Por Silvana Melo


   (APe).- Entre el 1% de la población que se queda con el 16,5% del ingreso nacional y los diez millones de pobres diseminados en puntos clave del país hay bastante más que una brecha. La desigualdad es un quiste sistémico que se ha plegado y replegado en la historia como las mareas. Que tiene el gesto atávico de los pibes del norte. O la cara sucia de los que esperan los camiones de madrugada en el Ceamse. La desigualdad es la hija de la caída del Muro, del fin de la historia, del síncope de las ideologías, del fundamentalismo del mercado, de la retirada del Estado, de la muerte de las alternativas, de los sueños rotos y esparcidos en el camino, como vidrios que rajan los pies de los que todavía se atreven. La desigualdad es la madre de la cesantía de la felicidad, del éxodo hacia las afueras del mundo al que fueron condenadas las multitudes que no calificaron para el adentro. De las enfermedades que resucitan como lázaros famélicos y se devoran los huesos de los pobres en la sobremesa somnolienta de los ricos. La desigualdad es la madre de todas las violencias.

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Por Carlos Del Frade

 

(APe).- -Un hombre viene y me ofrece pasarla mejor pasándome vodka y drogas. Que las lleve en la mochila. Que así la voy a pasar mejor. Le digo que no…y ahora tengo miedo porque a ese señor lo veo todos los días por el pueblo – dice la estudiante de cuarto año que se negó a ser usada para algo más que la despedida que todos los años le ofrecen las pibas y los pibes de cuarto año a los de quinto en lo que se conoce como la fiesta del parque en la localidad de San Guillermo, noroeste de la provincia de Santa Fe.

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Por Alfredo Grande

(APe).- En la cultura represora el cántaro, ese empedernido luchador, de tanto ir a la fuente de sus pesares, termina rompiéndose. El problema para la cultura represora no es derramar sangre. Lo único que le importa es que no llegue al río. Porque el río, triste e inapelable mensajero, dirá que no solamente las aguas bajas turbias, sino que bajan ensangrentadas. El cinismo que es el modo habitual de esquivar y burlar toda injusticia, proclama que “por suerte la sangre no llegó al río”. La sangre derramada, negociada, manipulada, astutamente utilizada, es un mal necesario. Siempre habrá sangre entre ustedes, rezan en voz baja los mercaderes de todos los templos de la muerte.

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Por Miguel A. Semán


(APe).- Prisionera de su propia belleza. Las zapatillas gastadas, el mismo pantalón, la misma blusa de otoño a primavera. Venía andando desde muy chica. Encerrada en una casa en el fin del mundo conoció el infierno y se lo bancó de pie. Había sido abusada por su padre antes de aprender las letras. Me regaló su historia y se lo agradecí, pero no supe qué hacer con ella. Por eso la escribo como si fuera un cuento.

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Por Carlos Del Frade


(APe).- Norma Beatriz Bustos fue la víctima número 217 de la violencia en Rosario. Es decir que se llevan producidos 217 homicidios en el departamento de la geografía donde se inventó la bandera como síntesis del sueño de la igualdad. Los viejos quinieleros dicen que el 17 es la desgracia. Doble desgracia, entonces, parece ser el misterio que se esconde en la cifra que rodea la vida de Norma Bustos.

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Recién editado

 

 

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