Por Silvana Melo
    (APe).- El hágase la luz de la cosmogonía cristiana determinó que la gente no podrá sobrevivir buenamente en la oscuridad. Y desde su más precario estado de conciencia el hombre buscó llamas y luna para iluminarse. Pero el fiat lux de aquel génesis no imaginó el conurbano bonaerense, donde diez millones de personas se apilan en un territorio mínimo, generan un calor de trópico entre hormigón y hacinamiento y se iluminan y se refrescan a través de un cablerío obsoleto con corazones que explotan al primer calor fuerte de diciembre. Y si la luz desaparece también desaparece el agua y desaparecen ambas cuando hay 38 grados dentro de casa y no queda para beber ni para bañarse ni para enjugarse la esperanza, cada vez más marchita.

La energía eléctrica y su ausencia en el momento justo cuando es imprescindible se vuelve una herramienta más de ejercicio del poder. Una herramienta que pone las cosas en su lugar: hay quien tiene un aire a 18 grados y hay quien no tiene dónde enchufar el ventilador. Y si la retirada eléctrica intenta ser democrática, nunca lo logra: hay quien puede comprar un generador de energía. O irse de su casa y volver cuando todo pase. Y hay quienes están abandonados a la mala de los dioses, oscuros y oscurecidos, solos en medio del hormiguero de gente, con sus niños deshidratados y en peligro, con sus viejos deshidratados y en peligro, vulnerables hasta la muerte.
Son muchos años. Veinte. Treinta. Cuarenta. Sin inversiones desde el Estado ni, luego, desde las empresas concesionarias. Brutalmente subsidiadas para no pagar –nadie- el costo político e inflacionario de un salto tarifario. Sin obras ni inversiones. Con entes de control que se han comportado históricamente como gerentes de las empresas. Y han dejado a la gente sola, de toda soledad. A la buena de quién sabe. Esperando, siempre. Que vuelva la luz, que vuelva el agua. Que vuelva la vida buena, aunque sea por cinco minutos. La espera, según Pierre Bordieu, “implica sumisión”. Es una forma de “experimentar los efectos del poder”. Ellos están condenados a la espera. No a la esperanza.

Por eso tal vez salieron en Glew, durante la huelga policial. Pero no salieron porque no había policía. Salieron porque no había luz. Enfurecidos salieron. Salieron porque abandonaron la sumisión, porque no soportaban la oscuridad y salieron también quienes se vuelven lobos acechantes en la oscuridad. Y hubo vidrios rotos y saqueos y hasta muerte.
Por eso tal vez salieron en Lanús, a tirar piedras en la casa del Intendente. El primer representante de la política que tienen a mano. El símbolo del poder más cercano. El más palpable.
Por eso tal vez salieron en Gerli, hace dos noches. Hartos del horno en tinieblas donde se los confinó. Hartos de la promesa y de la esperanza que ya no espera. Piedrazos en el Alto Avellaneda y furia en las calles. Salieron también los lobos. Como siempre, escondidos entre los corderos en cólera.
Porque no entran en las agendas de nadie ni en las planificaciones ni en los largos plazos de nadie. Porque les cambiaron el clima, les negaron viviendas, los asan en los pavimentos y les quitan la luz, el agua de las canillas y el fresco de las heladeras en diciembre. Otro diseño de la violencia sistémica, complejo y depurado. Otro formato en la ejecución del poder.

Edición: 2593

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