Por Mariano Serenelli, para APe

(APe).- La fuerza policial desaparece de las calles. Suspende su accionar para plantear un reclamo por mejores salarios y condiciones laborales. Surge un escenario donde el hombre transgrede, avasalla. Las imágenes duelen. Se difunde la idea de que la presencia policial no sólo es necesaria, sino fundamental y urgente. La solución al conflicto es exigida con premura: ¡El lobo debe volver al bosque!

El lobo es el enemigo clásico, el archirrival histórico. Es el portador de lo salvaje, aquel que encarna la idea de la amenaza permanente, engendrando terror y desconfianza. Es también el protagonista macabro de relatos fabularios y cuentos infantiles. Las imágenes que contraponen lobos y corderos ilustran con frecuencia la construcción humana sobre las ideas de maldad y bondad. Las pequeñas comunas que tiempo atrás llevaban a cabo la tarea pastoril, las utilizaron como elemento identificador del responsable de poner en riesgo la labor diaria y de dañar sus intereses.
San Francisco de Asís se aventuró en un diálogo de paz con un viejo lobo que amenazaba la población de Gubbio. Lo trató como hermano y comprendió que sus acciones eran motivadas por el hambre. El perdón mutuo de las ofensas se sostenía en una calma condicionada en el eterno alimento. El verso de Rubén Darío habla de un pacto por los hombres traicionado, donde el lobo engañado es devuelto a su origen violento a causa de un comportamiento ingrato, presentado como inherente a la condición humana. La frase “El hombre es el lobo del hombre”, popularizada en la obra Leviatán de Thomas Hobbes, se cita con frecuencia cuando se refiere a los horrores de los que es capaz la humanidad para consigo misma. El autor justifica así la necesidad de una monarquía absoluta. Sin embargo, la expresión debe ser completada para recuperar su sentido primigenio: “El lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”. Como señala Humberto Maturana, la fórmula no es una descripción de la esencia de la humanidad, sino la huella de una historia cultural. Una historia construida en una suerte de convivencia cuyo rasgo principal es la pérdida de la confianza. No hay un prójimo, porque en esa lógica el otro o bien funciona como elemento de control o bien no existe.
La democracia no es una receta, sino una especie de marco convivencial. Cada sociedad democrática habita ese marco de una forma particular, de acuerdo a sus posibilidades, decisiones y su compromiso con tales decisiones. En su forma delegativa, la democracia toma una parte de la idea
del estado absoluto y admite en ella un brazo represivo. Así, la legitimidad del organismo que ahora monopoliza la violencia no se discute y siempre estará presente mientras asuma un carácter referencial. Es una figura naturalizada, la cual funciona como elemento omnipresente, actuando o sin actuar, y es por ello constitutiva de la sociedad en la cual opera como referencia. En este sentido, es útil abandonar el paradigma presencia-ausencia para dar lugar a otra forma dual del tipo acción-inacción. Esta última caracteriza de manera más precisa el movimiento oscilante, regulador del comportamiento de una sociedad como la descripta. El grado de intervención [matiz de la relación acción-inacción] de la policía en las calles sólo determina la forma de la delincuencia. Mientras una marcada inacción posibilita el actuar de algunos sectores asociados a la marginalidad y al oportunismo, un fuerte componente accionario garantiza el crecimiento constante del poderío de los que más tienen. Mientras la primera alienta el saqueo a pequeños propietarios, la otra permite un entramado de negocio y muerte, ferozmente sostenido por quienes lo poseen o pretenden poseerlo todo. Cuando una fuerza armada es garante de la paz social, los móviles policiales de patrulla calman o alertan, según el interés particular.
La fragilidad del tejido social reside en que su construcción tiene como base el miedo a la autoridad y a sus medios de castigo. Así, la factibilidad de la convivencia queda en manos del organismo represivo. Esta experiencia común que se enseña y se reproduce, sólo extrae de la figura del lobo aquel temor ancestral, constituyendo éste la materia prima con la que enhebramos nuestros vínculos sociales. Sea como amigo o enemigo, la ligadura cultural con el lobo permanece intacta, solidificada como referencia eterna.
Un nuevo aniversario de la vida en democracia se celebra en la Argentina. La fiesta es la elección para darle forma a ese recuerdo. Sin embargo en el festejo no hay reflexión. Hemos modificado la forma de gobierno respecto de aquel nefasto período signado por la última dictadura cívico-militar, pero ¿ha cambiado la manera de gobernarnos? ¿Nos gobernamos o necesitamos ser gobernados? ¿Cuánto dependemos de la autoridad para generar convivencia?
Cada nuevo acto construye la cultura que nos atraviesa. Es un sistema que se reproduce a sí mismo, condicionado por nuestro accionar. Tal vez algún día, el lobo volverá a ser un animal respetado como ser vivo, librándolo del estigma que alguna vez depositamos en él. Para abrazarlo como ser y no como símbolo. Para cuidarlo al aceptarlo en el convivir, prescindiendo de toda referencia represiva. En un espacio donde cada pibe [que observa siempre lo que hacemos], sienta la protección que proviene del amor y no esa que algunos han fabricado con uniformes y sirenas.

Edición: 2592

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