Silvana Melo

Fotos: Claudia Rafael

(APe).- Mariano Ferreyra se extiende cinco cuadras, bordeando el terraplén de las vías del Roca. Nace en el momento mismo en que se cruza con Pavón (ahora Yrigoyen) -avenida de la Estación Darío y Maxi-, hasta el puente Bosch. Mariano Ferreyra acaba de reemplazar al coronel Bosch. Con barba, bandera del PO y una flor colorada que le perfora el pecho, tiene una calle. Ya no es necesario ser un genocida del desierto, haber liberado un par de países, ser un independentista de la Corona, un intendente del siglo XIX, un precursor de la deuda externa o un prócer con bronce eterno para ser calle. Esta calle cortita, por donde marchaban las columnas de los tercerizados, fueron los últimos metros del recorrido vital de Mariano. Arriba, en la altura de las vías, la columna verde de Pedraza.

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Por Claudia Silva


(APe).- Estaba esperando a que llegáramos. Miraba con los ojos bien abiertos hacia el doble portón color celeste que separa el encierro de aquella libertad no tan libre, que no le ofrece tantas opciones para elegir. En cuanto nos vio entrar, se puso de pie y extendiendo sus brazos como paloma que está aprendiendo a volar, corrió hacia nosotros.

Otra vez esos sentimientos encontrados circularon por nuestros cuerpos: el de agradecerle a la vida que aún estuviese vivo y el de pensar cómo acompañar ese aprendizaje en ese contexto: en la cárcel de los niños pobres, donde los espacios de libertad no existen y donde la policía, aunque vista de civil, sigue oliendo a policía.

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Por Carlos del Frade

(APe).- El 15 de agosto de 1967, dieciocho obispos emitieron un documento que se llamó “el manifiesto por el tercer mundo”. “Hacia el socialismo”, era el título del punto 14 de aquel escrito.

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Por Claudia Rafael
    (APe).- Cinco años y ocho meses se necesitaron para encontrar un cuerpo. Cinco años y ocho meses en los que la Justicia, los policías y cada uno de los brazos del poder estatal jugaron al macabro juego de la impunidad. Cinco años y ocho meses en que todo se postergó una y otra vez hasta que finalmente el último habeas corpus obligó a armar una explicación. Y una historia. Y combinar las piezas de un rompecabezas para que medianamente cierren sus bordes. Para que mínimamente encastren. Entonces Vanesa Orieta descargó mirando cara a cara a los medios que “ustedes pueden informar que fue un pibe que cruzó la autopista y lo atropelló un auto y ya. Pero van a estar mintiendo. Porque la familia denunció que hubo acoso policial. Que está confirmado que el 22 de septiembre de 2008 fue víctima de una golpiza. Y que cuando mi hermano desaparece, hubo peritajes positivos que arrojaron que Luciano había estado en un patrullero, había estado en un descampado, que los patrulleros se salieron de la cuadrícula. Esto no cierra con un pibe que cruzó la autopista. Hay que saber la verdad”.

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Por Miguel A. Semán


(APe).- Hace pocos días una foto sobrevoló el mundo. Un chico de diez años aparece tirado en una calle de Monrovia. Abandonado a la impenetrable soledad de los muertos su cuerpo no despierta piedad ni vergüenza. Los que pasan por la calle retroceden con espanto. Ya no es un niño sin nombre al que nadie le daría importancia; sus huesos, ahora inútiles, se han convertido en el foco del miedo. La epidemia humana que se transmite de hombre a muchedumbres más veloz que la luz y con la ferocidad de las tinieblas.

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Recién editado

 

 

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