Por Alfredo Grande


(APe).- La cultura represora tiene mil caras. El vero ícono, el verdadero rostro se ha perdido y ya nadie recuerda las facciones originarias. Las caras en realidad son las máscaras, los ropajes, las túnicas del Poder. Disfraces que pretenden ocultar, y casi siempre lo consiguen, a los ángeles exterminadores con camouflaje y maquillaje de querubines, vírgenes y herbívoros. Jugamos en el bosque, en los pocos bosques que quedan, mientras no está el lobo feroz. Pero llega rápido, con una ley de hidrocarburos bajo el brazo.

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Por Silvana Melo y Claudia Rafael

Fotos: Claudia Rafael


(APe).- Vanesa Orieta tiene la mirada atravesada por la tristeza. Y se la ve profundamente cansada. Tuvieron que pasar cinco años y ocho meses de angustia, zozobra, incertidumbre y un dolor intenso que recorre desde el corazón a los huesos, como una cuchilla. Hasta que el 17 de octubre asomaron a la luz los huesitos de su hermano. Nada le cambió en lo fundamental, dice. Ella sabía de lo inexorable desde que Luciano Arruga dejó de aparecer, en el final de enero de 2009. Lo sintió desde el primer día en que dejó de volver. Y fue ella la que, tan chiquita y tan frágil, se puso al hombro la búsqueda, la lucha, la angustia de su madre, las amenazas, los peligros, la conciencia de que a Luciano se lo tragó un mostruo sistémico. Que lo privó de aprender a tocar la guitarra, de desarrollar los pectorales como le hubiera gustado, de sufrir el descenso de River, de emocionarse con el ascenso y de explotar por verlo campeón.Lo privó de conocer a su sobrino de tres años, ése que “nunca me va a criticar que yo fui una cobarde y que no me animé a salir a la calle para que su tío apareciera”.

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Triste piel del universo

Eduardo Mallea

Por Miguel A. Semán


(APe).- Lomas de Zamora, viernes a la tarde. Dos plasmas mudos, como espejos enfrentados, anuncian el hallazgo del cuerpo de Luciano Arruga. Estaba en la morgue del Santoyani, dice el zócalo. El bar está casi vacío, me siento frente a una de las pantallas y pido una cerveza. Abro Chicas bailarinas, el libro de Margaret Atwood e intento leer. Los ojos vuelven solos a la pantalla. La foto del chico y el anuncio.

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Por Carlos del Frade

(APe).- -Les vamos a matar hasta la simiente- fue la frase con ribetes cinematográficos y mafiosos que, según fuentes policiales, dijo uno de los llamados líderes del grupo narco mayorista conocido como “Los Monos”, surgido alrededor de la familia Cantero, en la zona sur de Rosario. Se refería a la familia Bassi, de Villa Gobernador Gálvez, la ex ciudad obrera, portuaria y ferroviaria que está al sur de la cuna de la bandera apenas separada por el arroyo Saladillo, tal como Avellaneda se ubica con respecto a la Capital Federal, cruzando el Riachuelo.

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Por Alfredo Grande


(APe).- Hace varios años, mi hijo menor Federico se extasió con la película El Rey León. Superados los prejuicios de que al ser un producto del Imperio Disney necesariamente era reaccionario, me encontré con una metáfora potente de la contradicción insalvable que en la cultura represora hay entre legitimidad y legalidad. Escribí en esos tiempos “El Rey León y la Ética del Traidor” publicado en mi primer libro(1). No es un dato menor que el que asesina al verdadero rey es su hermano desplazado de la sucesión por el nacimiento del primogénito. Las razones por las cuales el león es considerado en rey de la selva son varias. A mi criterio, la más sustentable es que es el que menos trabaja y sus pasatiempos preferidos son: dormir, comer, reproducirse. Quizás con eso sea suficiente para ser rey, a la luz de los ejemplos que conocemos. Las hienas son por el contrario, algo así como el lumpenaje de los carnívoros.

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Recién editado

 

 

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