(APe).- “Se utilizó el mínimo de la fuerza necesaria”, dijo la voz securitaria del macrismo. “Si cortan de nuevo, se va a actuar de la misma manera”, pronunció la vicepresidenta de la Nación. Los balazos de goma en las espaldas de los trabajadores de Cresta Roja, el poder de fuego sobre las vidas de hombres que quieren trabajar, la historia que se hace añicos en un instante cuando el aparato represivo apunta directo a los cuerpos. La gendarmería dispara contra ese otro que alguna vez caminó sus mismos barrios. Cuando eran –muchos de ellos- pibes desarrapados que ingresaron en los vericuetos que ofrece el estado para subir un escalón social. Pero hoy ya no se reflejan en ese espejo que les es ajeno y despreciable. Entonces disparan contra ese hombre o mujer al que apelaron en 2013 cuando prepoteaban en las calles por mayores salarios.

Y siguen siendo los portadores del monopolio de la violencia. Los mismos que se utilizan, utilizaron y utilizarán para el control social de la rebeldía. Para acallar las semillas que nazcan en cada muro resquebrajado, en los territorios de los confinados, en las villas y en las organizaciones sociales. Son los disciplinadores al servicio del poder que decide, tajante, dónde y cuándo hay que demarcar a los peligrosos portadores de la utopía, a los obstinados hacedores de la dignidad.

Son los que marcan los territorios de la vida sembrando el miedo, herramienta de lujo de los que se creen dueños de la vida y de la muerte tratando de impedirnos volar para disputarle cielo a la utopía.

Edición: 3074

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