada cinco minutos alguien como ella ingresa a un río de sensaciones extrañas dentro de su cuerpo aún naciente. Que le marca cada uno de los recovecos de sus almanaques para siempre. Sin piedad. Como la ferocidad manda.

Pinturas: Beti Alonso

Oswaldo Guayasamín

Edición: 3118


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